La revolución alemana de 1918-1919

La revolución alemana de 1918, de la que ahora se cumplen 90 años, es una de las páginas más vibrantes y heroicas de la historia del proletariado internacional. De haber triunfado hubiera cambiado, muy probablemente, el rumbo de la Historia, evitando la degeneración, producto de su aislamiento, del Estado obrero ruso nacido de la revolución de Octubre. Fue quizás en la revolución alemana de 1918 donde por primera vez quedó en evidencia, hasta las últimas consecuencias, el papel reaccionario de la socialdemocracia en la lucha por cambiar la sociedad. La historia no se repite siempre del mismo modo, pero tampoco empieza siempre desde cero. La asimilación de lecciones de aquella derrota es necesaria hoy para el triunfo de revolución mañana.

Los primeros años del siglo XX fueron convulsos en toda Europa. En el verano de 1914, las principales potencias capitalistas desencadenan la I Guerra Mundial. Los partidos socialdemócratas de Francia, Inglaterra, Alemania... se posicionan junto a sus respectivas burguesías nacionales y con la excusa de "la defensa de la patria" lanzan a la clase obrera europea a una matanza sin precedentes. Pero la histeria patriótica deja paso, en poco tiempo, al descontento de las masas. Pronto los desfiles militares son insuficientes para compensar el hambre, la miseria y el sufrimiento de millones de obreros que morían en el frente o malvivían en las ciudades. La guerra, que se había desencadenado para salvar los beneficios de los capitalistas se convertía, dialécticamente, en la partera de la Revolución. En 1917, las masas rusas, lideradas por el partido bolchevique, habían tomado el poder dando los primeros pasos en la construcción de una nueva sociedad. Aquel acontecimiento entusiasmó a la clase obrera mundial y aterró a la burguesía. La revolución ya había dejado de ser un ideal alcanzable en un futuro incierto, se había convertido en una realidad que podía lograrse "aquí y ahora".

En Alemania, la clase obrera llevaba más de dos décadas construyendo sus organizaciones políticas y sindicales. En los sindicatos militaban más de dos millones de obreros y el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) contaba en 1914 con más de un millón de afiliados. Si ya ese año obtuvo 4.250.000 votos, en enero de 1919 conseguirían 12.500.000.

En los últimos años del siglo XIX Alemania experimentó un acelerado desarrollo industrial. En la primera década del siglo XX, dos tercios de la población vivían en las ciudades. El proceso de concentración de la economía se desarrolló vigorosamente. La gran banca dominaba la actividad industrial y económica. El país estaba entre los primeros productores de hierro y hulla. El desarrollo de esta última actividad le situó también a la cabeza de la producción petroquímica. La población obrera aumentó exponencialmente a medida que hacían su aparición las grandes fábricas que agrupaban a miles de trabajadores. Precisamente este desarrollo de la clase obrera alimentó, por una parte, el rápido crecimiento de la socialdemocracia y, por otra, el temor de la burguesía, que optó por mantener las estructuras monárquicas, mientras las leyes electorales favorecían a los distritos rurales frente a los urbanos.

Las organizaciones obreras al comienzo de la revolución

El desarrollo del SPD, entre 1875-1914, coincidió con el periodo de auge del capitalismo y esto influyó decisivamente en la configuración de la socialdemocracia alemana, así como de otros partidos de la II internacional. Esto propició que se obtuvieran mejoras sustanciales para la clase obrera, pero también favoreció el fortalecimiento de una gran capa de burócratas que obtenían sus privilegios directamente de su participación en las instituciones burguesas. Este proceso alimentó el ala de derechas organizado en torno al grupo parlamentario del SPD. En este contexto, el sector mayoritario de la dirección desarrolló ilusiones en la posibilidad de "reformar" el capitalismo y de avanzar gradualmente hacia el socialismo, a través de una mayoría parlamentaria obtenida pacíficamente en las urnas. Cuando la crisis capitalista estalló, el abismo que separaba a la dirección socialdemócrata de las necesidades de sus bases era ya insalvable. La revolución desapareció del orden del día del SPD justo cuando se hizo inevitable.

Pero, contrariamente a lo que había sucedido en Rusia, el viraje a la derecha de la dirección socialdemócrata no fue contrarrestado por una organización revolucionaria que ofreciera a las masas un programa para conquistar el poder. De esta forma, pese a los intentos heroicos del movimiento obrero por encontrar una salida revolucionaria, una y otra vez el SPD conseguirá controlar la situación y finalmente, descarrilar el proceso revolucionario.

La oposición comienza a organizarse tímidamente en el seno del SPD. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, entre otros, editarían una revista (La internacional) que se constituirá como portavoz de la oposición. Este sería el núcleo de la Liga Espartaquista. En un principio, Rosa Luxemburgo pretende conquistar a la mayoría de las bases del SPD para las posiciones revolucionarias y se opondrá a una escisión mecánica: "...siempre es posible salir de pequeñas sectas y ponerse a construir nuevas sectas. Pero son sueños irresponsables querer liberar toda la masa del grupo más pesado y peligroso de la burguesía mediante una simple salida". Esta postura no era equivocada, en lo que concernía a la orientación de los trabajadores hacia el SPD. Sin embargo, durante su permanencia en el SPD no organizaron ninguna fracción seria y disciplinada en su seno, que pudiera aprovechar la marea revolucionaria y el giro de los obreros socialdemócratas para fortalecer la organización revolucionaria. Posteriormente, cuando el SPD se rompe, en enero de 1917, y nace el USPD (Partido Socialdemócrata Independiente) los espartaquistas, que deciden adherirse a este último, trasladarán al nuevo partido sus viejos esquemas sobre la organización. Rechazan todo tipo de centralización, reclamando plena autonomía para las organizaciones locales y provinciales. Su tesis era que las masas encontrarían, espontáneamente, las formas adecuadas de organización en el curso de la acción, y que el papel del partido debía limitarse a estimularlas para la acción revolucionaria. Así se "condenaban" inconscientemente a ser meros "propagandistas" durante la Revolución. De hecho, pese al inmenso prestigio y simpatía que despertaban estos dos grandes revolucionarios, en los momentos decisivos se verían impotentes para jugar el papel de dirección que precisaba la revolución alemana. También renunciarían a realizar una propaganda sistemática entre la tropa, con lo que facilitaron que posteriormente esta pudiera ser utilizada por el gobierno contra los revolucionarios.

Se desata la revolución

El curso de la guerra, que había comenzado para Alemania con una serie de victorias arrolladoras, había cambiado radicalmente a finales de 1918. Ante la inevitabilidad de una derrota y temiendo una insurrección popular, la burguesía, a través del jefe adjunto del Estado Mayor, Ludendorff, le ofrece al SPD la entrada en el gobierno. Este acepta y dos de sus principales líderes, Ebert y Scheidemann, entran al nuevo gobierno en coalición con el partido católico de Zentrum. Su principal objetivo debía ser negociar la rendición. Pero el armisticio se demora mientras el descontento crece entre los soldados. El 30 de octubre tendrá lugar un motín de los marineros de la Flota de Alta Mar, quienes se niegan a llevar a cabo una ofensiva suicida ordenada por el Alto Estado Mayor. Este motín, aunque consigue parar la ofensiva es finalmente controlado y los marineros son encarcelados a la espera de un consejo de guerra.

Pero el 3 de noviembre un nuevo motín en Kiel exige la liberación de los detenidos. Los estibadores y otros trabajadores se unen a los insurrectos para exigir la liberación. La manifestación es de nuevo reprimida, hay nueve muertos y casi 30 heridos. Esto precipita los acontecimientos. El día 4, los marineros de la Tercera Escuadra eligen sus Consejos, de-sarman a los oficiales e izan la bandera roja, mientras los estibadores proclaman la huelga general. Se libera a los detenidos y se ocupan los edificios públicos. Un enviado del gobierno, el socialdemócrata Noske es nombrado, a su pesar, gobernador por los insurrectos, que creen haber puesto al frente del gobierno de Kiel a un representante fiel de los trabajadores. El día 8, la Revolución tenía bajo su control todas las grandes ciudades del Oeste de Alemania. "Por todas partes sucedía lo mismo: los soldados, los obreros, escogían sus consejos, las autoridades militares capitulaban, se entregaban o huían, y las autoridades civiles, atemorizadas e intimidadas, reconocían tímidamente la nueva soberanía de los consejos de trabajadores y de soldados (...), por todas partes se veían escenas de hermanamiento entre marineros, soldados y civiles extenuados. En todas partes se trataba en primer lugar de liberar a los presos políticos, después se ocupaban los ayuntamientos, las estaciones, las comandancias militares, e incluso a veces las redacciones de los periódicos" (Sebastian Haffner, La revolución alemana de 1918-1919).

La burguesía, consciente del peligro que supone la Revolución para sus intereses ofrece a Ebert el cargo de canciller, presumiendo que sólo los socialdemócratas serían ya capaces de controlar la situación. Ebert solicita a su vez la incorporación del USPD al gobierno, para fortalecer su flanco izquierdo y presentar ante las masas un gobierno de la socialdemocracia "unida".

El 9 de noviembre se convoca en Berlín la Huelga General. La mayoría del ejército está de parte de los revolucionarios. Ese día el gobierno llama a Berlín al Cuarto Regimiento de Cazadores con la esperanza de poder utilizar las tropas contra los huelguistas. Pero los soldados dudan. Una delegación se dirige a la redacción del Vorwäts (el periódico del SPD) y regresa al cuartel con el diputado y dirigentes del SPD Otto Wels. Éste, viendo la imposibilidad de utilizar a estas tropas contra los trabajadores termina su discurso apelando a "evitar la guerra civil", y lanzando vivas al "Estado Popular Libre". De este modo, aunque el gobierno debía posponer sus intentos de aplastar la revolución consiguen ganarse la confianza de las tropas, a quienes utilizarán posteriormente.

Entretanto, los trabajadores comienzan a elegir en las fábricas y cuarteles a sus delegados para crear un Consejo de Obreros y Soldados que, a su vez, nombrara un Gobierno Provisional, el Consejo de los Comisarios del Pueblo. Estos consejos eligen mayoritariamente delegados del SPD. Aunque en las fábricas los delegados revolucionarios alcanzan cierta representatividad, en los cuarteles el SPD copa casi todas las delegaciones. En el Congreso de los Consejos, Ebert es nombrado Comisario del Pueblo, junto con otros miembros del SPD y del USPD. Así, el SPD, que no había alentado los consejos, ni los deseaba, se ve aupado al poder por las masas revolucionarias, que veían en los socialdemócratas a sus dirigentes naturales.

Pero Ebert no renunciará a liquidar los consejos, que comienzan a desarrollar un poder paralelo al del Estado burgués. Para ello, traza un plan con el general Groener. Como este último declararía después: "Por el momento se trataba de arrebatar el poder a los consejos de trabajadores y soldados de Berlín. Con este objetivo se planeó el avance sobre la ciudad por parte de diez divisiones. El comisario del pueblo Ebert estuvo plenamente de acuerdo. (...) Sólo puedo decir que los Independientes que formaban parte del gobierno, y creo que también los consejos de soldados exigieron que las tropas entraran desarmadas. Naturalmente, nosotros nos opusimos a ello inmediatamente y el señor Ebert, claro está, estuvo de acuerdo en que las tropas entraran en Berlín con armas. Para llevar a cabo esta ocupación, que simultáneamente debía servir para establecer de nuevo un gobierno firme en Berlín elaboramos un programa militar" (Ibíd.).

La socialdemocracia se prepara para liquidar la revolución

Este "programa", elaborado con la total conformidad de Ebert, y que no se haría público hasta 1940, disponía, entre otros puntos que: "...quien sin licencia para ello se encuentre en posesión de armas será fusilado. Quien esté en posesión de material bélico, incluidos coches, será juzgado según la ley marcial. Los desertores y marineros deben alistarse en un plazo de diez días en la primera unidad de reserva o en el destacamento territorial más próximo. Quien de forma no autorizada se atribuya la condición de funcionario, será fusilado. La autoridad de los oficiales vuelve a restablecerse totalmente (medallas, saludo obligatorio, condecoraciones, tenencia de armas). Todas las unidades de reserva se disolverán inmediatamente" (Ibíd.).

Pero este plan sangriento habría de cosechar nuevamente una derrota estrepitosa. No fueron las vacilaciones de la burguesía ni los escrúpulos de la dirección del SPD los responsables del fracaso, sino nuevamente la imposibilidad de utilizar a las tropas para llevarlo a cabo. Las divisiones "de confianza" que habían entrado armadas en Berlín se disolvieron literalmente al entrar en contacto con los trabajadores revolucionarios. Tras escuchar los discursos de bienvenida del gobierno, los soldados confraternizan con los trabajadores y abandonan sus formaciones. 14 días después, de las diez divisiones que entraron en la capital, sólo quedaban acuartelados 800 hombres.

El 16 de diciembre tiene lugar el Congreso de los Consejos del Reich, dominado desde el principio por los delegados "fiables" del SPD. Esta mayoría en el Congreso decidió anticipar la fecha de las elecciones a la Asamblea Nacional, rechazó terminantemente atribuirse los poderes legislativo y ejecutivo, y no concedió al Comité Central de los Consejos ni la capacidad de legislar temporalmente hasta la celebración de la Asamblea Nacional. No obstante, el Congreso no podía enfrentarse frontalmente con la revolución y tuvo que aprobar una resolución que suponía la reforma total del ejército: el mando supremo pasaba a los Comisarios del Pueblo bajo control del Comité Central, la disciplina quedaba en manos de los Consejos de soldados, se establecía la libre elección de los oficiales y desaparecían los distintivos de rango y la obligación del respeto a la jerarquía fuera del servicio. Estas medidas encolerizaron a la burguesía y a la cúpula militar.

La Revolución contaba con su propia guardia. La Volksmarinerdivision (División de Marina Popular) que se había constituido a partir del 9 de noviembre por marineros llegados de Kiel. Contra ellos dirige el gobierno sus ataques e inicia una campaña de calumnias acusándoles de saqueos y de "espartaquistas". La situación se hace insostenible y el 23 de noviembre esta guarnición ocupa el Reistag y detiene temporalmente al gobierno. Las tropas leales al gobierno atacan, pero los marinos, junto con grupos de trabajadores, se enfrentarán a ellos derrotándoles. Esto desmoralizará aún más a la burguesía y al Estado Mayor. En una conferencia celebrada inmediatamente después, varios oficiales se pronuncian a favor de disolver el Alto Mando: "No sirve de nada seguir rebelándose por más tiempo contra el destino. Todo el mundo debe marcharse a casa y pensar en como proteger a su familia y salvar la propia piel" (Ibíd.).

Por su parte, los miembros del USPD abandonan el gobierno en protesta por el ataque a la Volksmarinerdivision. En sustitución suya entrarán Wisell y Noske, el antiguo gobernador de Kiel, que pronto sería el encargado material de ahogar en sangre la revolución.

El gobierno y la burguesía tenían motivos para estar preocupados. El 29 de diciembre, durante el entierro de los marineros asesinados una multitudinaria manifestación de duelo lleva pancartas en las que podía leerse "Acusamos a Ebert, Landsberg y Scheidemann de ser los asesinos de los marineros". Sería el comienzo de una nueva oleada revolucionaria.

El 30 de diciembre la Liga Espartaquista y el grupo Comunistas Internacionales de Alemania (IKD) fundan el Partido Comunista (KPD). Rosa Luxemburgo manifiesta hasta el último momento su opinión de que la fundación del KPD era prematura, y que debían continuar todavía en el seno del USPD. Pero los propios militantes espartaquistas rechazan esto. Las tendencias ultraizquierdistas, que no se habían combatido seriamente en el periodo anterior, son ahora mayoritarias.

El 5 de enero, el USPD, el KPD y los delegados revolucionarios convocan una manifestación contra el despido del jefe de policía, Eichhorn, militante del USPD. La manifestación desbordó todas las previsiones. Los obreros acudieron por cientos de miles, muchos de ellos iban armados. Durante la tarde se ocupan las redacciones de todos los grandes periódicos y las principales estaciones. Este levantamiento era una expresión de la ira y el hartazgo de la vanguardia más consciente del proletariado berlinés e influyó decisivamente en el estado de ánimo de la mayoría de la dirección del USPD y del KPD.

Sin embargo, la situación no era exactamente igual en los cuarteles. En la reunión convocada por los promotores de la manifestación, los representantes de los soldados se muestran cautos. No era seguro que la mayoría de las tropas apoyaran decididamente un levantamiento contra el gobierno. La dirección del movimiento, formada por el USPD, los delegados obreros, el KPD y la Volkmarinerdivision, era un grupo heterogéneo y dudaban sobre los pasos a seguir. Finalmente, se constituye un Comité Revolucionario Provisional con el objetivo de derribar el gobierno, con la oposición de Rosa, que opina que la acción es precipitada.

El lunes dia 5, es convocada una nueva manifestación y de nuevo la respuesta es masiva. Pero durante toda la jornada se esperarán en vano instrucciones del Comité Revolucionario. Este vacila. Las tropas se declaran "neutrales". La orden de ocupar la cancillería no llega. Poco a poco, los obreros van dispersándose. Ebert ofrece una negociación poniendo como condición previa que se desalojen los edificios ocupados. El Comité Revolucionario se niega.

La iniciativa queda, de este modo, en manos del gobierno, que había reorganizado una parte del ejército y ordena el ataque a los edificios ocupados. Del 9 al 12 de enero de 1919 se reconquistan las posiciones tomadas por los revolucionarios. El 11 de enero, Noske, al mando de los Freikorps entra en Berlín. Este cuerpo de voluntarios, organizado por el Alto Mando, estaba formado por los sectores más reaccionarios, y durante los meses anteriores se habían agrupado y entrenado con total impunidad y conocimiento del gobierno socialdemócrata en los alrededores de Berlín.

Avanza la contrarrevolución

La contrarrevolución, que ahora avanzaba victoriosa, amparada por el propio gobierno, fue implacable. Por todas partes se multiplicaban los asesinatos de obreros. El 12 de enero, cae Berlín. El 15 serán asesinados Kart Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Dos días antes, en el boletín informativo de los Freikorps de Berlín podía leerse la siguiente amenaza: "Aumentan las sospechas de que el gobierno podría relajarse en su persecución contra los espartaquistas, (...) nadie va a conformarse con lo alcanzado hasta ahora, hay que proceder también contra los líderes del movimiento con toda la energía. El pueblo berlinés no debe creer que los que se han librado hasta ahora disfrutarán en otra parte de una existencia tranquila. En los próximos días se demostrará que también con ellos se actuará con dureza".

Los sucesos del 9 al 15 de abril modificarían radicalmente la correlación de fuerzas a favor de la contrarrevolución y abrirían al periodo de la guerra civil, que aún se prolongaría por unos meses y que culminaría en mayo con la liquidación de la República de los Consejos de Munich.

Pero esto no llevó a la constitución del ansiado gobierno reformista que pretendía la dirección socialdemócrata (aunque para lograr este triunfo de la "democracia" no hubieran dudado en masacrar a sus propias bases). Para la reacción, una vez que habían logrado derrotar a estos últimos era necesario ajustar cuentas con los líderes traidores del SPD. El propio Ludendorff había declarado en varias ocasiones: "La tontería más grande de los revolucionarios fue dejarnos con vida. Ahora bien, si vuelvo a subir al poder, no habrá perdón alguno. ¡Con la conciencia bien tranquila, veré como cuelgan y se bambolean Ebert, Scheidemann y sus colegas!" (Ibíd.).

Se organiza un nuevo golpe de Estado y por sorprendente que parezca, de nuevo, el extenuado proletariado alemán frenaría este ataque, respondiendo al llamamiento del gobierno a la huelga general. No había ni un átomo de ingenuidad en esta actuación de los trabajadores alemanes. Sabían que el triunfo absoluto de la reacción significaba la total liquidación de las organizaciones del movimiento obrero y la represión más feroz contra los trabajadores.

El golpe fracasa, impotente ante la parálisis total de la industria y los transportes. Pero la revolución estaba tocada de muerte. El gobierno, que había huido a Stuttgart, podía regresar a Berlín. Y ahora su mayor preocupación era como terminar con la huelga general que les había salvado el pellejo. Desmovilizaron al sector más combativo con promesas que no tenían intención de cumplir y luego dejaron que la Reichswehr1 "retornada al campo institucional" hiciera el trabajo sucio. Para ello emplearon a las mismas unidades golpistas.

Una carta de un miembro de la brigada Epp de los Freikorps revela hasta qué punto desarrollaron con celo este trabajo: "... Por fin estoy en mi compañía. Llegué ayer por la mañana, y a la una del mediodía empezamos el primer asalto. Si os describiera todo lo que pasó diríais que miento. Aquí no hay perdón que valga. Hasta disparamos a los heridos. El entusiasmo es enorme, difícil de describir. En nuestro batallón hubo dos muertos; entre los rojos 200 o 300. A todo el que pasa a nuestro alcance lo despachamos primero con la culata del fusil y luego le disparamos...". La Revolución había sido completamente derrotada.

Sin duda, la lección más valiosa que puede extraerse de la lucha heroica de los trabajadores alemanes sigue siendo, precisamente, que, pese a todo el heroísmo y la voluntad revolucionaria de las masas, la dirección revolucionaria es absolutamente decisiva.

La Revolución Rusa contiene sorprendentes paralelismos con la Revolución Alemana. Como ésta, desarrolló los Consejos (Sóviets), dio inicialmente la mayoría en estos a los reformistas (los socialistas-revolucionarios de Kerenski) y los aupó al Gobierno Provisional. Igualmente los reformistas intentaron liquidar los Soviets y derrotar la revolución y fueron las masas, con los bolcheviques en primera línea, quienes se organizaron para defenderla del golpe de estado del general Kornílov. También en Rusia, los sectores más radicalizados abogaban por tomar el poder en julio, cuando las condiciones no eran aún favorables. En cada acontecimiento decisivo, los trabajadores encontraron las ideas y el programa bolchevique a su lado, en cada fábrica, en cada cuartel, etc. Sin la existencia de la organización bolchevique, que crecía y se fortalecía más y más a medida que los trabajadores iban sacando sus propias conclusiones, las ideas de su dirección, por más correctas y necesarias que fueran no hubieran podido llegar a la base del movimiento. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht pagaron con su vida el no haber comprendido este aspecto vital para los marxistas.

En la primera década del siglo XXI es obligación de todos los revolucionarios conscientes aprender de los que nos precedieron, no sólo de sus éxitos, sino, quizás más importante aún, de sus derrotas para poder alcanzar el éxito en el futuro.

1. La Reichswehr (defensa del imperio) fue la organización militar de Alemania desde 1919 hasta 1935, cuando el gobierno nazi la rebautiza como Wehrmacht.

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