INICIO

La Conferencia Extraordinaria de la Cuarta Interna­cional, el partido mundial de la revolución socialista, se reúne en el momento inicial de la segunda guerra impe­rialista. Atrás quedó ya la etapa de intentos de aperturas, de preparativos, de relativa inactividad militar. Alemania desató las furias del infierno en una ofensiva general a la que los aliados responden igualmente con todas las fuerzas destructivas de que disponen. De ahora en adelante y por mucho tiempo el curso de la guerra imperialista y sus consecuencias económicas y políticas determinarán la si­tuación de Europa y la de toda la humanidad.
La Cuarta Internacional considera que éste es el mo­mento de decir abierta y claramente cómo ve esta guerra y a sus protagonistas, cómo caracteriza la política respec­to a la guerra de las distintas organizaciones laborales y, lo más importante, cuál es el camino para lograr la paz, la libertad y la abundancia.
La Cuarta Internacional no se dirige a los gobiernos que arrastraron a los pueblos a la matanza, ni a los políticos burgueses responsables de estos gobiernos, ni a la burocracia sindical que apoya a la burguesía belicista. La Cuarta Internacional se dirige a los trabajadores y las trabajadoras, a los soldados y los marineros, a los campesinos arruinados y a los pueblos coloniales esclavizados. La Cuarta Internacional no tiene ninguna ligazón con los opresores, los explotadores, los imperialistas. Es el parti­do mundial de los trabajadores, los oprimidos y los explotados. Este manifiesto está dirigido a ellos.


Las causas generales de la guerra actual

 

La tecnología es hoy infinitamente más poderosa que a fines de la guerra de 1914 a 1918, mientras que la humanidad es mucho más pobre. Descendió el nivel de vida en un país tras otro. En los umbrales de la guerra actual la situación de la agricultura era peor que cuando estalló la guerra anterior. Los países agrícolas están arrui­nados. En los países industriales las clases medias caen en la ruina económica y se formó una subclase permanente de desempleados, los modernos parias. El mercado inter­no ha estrechado sus límites. Se redujo la exportación de capitales. El imperialismo realmente destrozó el mercado mundial, dividiéndolo en sectores dominados individual­mente por países poderosos. Pese al considerable incre­mento de la población del planeta, el intercambio comer­cial de 109 países del mundo decayó casi en una cuarta parte durante la década anterior a la guerra actual. En algunos países el comercio exterior se redujo a la mitad, a la tercera o a la cuarta parte.
Los países coloniales sufren sus propias crisis internas y las de los centros metropolitanos. Naciones atrasadas que ayer todavía eran semilibres hoy están esclavizadas (Abisinia, Albania, China…)2. Todos los países impe­rialistas necesitan poseer fuentes de materias primas sobre todo pasa la guerra, es decir, para una nueva lucha por las materias primas. A fin de enriquecerse posteriormente, los capitalistas están destruyendo y asolando el producto del trabajo de siglos enteros.
El mundo capitalista decadente está superpoblado. La admisión de cien refugiados extras constituye un problema grave para una potencia mundial como Estados Uni­dos. En la era de la aviación, el teléfono, el telégrafo, la radio y la televisión, los pasaportes y las visas paralizar el traslado de uno a otro país. La época de la decadencia del comercio exterior e interior es al mismo tiempo la de la intensificación monstruosa del chovinismo, especialmente del antisemitismo. El capitalismo, cuando surgió, sacó al pueblo judío del gueto y lo utilizó como instru­mento de su expansión comercial. Hoy la sociedad capi­talista en decadencia trata de expulsar por todos sus poros al pueblo judío; ¡entre dos mil millones de perso­nas que habitan el globo, diecisiete millones, es decir menos del uno por ciento, ya no pueden encontrar un lugar donde vivir! Entre las vastas extensiones de tierras y las maravillas de la tecnología, que además de la tierra conquistó los cielos para el hombre, la burguesía logró convertir nuestro planeta en una sucia prisión.


Lenin y el imperialismo

 

El 1 de noviembre de 1914, a comienzos de la última guerra imperialista, Lenin escribió: “El imperialismo arriesga el destino de la cultura europea. Después de esta guerra, si no triunfan unas cuantas revoluciones, vendrán otras guerras; el cuento de hadas de ‘una guerra que acabará con todas las guerras’ no es más que eso, un vacío y pernicioso cuento de hadas…”. ¡Obreros, recor­dad esta predicción! La guerra actual, la segunda guerra imperialista, no es un accidente; no es la consecuencia de la voluntad de tal o cual dictador. Hace mucho se la previó. Es el resultado inexorable de las contradicciones de los intereses capitalistas internacionales. Al contrario de lo que afirman las fábulas oficiales para engañar al pueblo, la causa principal de la guerra, como de todos los otros males sociales (el desempleo, el alto costo de la vida, el fascismo, la opresión colonial) es la propiedad privada de los medios de producción y el Estado burgués que se apoya en este fundamento.
El nivel actual de la tecnología y de la capacidad de los obreros permite crear condiciones adecuadas para el desarrollo material y espiritual de toda la humanidad. Sólo sería necesario organizar correcta, científica y racio­nalmente la economía de cada país y de todo el planeta, siguiendo un plan general. Sin embargo, mientras las principales fuerzas productivas de la sociedad estén en manos de los trusts, es decir, de camarillas capitalistas aisladas; mientras el Estado nacional siga siendo una he­rramienta manejada por estas camarillas, la lucha por los mercados, las fuentes de materias primas, la dominación del mundo asumirá inevitablemente un carácter cada vez más destructivo. Solamente la clase obrera revolucionaria puede arrancar de las manos de estas rapaces camarillas imperialistas el poder del Estado y el dominio de la economía. Ese es el sentido de la advertencia de Lenin de que “si no triunfan unas cuantas revoluciones” inevi­tablemente estallará una nueva guerra imperialista. Los distintos pronósticos y promesas que se hicieron entonces fueron sometidos a la prueba de los hechos. Se compro­bó que era una mentira el cuento de hadas de “la guerra para acabar con todas las guerras”. La predicción de Lenin se convirtió en una trágica verdad.


Las causas inmediatas de la guerra

 

La causa inmediata de la guerra actual es la rivalidad entre los viejos imperios coloniales ricos, Gran Bretaña y Francia, y los ladrones imperialistas que llegaron retrasa­dos, Alemania e Italia.
El siglo XIX fue la era de la hegemonía indiscutida de la potencia imperialista más antigua, Gran Bretaña. Entre 1815 y 1914 reinó, aunque no sin explosiones militares aisladas, la “paz británica”. La flota británica, la más poderosa del mundo, jugó el rol de policía de los mares. Esta era, sin embargo, es cosa del pasado. Ya a fines del siglo pasado, Alemania, armada con una moderna tecno­logía, comenzó a avanzar hacia el primer lugar en Euro­pa. Allende el océano surgió un país aun más poderoso, una antigua colonia británica. La contradicción económi­ca más importante que llevó a la guerra de 1914-1918 fue la rivalidad entre Gran Bretaña y Alemania. En cuanto a Estados Unidos, su participación en la guerra fue preventiva; no se podía permitir que Alemania some­tiera el continente europeo. La derrota arrojó a Alemania a la impotencia total. Desmembrada, rodeada de enemi­gos, en bancarrota por las indemnizaciones, debilitada por las convulsiones de la guerra civil, parecía haber quedado fuera de circulación por mucho tiempo, sino para siempre. En el continente europeo el primer violín volvió temporalmente a las manos de Francia. El balance de la victoriosa Inglaterra después de la guerra resultó, en última instancia, deficitario: independencia creciente de los dominios, movimientos coloniales en favor de la liberación, pérdida de la hegemonía naval, disminución de la importancia de su armada por el gran desarrollo de la aviación.
Por inercia, Inglaterra todavía intentó jugar un rol dirigente en la escena mundial durante los primeros años que siguieron a la victoria. Sus conflictos con Estados Unidos comenzaron a volverse obviamente amenazantes. Parecía que la próxima guerra estallaría entre los dos aspirantes anglosajones a la dominación del mundo. Sin embargo, Inglaterra pronto tuvo que convencerse de que su fuerza económica era insuficiente para combatir con el coloso de allende el océano. Su acuerdo con Estados Unidos sobre la igualdad naval significó su renuncia for­mal a la hegemonía naval, que en la actualidad ya ha perdido. Su vuelco del libre comercio a las tarifas adua­neras fue la admisión franca de la derrota de la industria británica en el mercado mundial. Su renuncia a la política de “espléndido aislamiento” trajo como consecuencia la introducción del servicio militar obligatorio. Así se hicieron humo todas las sagradas tradiciones.
Francia también se caracteriza, aunque en menor esca­la, por una inadecuación similar entre su poderío econó­mico y su posición en el mundo. Su hegemonía en Europa se apoyaba en una coyuntura circunstancial crea­da por la aniquilación de Alemania y las estipulaciones artificiales del Tratado de Versalles. Su cantidad de habi­tantes y sus bases económicas eran demasiado reducidas para asentar sobre ellas su economía. Cuando se disipó el encantamiento de la victoria salió a la luz la relación de fuerzas real. Francia demostró ser mucho más débil que lo que creían tanto sus amigos como sus enemigos. Al buscar protección se convirtió, en esencia, en el último de los dominios conquistados por Gran Bretaña.
La regeneración de Alemania en base a su tecnología de primer orden y su capacidad organizativa era inevita­ble. Ocurrió antes de lo que se pensaba, en gran medida gracias al apoyo de Inglaterra a Alemania en contra de la URSS, de las pretensiones excesivas de Francia y, mas indirectamente, de Estados Unidos. Inglaterra, más de una vez, tuvo éxito en esas maniobras internacionales en el pasado, mientras era la potencia más fuerte. En su senilidad se demostró incapaz de dominar los espíritus que ella misma evocó.
Armada con una tecnología más moderna, más flexi­ble y de mayor capacidad productiva, Alemania comenzó otra vez a competir con Inglaterra en mercados muy importantes, especialmente del sudeste de Europa y Amé­rica Latina. En el siglo XIX la competencia entre los países capitalistas se desarrollaba en un mercado mundial en expansión. Hoy, en cambio, el espacio económico de la lucha se estrecha de tal manera que los imperialistas no tienen otra alternativa que la de arrancarse unos a otros los pedazos del mercado mundial.
La iniciativa de efectuar una nueva división del mundo proviene ahora, como en 1914, naturalmente, de Alema­nia El gobierno inglés, que fue tomado desprevenido, intentó primero comprar la posibilidad de quedar al mar­gen de la guerra con concesiones a expensas de los demás (Austria, Checoslovaquia). Pero esta política podría durar poco. La “amistad” con Gran Bretaña fue para Hitler solamente una breve fase táctica. Londres ya le había concedido más de lo que él había calculado conseguir. El acuerdo de Munich, con el cual Chamberlain esperaba sellar una larga amistad con Alemania sirvió por el con­trario para apresurar la ruptura. Hitler ya no podía con­seguir nada más de Londres; la expansión ulterior de Alemania golpearía vitalmente a Gran Bretaña. Así fue como “la nueva era de paz” proclamada por Chamberlain en octubre de 1938 condujo en pocos meses a la más terrible de todas las guerras.

 

Los Estados Unidos

 

Mientras Gran Bretaña hacía todos los esfuerzos posi­bles, desde los primeros meses de la guerra, para apro­piarse de las posiciones que la bloqueada Alemania dejó libres en el mercado mundial, Estados Unidos, casi auto­máticamente, desalojaba a Gran Bretaña. Los dos tercios de todo el oro del mundo se concentran en las arcas norteamericanas. El tercio restante sigue el mismo cami­no. El rol de banquero del mundo que jugó Inglaterra ya es cosa del pasado. Y en otros terrenos las cosas no andan mucho mejor. Mientras la armada y la marina mercante de Gran Bretaña están sufriendo grandes pérdi­das, los astilleros norteamericanos construyen a un ritmo colosal los barcos que garantizarán el predominio de la flota norteamericana sobre la británica y la japonesa. Estados Unidos se prepara, evidentemente, para alcanzar el nivel de las dos potencias (una armada más poderosa que las flotas combinadas de las dos potencias que le siguen). El nuevo programa para la flota aérea se propone garantizar la superioridad de Estados Unidos sobre el resto del mundo.
Sin embargo, la fuerza industrial, financiera y militar de Estados Unidos, la potencia capitalista más avanzada del mundo, no asegura en absoluto el florecimiento de la economía norteamericana. Por el contrario, vuelve especialmente maligna y convulsiva la crisis que afecta su sistema social. ¡No se puede hacer uso de los miles de millones en oro, ni de los millones de desocupados! En las tesis de la Cuarta Internacional, La guerra y la Cuarta Internacional, publicadas hace seis años, se pronosticaba:
“El capitalismo de Estados Unidos se enfrenta con los mismos problemas que en 1914 empujaron a Alemania a la guerra. ¿Está dividido el mundo? Hay que redividirlo. Para Alemania se trataba de ‘organizar Europa’. Los Esta­dos Unidos tienen que ‘organizar’ el mundo. La historia está enfrentando a la humanidad con la erupción volcáni­ca del imperialismo norteamericano.”
El New Deal y la “política del buen vecino”3 fueron los últimos intentos de postergar el estallido ali­viando la crisis social con concesiones y acuerdos. Después de la bancarrota de esta política, que se tragó decenas de miles de millones, al imperialismo nortea-meri­cano no le quedaba otra cosa por hacer que recurrir al método del puño de hierro. Con uno u otro pretexto y con cualquier consigna Estados Unidos intervendrá en el tremendo choque para conservar su dominio del mundo. El orden y el momento de la lucha entre el capitalismo norteamericano y sus enemigos no se conoce todavía; tal vez ni siquiera Washington lo sabe. La guerra con Japón tendría como objetivo conseguir más “espacio vital” en el Océano Pacífico. La guerra en el Atlántico, aunque en lo inmediato se dirija contra Alemania, sería para conse­guir la herencia de Gran Bretaña.
La posible victoria de Alemania sobre los aliados pen­de sobre Washington como una pesadilla. Con el conti­nente europeo y los recursos de sus colonias como base, con todas las fábricas de municiones y astilleros europeos a su disposición, Alemania (especialmente si está aliada con Japón en Oriente) constituiría un peligro mortal para el imperialismo norteamericano. Las titánicas batallas que se libran actualmente en los campos de Europa son, en este sentido, episodios preliminares de la lucha entre Alemania y Norteamérica. Francia e Inglaterra son sólo posiciones fortificadas que posee el imperialismo nortea­mericano del otro lado del Atlántico. Si las fronteras de Inglaterra llegan hasta el Rin, como lo planteó uno de los premiers británicos, los imperialistas norteamericanos po­drían decir muy bien que las fronteras de Estados Unidos llegan hasta el Támesis. En su febril actividad de prepara­ción de la opinión pública para la guerra inminente, Washington no deja de demostrar una noble indignación por la suerte de Finlandia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica… Con la ocupación de Dinamarca surgió inespe­radamente la cuestión de Groenlandia, que “geológicamente” formaría parte del Hemisferio Occidental y, por feliz casualidad, contiene depósitos de creolita, indispen­sable para la producción de aluminio. Tampoco desprecia Washington a la esclavizada China, a las indefensas Filipi­nas, a las huérfanas Indias Holandesas y a las rutas marinas libres. De este modo las simpatías filantrópicas por las naciones oprimidas y hasta las consideraciones geológicas están arrastrando a Estados Unidos a la guerra.
Las fuerzas armadas norteamericanas, sin embargo, podrán intervenir con éxito solamente si cuentan con Fran­cia y las Islas Británicas como sólidas bases de apoyo. Si Francia fuera ocupada y las tropas alemanas llegaran hasta el Támesis, la relación de fuerzas se volcaría drásti­camente en contra de Estados Unidos. Todas estas consideraciones obligan a Washington a acelerar el ritmo, pero al mismo tiempo a plantearse el problema de si no se ha dejado pasar el momento oportuno.
Contra la posición oficial de la Casa Blanca se levantan las ruidosas protestas del aislacionismo norteamerica­no, que constituye sólo una variante distinta del mismo imperialismo. El sector capitalista cuyos intereses están ligados fundamentalmente al continente americano, Aus­tralia y el Lejano Oriente considera que, en el caso de una derrota de los aliados, Estados Unidos automáticamente obtendría para sí el monopolio de Latinoamérica y también de Canadá, Australia y Nueva Zelanda. En cuanto a China, las Indias Holandesas y el Oriente en general, toda la clase gobernante de los Estados Unidos está convencida de que, de todos modos, la guerra con Japón es inevitable en un futuro próximo. Con el pretex­to del aislacionismo y el pacifismo, un sector influyente de la burguesía prepara un programa para la expansión continental de Norteamérica y para la lucha contra el Japón. De acuerdo con este plan, la guerra con Alemania por la dominación del mundo únicamente queda diferida. En cuanto a los pacifistas pequeñoburgueses del tipo de Norman Thomas y su fraternidad, son sólo los corifeos de uno de los planes imperialistas.
Nuestra lucha contra la intervención de Estados Uni­dos en la guerra no tiene nada en común con el aislacio­nismo y el pacifismo. Les decimos abiertamente a los obreros que el gobierno imperialista no puede dejar de arrastrar este país a la guerra. Las disputas internas de la clase gobernante son solamente alrededor de cuándo en­trar a la guerra y contra quién abrir fuego primero. Pretender mantener a Estados Unidos en la neutralidad por medio de artículos periodísticos y resoluciones pacifistas es como tratar de hacer retroceder la marea con una escoba. La verdadera lucha contra la guerra implica la lucha de clase contra el imperialismo y la denuncia implacable del pacifismo pequeñoburgués. Sólo la revolu­ción podrá evitar que la burguesía norteamericana inter­venga en la segunda guerra imperialista o comience la tercera. Cualquier otro método es nada más que charlatanería o estupidez, o una combinación de ambos.


La defensa de la ‘patria’

 

Hace casi cien años, cuando el Estado nacional todavía constituía un factor relativamente progresivo, El Manifiesto Comunista proclamó que los proletarios no tienen patria. Su único objetivo es la creación de la patria de los trabajadores, que abarca el mundo entero. Hacia fines del siglo XIX el Estado burgués, con sus ejércitos y sus tarifas aduaneras, se transformó en el mayor freno del desarrollo de las fuerzas productivas, que exigen un campo de acción mucho más extenso. El socialista que hoy sale en defensa de la “patria” juega el mismo rol reaccionario que los campesinos de la Vendée, que salieron en defensa del régimen feudal, es decir, de sus propias cadenas4.
En los últimos años, e incluso en los meses más recientes, el mundo vio con asombro con qué facilidad desaparecen del mapa de Europa los Estados: Austria, Checoslovaquia, Albania, Polonia, Dinamarca, Noruega. Holanda, Bélgica… Nunca antes se transformó el mapa político con tanta rapidez, salvo en la época de las guerras napoleónicas. En ese entonces se trataba de Estados feudales que habían sobrevivido y tenían que dejar paso al Estado nacional burgués. Hoy se trata de Estados burgueses sobrevivientes que deben dejar paso a la federación de pueblos socialistas. La cadena, como siempre, se rompe por su eslabón más débil. La lucha de los bandidos imperialistas deja tan poco espacio a los pequeños Estados independientes como la lucha viciosa de los trusts y los cárteles a los pequeños manufactureros y comerciantes independientes.
A causa de su posición estratégica, a Alemania le resulta más provechoso atacar a sus enemigos fundamen­tales a través de los países pequeños y neutrales. Gran Bretaña y Francia, por el contrario, se benefician más cubriéndose con la neutralidad de los Estados pequeños y dejando que Alemania con sus ataques los arrastre al campo de los aliados “democráticos”. El nudo de la cuestión no cambia por esta diferencia en los métodos estratégicos. Los pequeños satélites se hacen polvo entre las trituradoras de los grandes países imperialistas. La “defensa” de las patrias mayores hace necesaria la liqui­dación de una docena de países pequeños y medianos.
Pero lo que le interesa a la burguesía de los grandes Estados no es en absoluto la defensa de la patria sino la de los mercados, las concesiones extranjeras, las fuentes de materias primas y las esferas de influencia. La burgue­sía nunca defiende la patria por la patria misma. Defien­de la propiedad privada, los privilegios, las ganancias. Cuando estos sagrados valores se ven amenazados la burguesía inmediatamente se vuelca al derrotismo. Fue lo que ocurrió con la burguesía rusa, cuyos hijos, después de la Revolución de Octubre, lucharon y están dispuestos a luchar una vez más en todos los ejércitos del mundo contra su propia antigua patria. Para salvar su capital, la burguesía española pidió ayuda a Mussolini y Hitler con­tra su propio pueblo. La burguesía noruega colaboró en la invasión de Hitler a su país. Así fue y así será siempre.
El patriotismo oficial es una máscara que encubre los intereses de los explotadores. Los obreros con conciencia de clase arrojan despreciativamente esta mascara. No de­fienden la patria burguesa sino los intereses de los traba­jadores y los oprimidos de su país y del mundo entero. Las tesis de la Cuarta Internacional afirman:
“Contra la consigna reaccionaria de la ‘defensa nacio­nal’ es necesario plantear la consigna de la destrucción revolucionaria del Estado nacional. Es necesario oponer a la locura de la Europa capitalista el programa de los Estados Unidos Socialistas de Europa como etapa previa en el camino a los Estados Unidos Socialistas del Mundo.”


La ‘lucha por la democracia’

 

No es menor el engaño de la consigna de la guerra por la democracia contra el fascismo. ¡Como si los obreros hubieran olvidado que el gobierno británico ayudó a subir al poder a Hitler y su horda de verdugos! Las democracias imperialistas son en realidad las mayores aristocracias de la historia. Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica se apoyan en la esclavización de los pueblos coloniales. La democracia de los Estados Unidos se apoya en la apropiación de las vastas riquezas de todo un continente. Estas “democracias” orientan todos sus es­fuerzos a preservar su posición privilegiada. Descargan buena parte del peso de la guerra sobre sus colonias. Se obliga a los esclavos a entregar su sangre y su oro para garantizar a sus amos la posibilidad de seguir siéndolo. Las pequeñas democracias capitalistas sin colonias son satélites de los grandes imperios y se llevan una tajada de sus ganancias coloniales. Las clases gobernantes de estos Estados están dispuestas a renunciar a la democracia en cualquier momento para conservar sus privilegios.
En el caso de la minúscula Noruega, se reveló una vez más ante el mundo la mecánica interna de la democracia decadente. La burguesía noruega apeló simultáneamente al gobierno socialdemócrata y a la policía, los jueces y los oficiales fascistas. Al primer impacto serio fueron barridos los dirigentes democráticos y la burocracia fas­cista, que inmediatamente encontró un lenguaje común con Hitler, se adueñó de la situación. Con distintas va­riantes según el país ya se había llevado a cabo el mismo experimento en Italia, Alemania, Austria, Polonia, Che­coslovaquia y una cantidad de países. En los momentos de peligro la burguesía siempre pudo librar de trabas democráticas a su verdadero aparato de gobierno, instru­mento directo del capital financiero.  ¡Sólo un ciego contumaz puede creerse que los generales y almirantes británicos y franceses están librando una guerra contra el fascismo!
La guerra no detuvo el proceso de transformación de las democracias en dictaduras reaccionarias; por el contrario, lo está llevando a su conclusión ante nuestros pro­pios ojos.
Dentro de cada país y en el plano mundial, la guerra fortaleció inmediatamente a los grupos e instituciones más reaccionarios. Pasan al frente los Estados Mayores, esos nidos de conspiración bonapartista, las fieras malignas de la policía, los patriotas a sueldo, las iglesias de todos los credos. Todos, especialmente el pro­testante presidente Roosevelt, halagan a la corte del Papa, el centro del oscurantismo y el odio entre los hombres. La decadencia material y espiritual siempre trae aparejadas la opresión policial y una demanda cada vez mayor de opio religioso.
Para lograr las ventajas que les proporciona el régimen totalitario, las democracias imperialistas encaran su pro­pia defensa con una ofensiva redoblada contra la clase obrera y la persecución de las organizaciones revolucio­narias. Utilizan el peligro de la guerra y ahora la guerra misma, primero y antes que nada, para aplastar a sus enemigos internos. La burguesía sigue invariable y firmemente la regla de que “el enemigo fundamental está dentro del propio país”.
Como sucede siempre, los más débiles son los que más sufren. En esta matanza de los pueblos los más débiles son los innumerables refugiados de todos los países, entre ellos los exiliados revolucionarios. El patriotismo burgués se manifiesta antes que nada en la manera brutal con que se trata a los extranjeros indefensos. Antes de que se construyeran campos de concentración para los prisione­ros de guerra ya todas las democracias habían construido campos de concentración para los revolucionarios exilia­dos. Los gobiernos de todo el mundo, y especialmente el de la URSS, escribieron la página más negra de nuestra época por el tratamiento que infligen a los refugiados, los exiliados, los sin hogar. Enviamos nuestros más cálidos saludos a los hermanos presos y perseguidos y les decimos que no se desanimen. ¡De las prisiones y los campos de concentración capitalistas saldrá la mayor parte de los líderes del mundo del mañana!


Las consignas de guerra de los nazis

 

Las consignas generales de Hitler no son dignas de consideración. Ya hace mucho que se demostró que la lucha por la “unificación nacional” es una mentira, ya que Hitler convierte el Estado nacional en un Estado de muchas naciones, pisoteando la libertad y la unidad de los demás pueblos. La lucha por el espacio vital no es más que un camuflaje de la expansión imperialista, es decir de la política de anexiones y pillaje. La justifi­cación racial de esta expansión es una mentira; el nacionalsocialismo cambia sus simpatías y antipatías raciales según sus consideraciones estratégicas. Un elemento algo más estable de la propaganda fascista es, tal vez, el antisemitismo, al que Hitler confirió formas zoológicas, poniendo al desnudo el verdadero lenguaje de la “raza” y la “sangre”: el ladrido del perro y el gruñido del cerdo. ¡Por algo Engels llamaba al antisemitismo el “socialismo de los idiotas”! El único rasgo verdadero del fascismo es su voluntad de poder, sometimiento y saqueo. El fascis­mo es la destilación químicamente pura de la cultura imperialista.
Los gobiernos democráticos, que en su momento salu­daron en Hitler a un cruzado contra el bolchevismo, ahora hacen de él una especie de Satán inesperadamente escapado de las profundidades del infierno, que viola la santidad de las fronteras, los tratados, los reglamentos y las leyes. Si no fuera por Hitler el mundo capitalista florecería como un jardín. ¡Qué mentira miserable!. Este epiléptico alemán con una máquina de calcular en el cerebro y un poder ilimitado en las manos no cayó del cielo ni ascendió de los infiernos; no es más que la personificación de todas las fuerzas destructivas del impe­rialismo. Gengis Kan y Tamerlane se les aparecían a los pueblos pastores más débiles como los destructores azotes de Dios, mientras que en realidad no expresaban otra cosa que la necesidad de más tierras de pastoreo, que tenían todas las tribus, para lo cual saqueaban las áreas cultivadas. Del mismo modo Hitler, al conmover hasta sus fundamentos a las viejas potencias coloniales, no hace más que ofrecer la expresión más acabada de la voluntad imperialista de poder. Con Hitler, el capitalismo mundial, arrojado a la desesperación por su propia im­passe, comenzó a hundir en sus entrañas una afilada daga.
Los carniceros de la segunda guerra imperialista no lograrán transformar a Hitler en el chivo emisario de sus propios pecados.
Todos los gobernantes actuales comparecerán ante el tribunal del proletariado. Hitler no hará más que ocupar el primer puesto entre todos los reos criminales.


La preponderancia de Alemania

 

Sea cual fuere el resultado de la guerra, la preponde­rancia de Alemania ya quedó claramente demostrada. Indudablemente Hitler no posee ninguna “nueva arma secreta”. Pero la perfección de todas las armas existentes y la combinación bien coordinada de estas armas (sobre la base de una industria altamente racionalizada) confie­ren al militarismo alemán un peso enorme. La dinámica militar está estrechamente ligada con los rasgos peculiares de todo régimen totalitario; voluntad unificada, iniciativa concentrada, preparativos secretos, ejecución súbita. La paz de Versalles, sin embargo, les rindió un flaco favor a los aliados. Después de quince años de desarme alemán, Hitler se vio obligado a comenzar a construir de la nada un ejército, y gracias a ello el ejército está libre de la rutina, la técnica y los pertrechos obsoletos tradicionales. El entrenamiento táctico de las tropas se inspira en las nuevas ideas que surgen de la tecnología más moderna. Aparentemente, sólo Estados Unidos puede superar la maquinaria mortífera de los alemanes.
La debilidad de Francia y Gran Bretaña no es una sorpresa. Las tesis de la Cuarta Internacional (1934) declaran: “El colapso de la Liga de las Naciones está indisolublemente ligado al comienzo del colapso de la hegemonía francesa en el continente europeo”. Este documento programático declara luego que “la Inglaterra dirigente tiene cada vez menos éxito en la concreción de sus astutos designios”, que la burguesía británica está “aterrorizada por la desintegración de su imperio, por el movimiento revolucionario de la India, por la inestabili­dad de sus posiciones en China”. En esto reside la fuerza de la Cuarta Internacional, en que su programa es capaz de superar la prueba de los grandes acontecimientos.
La industria de Inglaterra y Francia, debido a la afluencia segura de superganancias coloniales, quedó re­trasada tecnológica y organizativamente. Ade­más, la llamada “defensa de la democracia” de los parti­dos socialistas les creó a las burguesías británica y france­sa una situación política extremadamente privilegiada. Los privilegios siempre traen aparejados el retraso y el estancamiento. Si hoy Alemania hace gala de un predominio tan colosal sobre Francia e Inglaterra, la responsa­bilidad fundamental les cabe a los defensores socialpatriotas, que evitaron que el proletariado arrancara oportunamente de la atrofia a Inglaterra y Francia realizando la revolución socialista.


‘El programa de paz’

 

A cambio de la esclavitud de los pueblos Hitler pro­mete implantar en Europa una “paz alemana” que durará siglos. ¡Milagro imposible! La “paz británica” después de la victoria sobre Napoleón pudo durar un siglo —¡no un milenio!— solamente porque Inglaterra era la pionera de una nueva tecnología y de un sistema de producción progresivo. A pesar de la potencia de su industria, la actual Alemania, como sus enemigos, es el adalid de un sistema social condenado. El triunfo de Hitler en realidad no traería la paz sino el comienzo de una nueva serie de choques sangrientos a escala mundial. Si acabase con el impe­rio británico, si redujese a Francia al estado de Bohemia y Moravia, si consiguiese dominar el continente europeo y sus colo­nias, Alemania se convertiría, indudablemente, en la primera potencia mundial. Junto a ella, Italia podría, aunque no por mucho tiempo, controlar la cuenca del Mediterráneo. Pero ser la primera potencia no implica ser la única. Solamente se entraría a una nueva etapa de la “lucha por el espacio vital”.
El “nuevo orden” que Japón se prepara a establecer, apoyándose en el triunfo alemán, tiene como perspectiva la extensión del dominio japonés sobre la mayor parte del continente asiático. La Unión Soviética se vería apri­sionada entre una Europa germanizada y un continente asiático japoni­zado. Las tres Américas, igual que Australia y Nueva Zelanda, caerían en manos de Estados Unidos. Si además tomamos en consideración el imperio provincial italiano, el mundo quedaría circunstancialmente dividido en cinco “espacios vitales”. Pero el imperialismo, por naturaleza, abomina la división de poderes. Para tener las manos li­bres contra América, Hitler tendría que ajustar cuentas con sus amigos de ayer, Stalin y Mussolini. Japón y Estados Unidos no se quedarían observando desinteresadamente la nueva lucha. La tercera guerra imperialista no se entablaría entre Estados nacionales ni entre imperios a la vieja usanza sino entre continentes enteros. El triunfo de Hitler en la guerra actual no significaría, por lo tanto, mil años de “paz alemana” sino muchas décadas o muchos siglos de caos sangriento.
Pero un triunfo aliado no traería consecuencias más brillantes. Una Francia victoriosa sólo podría restablecer su posición de gran potencia desmembrando Alemania, restaurando a los Habsburgo, balcanizando Europa. Gran Bretaña sólo podría jugar nuevamente un rol dirigente en los asuntos europeos restableciendo su táctica de moverse con las contradicciones que oponen por un lado a Alema­nia y Francia y por el otro a Europa y Norteamérica. Esto significaría una nueva edición, diez veces peor, de la paz de Versalles, con efectos infinitamente más perjudi­ciales sobre el debilitado organismo europeo. A esto hay que añadir que es improbable una victoria aliada sin la asistencia norteamericana, y esta vez Estados Unidos exi­giría por su ayuda un precio mucho mayor que en la última guerra. La Europa envilecida y exhausta, el objeti­vo de la filantropía de Herbert Hoover, se transformaría en el deudor en bancarrota de su salvador transoceánico.
Finalmente, si suponemos la variante menos probable, la conclusión de la paz por los adversarios exhaustos de acuerdo a la fórmula pacifista “ni vencedores ni venci­dos”, ello significaría la restauración del caos internacio­nal anterior a la guerra, pero esta vez basado en sangrien­tas ruinas, el agotamiento, la amargura. En un breve lapso saldrían a la luz nuevamente, con explosiva violencia, los viejos antagonismos y estallarían nuevas convul­siones internacionales.
La promesa de los aliados de crear esta vez una federa­ción europea democrática es la más grosera de todas las mentiras pacifistas. El Estado no es una abstracción sino el instrumento del capitalismo monopolista. En tanto no se expropie a los trusts y bancos en beneficio del pueblo, la lucha entre los Estados es tan inevitable como la lucha entre los mismos trusts. La renuncia voluntaria por parte del Estado más fuerte a las ventajas que le proporciona su fuerza es una utopía tan ridícula como la división volun­taria del capital entre los trusts. En tanto se mantenga la propiedad capitalista, una “federación” democrática no sería más que una mala repetición de la Liga de las Naciones, con todos sus vicios y sin ninguna de sus antiguas ilusiones.
En vano los señores imperialistas del destino intentan revivir un programa de salvación que quedó totalmente desacreditado por la experiencia de las últimas décadas. En vano sus lacayos pequeñoburgueses inventan panaceas pacifistas que hace mucho quedaron convertidas en su propia caricatura. Los obreros avanzados no se dejarán engañar. Las fuerzas que ahora libran la guerra no lleva­rán a la paz. ¡Los obreros y soldados forjarán su propio programa de paz!


Defensa de la URSS

 

La alianza de Stalin con Hitler, que levantó el telón sobre la guerra mundial, llevó directamente a la esclavi­tud del pueblo polaco. Fue una consecuencia de la debili­dad de la URSS y del pánico del Kremlin frente a Alemania. El único responsable de esta debilidad es el mismo Kremlin, por su política interna, que abrió un abismo entre la casta gobernante y el pueblo; por su política exterior, que sacrificó los intereses de la revolu­ción mundial a los de la camarilla estalinista.
La conquista de Polonia oriental, prenda de la alianza con Hitler y garantía contra Hitler, estuvo acompañada de la nacionalización de la propiedad semifeudal y capitalista en Ucrania occidental y en la Rusia Blanca occiden­tal. Sin esto el Kremlin no podría haber incorporado a la URSS el territorio ocupado. La Revolución de Octubre, estrangulada y profanada, dio muestras de estar viva todavía.
En Finlandia el Kremlin no logró concretar un vuelco social similar. La movilización por los imperialistas de la opinión pública mundial “en defensa de Finlandia”, la amenaza de intervención directa de Inglaterra y Francia, la impaciencia de Hitler, que tenía que apropiarse de Dinamarca y Noruega antes de que las tropas francesas y británicas pisaran tierra escandinava; todo esto obligó al Kremlin a renunciar a la sovietización de Finlandia y a limitarse a la conquista de posiciones estratégicas indispensables.
Es indudable que la invasión a Finlandia suscitó una profunda condena en la población soviética. Sin embargo, los obreros avanzados comprendieron que, pese a los crímenes de la oligarquía del Kremlin, sigue en pie la cuestión de la existencia de la URSS. La derrota en la guerra mundial no sólo significaría el derrocamiento de la burocracia totalitaria sino la liquidación de las nuevas formas de propiedad, el colapso del primer experimento de economía planificada, la transformación de todo el país en una colonia, es decir, la entrega al imperialismo de recursos naturales colosales que le darían un respiro hasta la tercera guerra mundial. Ni los pueblos de la URSS ni la clase obrera de todo el mundo tienen interés en esa salida.
La resistencia de Finlandia a la URSS fue, pese a todo su heroísmo, nada más que un acto de defensa de la independencia nacional similar a la resistencia que poste­riormente Noruega opuso a Alemania. El mismo gobierno de Helsinki lo comprendió cuando eligió capitular ante la URSS antes que transformar a Finlandia en una base militar de Inglaterra y Francia. Nuestro sincero reconoci­miento del derecho de todas las naciones a su autodeter­minación no altera el hecho de que en la guerra actual este derecho pesa tanto como una pluma. Tenemos que determinar nuestra línea política fundamental de acuerdo a los factores básicos, no a los de décimo orden. Las tesis de la Cuarta Internacional afirman:
“La concepción de la defensa nacional, especialmente cuando coincide con la defensa de la democracia, puede fácilmente engañar a los obreros de los países pequeños y neutrales (Suiza, Bélgica parcialmente, los países escandinavos…) […] ¡Sólo un burgués desesperadamente tonto de una aldea suiza olvidada de la mano de Dios (como Robert Grimm) puede creer seriamente que la guerra mundial en la que está metido se libra en defensa de la independencia de Suiza”.
Estas palabras adquieren hoy un significado especial. De ningún modo son superiores al socialpatriota suizo Robert Grimm esos pequeños burgueses seudo revolucionarios que creen que se puede determinar la estrategia proletaria respecto a la defensa de la URSS en base a episodios tácticos como la invasión a Finlandia por el Ejército Rojo.
Extremadamente elocuente por su unanimidad y su furia fue la campaña de la burguesía mundial sobre la guerra soviético-finlandesa. La perfidia y la violencia de que hasta entonces había dado muestras el Kremlin nun­ca habían despertado tal indignación en la burguesía, pues toda la historia de la política mundial se escribe con perfidia y violencia. Lo que despertó su terror e indigna­ción fue la perspectiva de que en Finlandia se produjera un cambio social como el que provocó el Ejército Rojo en Polonia Oriental. Estaba en juego una amenaza real a la propiedad capitalista. La campaña antisoviética, clasista de la cabeza a los pies, reveló una vez más que la URSS, en virtud de los fundamentos sociales impuestos por la Revolución de Octubre, de los cuales depende en última instancia la existencia de la misma burocracia, sigue sien­do un Estado obrero que aterroriza a la burguesía de todo el mundo. Los acuerdos episódicos entre la burgue­sía y la URSS no desmienten el hecho de que “tomado a escala histórica, el antagonismo entre el imperialismo mundial y la Unión Soviética es infinitamente más pro­fundo que los antagonismos que separan entre sí a los países capitalistas”.
Muchos radicales pequeñoburgueses hasta ayer estaban de acuerdo en considerar a la Unión Soviética un posible eje de agrupamiento de las fuerzas “democráticas” contra el fascismo. Ahora descubrieron súbitamente, cuando sus países están amenazados por Hitler, que Moscú, que no acudió en su ayuda, sigue una política imperialista y que no hay diferencia entre la URSS y los países fascistas.
¡Mentiras! responderá todo obrero con conciencia de clase; hay una diferencia. La burguesía comprende esta diferencia social mejor y más profundamente que los charlatanes radicales. Es cierto que la nacionalización de los medios de producción en un país, y más si se trata de un país atrasado, no garantiza todavía la construcción del socialismo. Pero puede avanzar en el requisito fundamen­tal del socialismo, es decir el desarrollo planificado de las fuerzas productivas. No tomar en cuenta la nacionaliza­ción de los medios de producción en función de que por sí misma no asegura el bienestar de las masas es lo mismo que condenar a la destrucción un cimiento de granito en función de que es imposible vivir sin paredes y techo. El obrero con conciencia de clase sabe que es imposible lograr éxito en la lucha por la emancipación completa sin la defensa de las conquistas ya obtenidas, por modestas que éstas sean. Tanto más obligatoria, por lo tanto, es la defensa de una conquista tan colosal como la economía planificada contra la restauración de las rela­ciones capitalistas. Los que no son capaces de defen­der las viejas posiciones no podrán conquistar otras nuevas.
La Cuarta Internacional sólo puede defender a la URSS con los métodos de la lucha revolucionaria de clases. Enseñar a los obreros a comprender correctamente el carácter de clase del Estado —imperialista, colonial, obrero— así como sus contradicciones internas, permitirá que los obreros extraigan las conclusiones prácticas co­rrectas en cada situación determinada. Mientras libra una lucha incansable contra la oligarquía de Moscú, la Cuarta Internacional rechaza decididamente cualquier política  que  ayude  al imperialismo en contra de la URSS.
La defensa de la URSS coincide, en principio, con la preparación de la revolución proletaria mundial. Rechaza­mos llanamente la teoría del socialismo en un solo país, ese engendro cerebral del estalinismo ignorante y reaccio­nario. Sólo la revolución mundial podrá salvar a la URSS para el socialismo. Pero la revolución mundial implicará inevitablemente la desaparición de la oligarquía del Kremlin.


Por el derrocamiento revolucionario de la camarilla bonapartista de Stalin

 

Después de adular durante cinco años a las “democra­cias”, el Kremlin reveló un cínico desprecio por el prole­tariado mundial al concluir una alianza con Hitler y ayudarlo a estrangular al pueblo polaco. Se jactó de un vergonzoso chovinismo en vísperas de la invasión a Fin­landia y desplegó una incapacidad militar no menos ver­gonzosa en la lucha posterior. Hizo ruidosas promesas de “emancipar” de los capitalistas al pueblo finlandés y luego capituló cobardemente ante Hitler. Esta fue la actuación del régimen estalinista en estas horas críticas de la historia.
Los juicios de Moscú ya habían demostrado que la oligarquía totalitaria se ha transformado en un obstáculo absoluto para el desarrollo del país. El creciente nivel de las necesidades económicas cada vez más complejas ya no puede tolerar el estrangulamiento burocrático. Sin embar­go la banda de parásitos no está dispuesta a hacer ninguna concesión. Al luchar por mantener su posición destruye lo mejor del país. No se puede suponer que el pueblo que realizó tres revoluciones en doce años súbitamente se ha vuelto estúpido. Está aplastado y desorienta­do, pero observa y piensa. La burocracia está presente en cada día de su existencia con su gobierno arbitrario, su opresión, su rapacidad y su sangrienta sed de venganza. Los obreros medio muertos de hambre y los campesinos de las granjas colectivizadas comentan entre sí, murmurando su odio, los costosos caprichos de los comisarios rabiosos. Para el sexagésimo aniversario de Stalin se obligó a los obreros de los Urales a trabajar durante un año y medio en un gigantesco retrato del odiado “padre de los pue­blos” hecho de piedras preciosas, empresa digna de un Jerjes persa o de una Cleopatra egipcia. Un régimen capaz de caer en tales abominaciones inevitablemente se granjeará el odio de las masas.
La política exterior se corresponde con la política interna. Si el gobierno del Kremlin expresara los verdaderos intereses del Estado obrero, si la Comintern sirviera a la causa de la revolución mundial, las masas populares de la diminuta Finlandia inevitablemente se hubieran inclina­do hacia la URSS y la invasión del Ejército Rojo, o no hubiera sido en absoluto necesaria o hubiera sido acepta­da inmediatamente por el pueblo finlandés como una emancipación revolucionaria. En realidad, toda la política previa del Kremlin alejó de la URSS a los obreros y campesinos finlandeses. Mientras que Hitler, en los países neutrales que invade, puede contar con la ayuda de la llamada “quinta columna”, Stalin no encontró ningún apoyo en Finlandia, pese a la tradición de la insurrección de 1918 y a la existencia, desde hace largo tiempo, del Partido Comunista Finlandés5. En estas condiciones la invasión del Ejército Rojo asumió un carácter de violen­cia militar directa y abierta. La responsabilidad de esta violencia cae total y únicamente sobre la oligarquía de Moscú.
La guerra constituye una amarga prueba para todo régimen. Como consecuencia de la primera etapa de la guerra, la posición internacional de la URSS, pese a sus éxitos poco importantes, obviamente empeoró. La políti­ca exterior del Kremlin alejó de la URSS a amplios sectores de la clase obrera mundial y los pueblos oprimi­dos. Las bases estratégicas de apoyo que conquistó Moscú representarán un factor de tercer orden en el conflicto mundial de fuerzas. Mientras tanto Alemania obtuvo la zona más importante e industrializada de Polonia y una frontera común con la URSS, es decir una salida al este. A través de Escandinavia, Alemania domina el Mar Bálti­co, transformando al Golfo de Finlandia en una botella fuertemente taponada. La amargada Finlandia queda bajo el control directo de Hitler. En lugar de débiles Estados neutrales, la URSS ahora tiene tras su frontera de Lenin­grado a la poderosa Alemania. Quedó en evidencia ante todo el mundo la debilidad del Ejército Rojo decapitado por Stalin. Se intensificaron dentro de la URSS las tendencias nacionalistas centrífugas. Declinó el prestigio de la dirección del Kremlin. Alemania en Occidente y Japón en Oriente se sienten ahora infinitamente más seguros que antes de la aventura finlandesa del Kremlin.
Stalin no encontró en su magro arsenal más que una sola respuesta a la ominosa advertencia de los aconteci­mientos: reemplazó a Voroshilov por una nulidad aún más hueca, Timoshenko6. Como siempre en estos ca­sos, el objetivo de la maniobra es alejar la ira del pueblo y el ejército del principal y criminal responsable de las desgracias y poner a la cabeza del ejército a un individuo cuya insignificancia garantiza que se puede confiar en él. El Kremlin se reveló una vez más como el centro del derrotismo. Sólo destruyendo este centro se pondrá a salvo la seguridad de la URSS.
La preparación del derrocamiento revolucionario de la casta dirigente de Moscú constituye una de las tareas fundamentales de la Cuarta Internacional. No es una tarea simple ni fácil. Exige heroísmo y sacrificio. Sin embargo, la época de grandes convulsiones en que entró la humanidad asestará golpe tras golpe a la oligarquía del Kremlin, destruirá su aparato totalitario, elevará la con­fianza en sí mismas de las masas trabajadoras y por lo tanto facilitará la formación de la sección soviética de la Cuarta Internacional. ¡Los acontecimientos trabajarán a favor nuestro si somos capaces de ayudarlos!


Los pueblos coloniales en la guerra

 

Al crearles enormes dificultades y peligros a los cen­tros metropolitanos imperialistas, la guerra abre amplias posibilidades a los pueblos oprimidos. El tronar del ca­ñón en Europa anuncia que se aproxima la hora de su liberación.
Si es utópico un programa de transformaciones sociales pacíficas para los países avanzados, lo es doblemente el programa de liberación pacífica de las colonias. Hemos sido testigos de la esclavización de los últimos países atrasados semilibres (Etiopía, Albania, China…). La guerra actual está volcada sobre las colonias. Algunos persiguen su posesión; otros las poseen y rehusan soltarlas. Nadie tiene la menor intención de liberarlas voluntariamente. Las metrópolis en decaden­cia se ven obligados a extraer todo lo posible de las colonias y devolverles lo menos posible. Sólo la lucha revolucionaria directa y abierta de los pueblos esclaviza­dos puede allanarles el camino para su emancipación.
En los países coloniales y semicoloniales la lucha por un Estado nacional independiente, y en consecuencia la “defensa de la patria”, es en principio diferente de la lucha de los países imperialistas. El proletariado revolu­cionario de todo el mundo apoya incondicionalmente la lucha de China o la India por su independencia, porque es­ta lucha “al hacer romper a los pueblos atrasados con el asiatismo, el particularismo y la esclavitud extranjera (…), golpea poderosamente a los Estados imperialistas”.
Al mismo tiempo la Cuarta Internacional sabe desde ya, y se lo advierte abiertamente a las naciones atrasadas, que sus Estados nacionales tardíos ya no podrán contar con un desarrollo democrático independiente. Rodeada por el capitalismo decadente y sumergida en las contra­dicciones imperialistas, la independencia de un país atra­sado será inevitablemente semificticia. Su régimen político, bajo la influencia de las contradicciones internas de clase y la represión externa, inevitablemente caerá en la dictadura contra el pueblo. Así es el régimen del partido “del pueblo” en Turquía; el del Kuomintang en China; así será mañana el régimen de Ghandi en la india. La lucha por la independencia nacional de las colonias es, desde el punto de vista del proletariado, sólo una etapa transicional en el camino que llevará a los países atrasa­dos a la revolución socialista internacional.
La Cuarta Internacional no establece compartimientos estancos entre los países atrasados y los avanzados, entre las revoluciones democráticas y las socialistas. Las combina y las subordina a la lucha mundial de los oprimidos contra los opresores. Así como la única fuerza genuina­mente revolucionaria de nuestra época es el proletariado internacional, el único programa con el que realmente se liquidará toda opresión, social y nacional, es el programa de la revolución permanente.


La gran lección de china

 

La trágica experiencia de China constituye una gran lección para los pueblos oprimidos. La revolución china de 1925 a 1927 tenía todas las posibilidades de triunfar. Una China unificada y transformada sería en este mo­mento una poderosa fortaleza de la libertad en el Lejano Oriente. La suerte de Asia, y en cierta medida la de todo el mundo, podría haber sido distinta. Pero el Kremlin, que no tenía confianza en las masas chinas y buscaba la amistad de los generales, utilizó todo su peso para subor­dinar el proletariado chino a la burguesía, ayudando así a Chiang Kai-shek a aplastar la revolución china. Desilusio­nada, desunida y debilitada, China quedó abierta a la invasión japonesa.
Como todo régimen condenado, la oligarquía stalinista ya es incapaz de aprender de las lecciones de la historia. A comienzos de la guerra chino-japonesa, el Kremlin nuevamente ligó el Partido Comunista a Chiang Kai-shek aplastando desde su nacimiento la iniciativa revoluciona­ria del proletariado chino. Esta guerra, que ya lleva cerca de tres años, podría haber terminado hace mucho en una verdadera catástrofe para Japón si China la hubiera llevado adelante como una genuina guerra popular apoyada en una revolución agraria, abrazando en su llama a los soldados japoneses. Pero la burguesía china teme más a sus propias masas armadas que a los invasores japoneses. Si Chiang Kai-shek, el siniestro verdugo de la revolución china, se ve obligado por las circunstancias a librar una guerra, su programa seguirá siendo la opresión de sus propios trabajadores y el compromiso con los imperialistas.
La guerra en Asia oriental se entrelazará cada vez más con la guerra imperialista mundial. El pueblo chino logra­rá la independencia sólo bajo la dirección de su joven y abnegado proletariado, que recobrará la indispensable confianza en sí mismo con el resurgir de la revolución mundial. Él marcará con firmeza la línea a seguir. El curso de los acontecimientos hace indispensable el desa­rrollo de nuestra sección china en un poderoso partido revolucionario.


Tareas de la revolución india

 

En las primeras semanas de la guerra las masas indias presionaron con fuerza creciente a los dirigentes “nacio­nales” oportunistas, obligándolos a utilizar un lenguaje desacostumbrado. ¡Pero ay del pueblo indio si deposita su confianza en las palabras altisonantes!  Ocultándose tras la consigna de la independencia nacional, Gandhi ya se apresuró a proclamar que se niega a crearle dificulta­des a Gran Bretaña durante la severa crisis actual. ¡Como si en algún lugar o en algún momento los oprimidos hubieran podido liberarse de otro modo que explotando las dificultades de sus opresores!
El rechazo “moral” de Gandhi a la violencia refleja simplemente el temor de la burguesía india a sus propias masas. Tiene muy buenos fundamentos su previsión de que el imperialismo británico los arrastrará también a ellos en su colapso. Londres, por su parte, previene que al primer amago de desobediencia aplicará “todas las medidas necesarias”, incluyendo, por supuesto, la fuerza aérea, que en el frente occidental es deficiente. Hay una división del trabajo claramente delimitada entre la bur­guesía colonial y el gobierno británico: Gandhi necesita las amenazas de Chamberlain y Churchill para paralizar con más éxito el movimiento revolucionario.
El antagonismo entre las masas indias y la burguesía promete agudizarse en un futuro próximo, a medida que la guerra imperialista se convierte cada vez más en una gigantesca empresa comercial para la burguesía india. La apertura de un mercado excepcionalmente favorable para las materias primas puede promover rápidamente la in­dustria india. Si la destrucción completa del imperio británico rompe el cordón umbilical que liga al capital indio con la City de Londres, la burguesía nacional buscará rápidamente en Wall Street a su nuevo patrón. Los intereses materiales de la burguesía determinan su política con la misma fuerza de las leyes de la gravitación.
Mientras el movimiento de liberación esté controlado por la clase explotadora seguirá metido en un callejón sin salida. Lo único que puede unificar a la India es la revolución agraria realizada bajo las banderas de la libera­ción nacional. La revolución conducida por el proletaria­do estará dirigida no sólo contra el dominio británico sino también contra los príncipes indios, las concesiones extranjeras, el estrato superior de la burguesía nacional y los dirigentes del Congreso Nacional y de la Liga Musul­mana7. Es la tarea fundamental de la Cuarta Internacio­nal crear una sección estable y poderosa en la India.
La traidora política de colaboración de clases, con la que el Kremlin viene ayudando desde hace cinco años a los gobiernos capitalistas a preparar la guerra, fue abrup­tamente liquidada por la burguesía en cuanto dejó de necesitar disfrazarse de pacifista. Pero en los países colo­niales y semicoloniales —no sólo en China y la India sino también en América Latina— el fraude de los “frentes populares” sigue paralizando a las masas trabajadoras, convirtiéndolas en carne de cañón de la burguesía “pro­gresiva”, creándole de esta manera al imperialismo una base política indígena.


El futuro de América Latina

 

El monstruoso crecimiento del armamentismo en Estados Unidos prepara una solución violenta de las comple­jas contradicciones que aquejan al Hemisferio Occidental. Pronto se planteará como problema inmediato el destino de los países latinoamericanos. El interludio de la políti­ca “del buen vecino” está llegando a su fin. Roosevelt o quien lo suceda se sacarán a breve lapso el guante de terciopelo y mostrarán el puño de hierro. Las tesis de la Cuarta Internacional declaran:
“Sur y Centro América sólo podrán romper con el atraso y la esclavitud uniendo a todos sus Estados en una poderosa federación. Pero no será la retrasada burguesía sudamericana, agente totalmente venal del imperialismo extranjero, quien cumplirá este objetivo, sino el joven proletariado sudamericano, destinado a dirigir a las masas oprimidas. La consigna que presidirá la lucha contra la violencia y las intrigas del imperialismo mundial y contra la sangrienta explotación de las camarillas compradoras nativas será por lo tanto ‘Por los Estados Unidos Soviéti­cos de Sur y Centro América”.
Escritas hace seis años, estas líneas adquieren ahora una candente actualidad.
Sólo bajo su propia dirección revolucionaria el proleta­riado de las colonias y las semicolonias podrá lograr la colaboración firme del proletariado de los centros metropolitanos y de la clase obrera mundial. Sólo esta colabo­ración podrá llevar a los pueblos oprimidos a su emanci­pación final y completa con el derrocamiento del imperialismo en todo el mundo. Un triunfo del proletariado internacional libraría a los países coloniales de un largo y trabajoso período de desarrollo capitalista, abriéndoles la posibilidad de llegar al socialismo junto con el prole-taria­do de los países avanzados.
La perspectiva de la revolución permanente no signifi­ca de ninguna manera que los países atrasados tengan que esperar de los adelantados la señal de partida, ni que los pueblos coloniales tengan que aguardar pacientemente que el proletariado de los centros metropolitanos los libere. El que se ayuda consigue ayuda. Los obreros deben desarrollar la lucha revolucionaria en todos los países, coloniales o imperialistas, donde haya condiciones favorables, y así dar el ejemplo a los trabajadores de los demás países. Sólo la iniciativa y la actividad, la decisión y la valentía podrán materializar realmente la consigna “¡Obreros del mundo, unios!”.


La responsabilidad que les cabe por la guerra a los dirigentes traidores

 

El triunfo de la revolución española podría haber abierto una era de cambios revolucionarios en toda Europa y así haber evitado la guerra actual. Pero esa revolución heroica, que albergaba en su seno todas las posibilidades de triunfo, se disipó en el abrazo de la Segunda y la Tercera Internacional, con la colaboración activa de los anarquistas. El proletariado internacional se empobreció con la pérdida de otra gran esperanza y se enriqueció con las lecciones de otra traición monstruosa.
La poderosa movilización que realizó el proletariado francés en junio de 1936 reveló condiciones excepcio-nal­mente favorables para la conquista revolucionaria del poder8. Una república soviética francesa inmediatamente hubiera obtenido la hegemonía revolucionaria en Europa, hubiera repercutido en todos los países, derroca­do a los regímenes totalitarios, y de esta forma hubiera salvado a la humanidad de la actual matanza imperialista con sus innumerables víctimas. Pero la política totalmen­te cobarde y traidora de León Blum y León Jouhaux, apoyada activamente por la sección francesa de la Comintern, llevó al desastre a uno de los movimientos más promisorios de la década pasada.
En el umbral de la guerra actual se ubican dos hechos trágicos: el estrangulamiento de la revolución española y el saboteo de la ofensiva proletaria en Francia. La burguesía se convenció de que con tales “dirigentes de los trabajadores” a su disposición podía darse el lujo de cualquier cosa, hasta de una nueva matanza de los pue­blos. Los dirigentes de la Segunda Internacional impidie­ron que el proletariado derrocara a la burguesía al final de la primera guerra imperialista. Los dirigentes de la Segunda y la Tercera Internacional ayudaron a la burgue­sía a desatar una segunda guerra imperialista. ¡Que estos hechos se constituyan en su tumba política!


La Segunda Internacional

 

La guerra de 1914-1918 dividió inmediatamente a la Segunda Internacional en dos bandos separados por las trincheras. Cada partido socialdemócrata defendió su pa­tria. Recién varios años después de la guerra se reconcilia­ron los traidores hermanos enemistados y proclamaron la amnistía mutua.
Hoy la situación de la Segunda Internacional cambió mucho, superficialmente. Todas sus secciones, sin excepción, apoyan políticamente a uno de los bandos simila­res, el de los aliados; algunos porque son partidos de los países democráticos, otros porque son emigrados de las naciones beligerantes o neutrales. La socialdemocracia ale­mana, que siguió una despreciable política chovinista durante la primera guerra, bajo el estandarte de los Hohenzollern, es hoy un partido “derrotista” al servicio de Francia e Inglaterra. Sería imperdonable creer que estos lacayos endurecidos se han vuelto revolucionarios. Hay una explicación más simple. La Alemania de Guiller­mo II ofrecía a los reformistas suficientes oportunidades de obtener sinecuras personales en los cuerpos parlamentarios, los municipios, los sindicatos y otros lugares. De­fender la Alemania imperial implicaba defender un pozo bien repleto en el que la burocracia laboral conservadora metía el hocico. “La socialdemocracia seguirá siendo patriótica mientras el régimen político le garantice sus ganancias y privilegios”, prevenían nuestras tesis hace seis años. Los mencheviques y narodnikis rusos eran patriotas en la época del zar, cuando tenían sus fracciones sindica­les, sus periódicos, sus funcionarios sindicales y esperaban avanzar más lejos en esta dirección. Ahora que perdieron todo esto tienen una posición derrotista respecto a la URSS.
En consecuencia, lo que explica la actual “unanimidad” de la Segunda Internacional es que todas sus secciones esperan que los aliados mantengan los puestos y las rentas de la burocracia laboral de los países democráticos y les devuelvan los que perdieron a la de los países totalitarios. La socialdemocracia no se hace ilusiones inútiles sobre la protección de la burguesía “democrática”. Estos inválidos políticos son totalmente incapaces de luchar aun cuando se ven amenazados sus intereses personales.
Esto se reveló muy claramente en Escandinavia, que aparecía como el santuario más seguro de la Segunda Internacional; los tres países estuvieron gobernados du­rante años por la soberbia, realista, reformista y pacifista socialdemocracia. Estos caballeros llamaban socialismo a la democracia monárquica conservadora, más la iglesia estatal, más las anodinas reformas sociales que durante un tiempo fueron posibles gracias a los limitados gastos militares. Apoyados por la Liga de las Naciones y protegidos por el escudo de la “neutralidad”, los gobiernos escandinavos especulaban con generaciones de tranquilo y pacifico desarrollo. Pero los amos imperialistas no prestaron atención a sus cálculos. Se vieron obligados a eludir los golpes del destino. Cuando la URSS invadió Finlandia los tres gobiernos escandinavos se proclamaron neutrales en lo que respecta a ese país. Cuando Alemania invadió Dinamarca y Noruega, Suecia se declaró neutral respecto a las dos víctimas de la agresión. Dinamarca trató incluso de declararse neutral respecto a sí misma. Noruega. bajo la boca de los cañones de su guardiana Inglaterra, sólo intentó algunos gestos simbólicos de autodefensa. Estos héroes están muy dispuestos a vivir á expensas de la patria democrática, pero muy poco dispuestos a morir por ella. La guerra que no previeron derribó al pasar sus esperanzas de una evolución pacífica presidida por el Rey y Dios. El paraíso escandinavo, refugio final de las esperanzas de la Segunda Internacional, se transformó en un minúsculo sector del infierno imperialista ge­neral.
Los oportunistas socialdemócratas no conocen mas que una política, la adaptación pasiva. En las condiciones del capitalismo decadente nada les queda más que la rendición de sus posiciones una tras otra, el olvido de su ya miserable programa, la rebaja de sus exigencias, la renuncia a toda demanda, la retirada permanente cada vez más y más atrás hasta que no les quede lugar donde replegarse, salvo algún nido de ratas. Pero también allí llega la mano implacable del imperialismo y los arrastra tirándoles de la cola. Esta es la historia resumida de la Segunda Internacional. La guerra actual la está ma­tando por segunda vez y, esperemos, ahora será para siempre.


La Tercera Internacional

 

La política de la degenerada Tercera Internacional —una mezcla de crudo oportunismo y aventurerismo de­senfrenado— ejerce una influencia sobre la clase obrera, todavía —si cabe— más desmoralizadora que la de su hermana mayor, la Segunda Internacional. El partido revolucionario construye toda su política sobre la con­ciencia de clase de los trabajadores; a la Comintern nada le preocupa más que contaminar y envenenar esta con­ciencia de clase.
Los propagandistas oficiales de cada uno de los secto­res beligerantes denuncian, a veces bastante correcta-men­te, los crímenes del bando opositor. Hay mucho de verdad en lo que dice Göebbels sobre la violencia británi­ca en la India. La prensa francesa y la inglesa reflejan con mucha penetración la política exterior de Hitler y Stalin. Sin embargo, esta propaganda unilateral constituye el peor veneno chovinista. Las verdades a medias son las mentiras más, peligrosas.
Toda la propaganda actual de la Comintern entra en esta categoría. Después de cinco años de adulación desca­rada a las democracias, durante los cuales todo su “co­munismo” se reducía a monótonas acusaciones contra los agresores fascistas, la Comintern súbitamente descubrió, en el otoño de 1939, al imperialismo criminal de las democracias occidentales. ¡Giro completo! Desde enton­ces, ¡ni una palabra de condena sobre la destrucción de Checoslovaquia y Polonia, la conquista de Dinamarca y Noruega y la chocante bestialidad de las bandas de Hitler hacia los pueblos polaco y judío! Hitler pasó a ser un vegetariano amante de la paz continuamente provocado por los imperialistas occidentales. La prensa de la Comintern llamaba a la alianza anglo-francesa “el bloque imperialista contra el pueblo alemán”. ¡Ni el mismo Göebbels podía haber cocinado algo mejor! El Partido Comunista Alemán exiliado ardía en la llama del amor a la patria. Y como la patria alemana no había dejado de ser fascista, la posición del Partido Comunista Ale­mán resultaba… socialfascista. Por fin llegó la hora en que se concretó la teoría estalinista del socialfascismo9.
A primera vista la actitud de las secciones francesa e inglesa de la Internacional Comunista parecía diametralmente opuesta. A diferencia de los alemanes, se veían obligados a atacar a su propio gobierno. Pero este súbito derrotismo no era internacionalismo sino una variedad distorsionada del patriotismo; estos caballeros consideran que su patria es el Kremlin, del que depende su prosperi­dad. Muchos estalinistas franceses demostraron un coraje innegable al ser perseguidos. Pero el contenido político de este coraje se vio ensombrecido por su embellecimiento de la política rapaz del bando enemigo. ¿Qué pensarán de ello los obreros franceses?
La reacción siempre presentó a los internacionalistas revolucionarios como agentes de un enemigo extranjero. La situación que les creó la Comintern a sus secciones francesa e inglesa dio todos los pretextos para esa acusa­ción, y en consecuencia empujó forzosamente a los obre­ros al patriotismo o los condenó a la confusión y la pasividad.
La política del Kremlin es simple: le vendió a Hitler la Comintern junto con el petróleo y el manganeso. Pero el servilismo perruno con que esta gente se dejó vender atestigua irrefutablemente la corrupción interna de la Comintern. A los agentes del Kremlin no les quedan principios, ni honor, ni conciencia; sólo un espinazo flexible. Pero los espinazos flexibles hasta ahora nunca dirigieron una revolución.
La amistad de Stalin con Hitler no será eterna, ni siquiera durará mucho tiempo10. Puede ser que antes de que nuestro manifiesto llegue a las masas la política exterior del Kremlin dé un nuevo giro. En ese caso también cambiará la propaganda de la Comintern. Si el Kremlin se acerca a las democracias, la Comintern nueva­mente desenterrará de sus archivos el Libro Marrón de los crímenes nacionalsocialistas. Pero esto no significa que su propaganda asumirá un carácter revolucionario. Cambiará los rótulos, pero seguirá tan servil como antes. La política revolucionaria exige, ante todo, que se diga la verdad a las masas. Pero la Comintern miente sistemáti-ca­mente. Nosotros les decimos a los obreros de todo el mundo: ¡No crean a los mentirosos!


Los socialdemócratas y los estalinistas en las colonias

 

Los partidos ligados a los explotadores e interesados en obtener privilegios son orgánicamente incapaces de seguir una política honesta para con las capas más explotadas de los trabajadores y los pueblos oprimidos. Pero las características de la Segunda y la Tercera Inter­nacional se revelan con especial claridad en su actitud hacia las colonias.
La Segunda Internacional, que actúa como represen­tante de los esclavistas y como accionista de la empresa de la esclavitud, no tiene secciones propias en las colo­nias, si exceptuamos a grupos casuales de funcionarios coloniales, predominantemente masones franceses, y en general a los oportunistas de izquierda que aplastan a la población nativa. Como renunció oportunamente a la poco patriótica concepción de la necesidad de levantar a la población colonial contra la “patria democrática”, la Segunda Internacional se ganó el privilegio de proporcio­nar a la burguesía ministros para las colonias, es decir capataces de esclavos (Sidney Webb, Marius Moutet y otros)11.
La Tercera Internacional, que comenzó haciendo un valiente llamado revolucionario a todos los pueblos opri­midos, también se prostituyó completamente en un breve lapso en lo que respecta a la cuestión colonial. No hace muchos años, cuando Moscú vio la oportunidad de una alianza con las democracias imperialistas, la Comintern planteó la consigna de emancipación nacional no sólo para Abisinia y Albania sino también para Austria. Pero, respecto a las colonias de Gran Bretaña y Francia, se limitó modestamente a desearles reformas “razonables”. En ese entonces la Comintern no defendió a la India contra Gran Bretaña sino contra posibles ataques del Japón y a Túnez contra Mussolini. Ahora la situación cambió abruptamente. ¡Independencia total de la India, Egipto, Argelia! Dimitrov no aceptará menos. Los árabes y los negros encontraron otra vez en Stalin a su mejor amigo, sin contar, por supuesto, a Mussolini y a Hitler. La sección alemana de la Comintern, con el des­caro que caracteriza a esta banda de parásitos, defiende a Polonia y a Checoslovaquia contra los complots del imperialismo británico. ¡Esta gente es capaz de todo y está dispuesta a todo! Si el Kremlin cambia nuevamente de orientación hacia las democracias occidentales, otra vez solicitarán respetuosamente a Londres y París que garanticen reformas liberales para sus colonias.
A diferencia de la Segunda Internacional, la Comintern, gracias a su gran tradición, ejerce una induda­ble influencia en las colonias. Pero su base social cambió de acuerdo con su evolución política. En la actualidad, en los países coloniales la Comintern se apoya en los sectores que constituyen la base tradicional de la Segun­da Internacional en los centros metropolitanos. Con las migajas de las superganancias que obtiene de los países coloniales y semicoloniales el imperialismo creó en éstos algo similar a una aristocracia laboral nativa. Esta, insigni­ficante en comparación con su modelo de las metrópolis, se destaca sin embargo sobre el telón de fondo de la pobreza general y se aferra tenazmente a sus privilegios. La burocracia y la aristocracia laborales de los países coloniales y semicoloniales, junto con los funcionarios estatales, proveen de elementos especialmente serviles a los “amigos” del Kremlin. En Latinoamérica uno de los representantes más repulsivos de esta especie es el aboga­do mexicano Lombardo Toledano, cuyos servicios espe­ciales retribuyó el Kremlin elevándolo al decorativo puesto de presidente de la Federación Sindical Latino­americana12.
Al poner al rojo vivo los problemas de la lucha de clases, la guerra les crea a estos prestidigitadores y falsos profetas una situación cada vez más difícil, que los bol­cheviques verdaderos tienen que utilizar para barrer por siempre a la Comintern de los países coloniales.


Centrismo y anarquismo

 

Al poner a prueba todo lo que existe y descartar todo lo que está podrido, la guerra representa un peligro mortal para las Internacionales que le sobreviven. Un sector considerable de la burocracia de la Comintern, especialmente en el caso de que la Unión Soviética sufra algunos reveses, inevitablemente se volverá hacia sus pa­trias imperialistas. Los obreros, por el contrario, irán cada vez más hacia la izquierda. En esa situación son inevitables las divisiones y las rupturas. Hay una cantidad de síntomas que indican la posibilidad de que también rompa el ala “izquierda” de la Segunda Internacional. Surgirán grupos centristas de distintos orígenes, se rom­perán, crearán nuevos “frentes”, “bandos”, etcétera. Nuestra época descubrirá, sin embargo, que no puede tolerar la existencia del centrismo. El rol patético y trágico que jugó el POUM, la más seria y honesta de las organizaciones centristas, en la revolución española quedará siempre en la memoria del proletariado avanzado como una terrible advertencia13.
Pero a la historia le gustan las repeticiones. No está excluida la posibilidad de que haya nuevos intentos de construir una organización internacional del tipo de la Internacional Dos y Media o, esta vez, la Internacional Tres y Un Cuarto. Esos balbuceos sólo merecen atención como reflejos de procesos mucho más profundos por los que atraviesan las masas trabajadoras. Pero desde ya se puede afirmar con seguridad que los “frentes”, “bandos” e “Internacionales” centristas; por carecer de fundamen­tos teóricos, tradición revolucionaria y un programa aca­bado sólo serán efímeros. Los ayudaremos criticando implacablemente su indecisión y ambigüedad.
Este esquema de la bancarrota de las viejas organiza­ciones de la clase obrera quedaría incompleto si no mencionáramos al anarquismo. Su decadencia constituye el fenómeno más irrefutable de nuestra época. Ya antes de la primera guerra imperialista los anarco-sindicalistas franceses lograron convertirse en los peores oportunistas y en los sirvientes directos de la burguesía. La mayor parte de los dirigentes anarquistas internacionales se hizo patriota en la última guerra. En el apogeo de la guerra civil en España los anarquistas ocuparon cargos de ministros de la burguesía. Los predicadores anarquistas niegan el Estado en tanto éste no los necesita. En el momento de peligro, igual que los socialdemócratas, se transforman en agentes de la clase capitalista.
Los anarquistas entraron a la guerra actual sin un programa, sin una sola idea y con una bandera manchada por su traición al proletariado español. Hoy lo único que son capaces de aportar a los obreros es una desmora­lización patriótica mechada con lamentos humanitarios. Al buscar un acercamiento con los obreros anarquistas que estén realmente dispuestos a luchar por los intereses de su clase, les exigiremos al mismo tiempo que rompan com­pletamente con esos dirigentes que tanto en la guerra como en la revolución sólo sirven de mandaderos de la burguesía.


Los sindicatos y la guerra

 

Mientras los magnates del capitalismo monopolista se ponen por encima de los órganos del poder estatal, controlándolo desde las alturas, los dirigentes sindicales opor­tunistas rondan los umbrales del poder estatal tratando de conseguir que las masas obreras les den su apoyo. Es imposible cumplir esta sucia tarea si se mantiene la de­mocracia obrera dentro de los sindicatos. El régimen interno de los sindicatos, siguiendo el ejemplo del régi­men de los Estados burgueses, se está volviendo cada vez más autoritario. En épocas de guerra la burocracia sindi­cal se transforma definitivamente en la policía militar del Estado Mayor del ejército dentro de la clase obrera.
Pero por más empeño que ponga, no tiene salvación. La guerra significa la muerte y la destrucción de los actuales sindicatos reformistas. A los sindicalistas en la flor de la edad se los moviliza para la matanza. Los reemplazan los muchachos, las mujeres y los viejos, es decir los menos capacitados para resistir. Todos los países saldrán de la guerra tan arruinados que el nivel de los trabajadores retrocederá un siglo. Los sindicatos reformis­tas sólo son posibles bajo el régimen de la democracia burguesa. Pero lo primero que desaparecerá con la guerra será la democracia, completamente putrefacta. En su derrumbe definitivo arrastrará consigo a todas las organi­zaciones obreras que le sirvieron de apoyo. No habrá cabida para los sindicatos reformistas. La reacción capitalista los destruirá cruelmente. Es necesario prevenir de esto a los obreros, inmediatamente y en voz bien alta, para que todos lo oigan.
Una época nueva exige métodos nuevos. Los métodos nuevos exigen líderes nuevos. Hay una sola manera de salvar los sindicatos: transformarlos en organizaciones de lucha que se planteen corno objetivo el triunfo sobre la anarquía capitalista y el bandidaje imperialista. Los sindi­catos jugarán un rol enorme en la construcción de la economía socialista, pero la condición previa para lograrla es el derrocamiento de la clase capitalista y la nacio­nalización de los medios de producción. Solamente si toman el camino de la revolución socialista podrán los sindicatos escapar al destino de quedar enterrados bajo las ruinas de la guerra.

 

La Cuarta Internacional

 

La vanguardia proletaria es el enemigo irreconciliable de la guerra imperialista. Pero no teme a esta guerra. Acepta dar la batalla en el terreno elegido por el enemigo de clase. Entra a este terreno con sus banderas flameando al viento.
La Cuarta Internacional es la única organización que previó correctamente el curso general de los acontecimientos mundiales, que pronosticó que una nueva catástrofe imperialista era inevitable, que denunció los fraudes pacifistas de los demócratas burgueses y los aventureros pequeñoburgueses de la escuela estalinista, que luchó contra la política de colaboración de clases conocida como “frente popular”, que cuestionó el rol traidor de la Comintern y los anarquistas en España, que criticó irreconciliablemente las ilusiones centristas del POUM, que continuó fortaleciendo incesantemente a sus cuadros en el espíritu de la lucha de clases revolucionaria. Nuestra política en la guerra es sólo la continuación concentrada de nuestra política en la paz.
La Cuarta Internacional construye su programa sobre los fundamentos teóricos del marxismo, sólidos como el granito. Rechaza el despreciable eclecticismo que predo­mina en las filas de la burocracia laboral oficial de los distintos bandos, y que muy frecuentemente sirve de indicador de la capitulación ante la democracia burguesa. Nuestro programa está formulado en una serie de documentos accesibles a todo el mundo. Su eje se puede resumir en tres palabras: dictadura del proletariado.


Nuestro programa, basado en el bolchevismo

 

La Cuarta Internacional se apoya completa y sinceramente sobre los fundamentos de la tradición revoluciona­ria del bolchevismo y sus métodos organizativos. Que los radicales pequeñoburgueses lloren contra el centralismo. Un obrero que haya participado aunque sea una vez en una huelga sabe que ninguna lucha es posible sin discipli­na y una dirección firme. Toda nuestra época está imbui­da del espíritu del centralismo. El capitalismo monopolis­ta llevó hasta sus últimos límites la centralización econó­mica. El centralismo estatal en el marco del fascismo asumió un carácter totalitario. Las democracias intentan cada vez más emular este ejemplo. La burocracia sindical defiende con ensañamiento su maquinaria poderosa. La Segunda y la Tercera Internacional utilizan descarada­mente el aparato estatal en su lucha contra la revolución.
En estas condiciones la garantía más elemental de éxito reside en la contraposición del centralismo revolu­cionario al centralismo de la reacción. Es indispensable contar con una organización de la vanguardia proletaria unificada por una disciplina de hierro, un verdadero núcleo selecto de revolucionarios templados dispuestos al sacrificio e inspirados por una indomable voluntad de vencer. Sólo un partido que no se falla a sí mismo será capaz de preparar sistemática y afanosamente la ofensiva para, cuando suene la hora decisiva, volcar en el campo de batalla toda la fuerza de la clase sin vacilar.
Los escépticos superficiales se deleitan en señalar la degeneración en burocratismo del centralismo bolche­vique. ¡Como si todo el curso de la historia dependiera de la estructura de un partido!. De hecho, es el destino del partido el que depende del curso de la lucha de clases. Pero de todas maneras el Partido Bolchevique fue el único que demostró en la acción su capacidad de realizar la revolución proletaria. Es precisamente un parti­do así lo que necesita ahora el proletariado internacional. Si el régimen burgués sale impune de la guerra todos los partidos revolucionarios degenerarán. Si la revolución proletaria conquista el poder, desaparecerán las condicio­nes que provocan la degeneración.
Con la reacción triunfante, la desilusión y la fatiga de las masas, en una atmósfera política envenenada por la descomposición maligna de las organizaciones tradiciona­les de la clase obrera, en medio de dificultades y obstácu­los que se acumulaban, el desarrollo de la Cuarta Inter­nacional necesariamente era lento. Los centristas, que desdeñaban nuestros esfuerzos, hicieron más de una vez intentos aislados y a primera vista mucho más amplios y prometedores de unificación de la izquierda. Todos ellos, sin embargo, se hicieron polvo aun antes de que las masas tuvieran la posibilidad de recordar siquiera sus nombres. Sólo la Cuarta Internacional, con valentía, persistencia y éxito cada vez mayores se mantiene nadando contra la corriente.


¡Hemos pasado la prueba!

 

Lo que caracteriza a una genuina organización revolu­cionaria es sobre todo la seriedad con la que trabaja y pone a prueba su línea política con cada nuevo giro de los acontecimientos. Su centralismo fructifica en demo­cracia. Bajo el fuego de la guerra nuestras secciones discuten apasionadamente todos los problemas de la política proletaria, comprobando la validez de nuestros métodos y barriendo de paso a los elementos inestables que sólo se nos unieron a causa de su oposición a la Segunda y la Tercera Internacional. La separación de los compañeros de ruta que no son de total confianza es el precio inevitable que hay que pagar por la formación de un verdadero partido revolucionario.
La inmensa mayoría de los camaradas de los diferentes países salieron airosos de la primera prueba a que los sometió la guerra. Este hecho es de inestimable significación para el futuro de la Cuarta Internacional. Cada miembro de base de nuestra organización tiene no sólo el derecho sino también el deber de considerarse de aquí en más un oficial del ejército revolucionario que se creará al calor de los acontecimientos. La entrada de las masas en la lucha revolucionaria pondrá de manifiesto inmediatamente la insignificancia de los programas de los oportunistas, los pacifistas y los centristas. Un solo revo­lucionario verdadero en una fábrica, una mina, un sindi­cato, un regimiento, un barco de guerra vale infinitamen­te más que cien seudo revolucionarios pequeñoburgueses que se cocinan en su propia salsa.
Los políticos de la gran burguesía entienden mucho mejor el rol de la Cuarta Internacional que nuestros pedantes pequeñoburgueses. En víspera de la ruptura de relaciones diplomáticas, el embajador francés Couloundre y Hitler, que buscaban en su entrevista final asustarse recíprocamente con las consecuencias de la guerra, estaban de acuerdo en que “el único vencedor real” sería la Cuarta Internacional. Tras la declaración de hostili­dades contra Polonia, la prensa de mayor tirada de Francia, Dinamarca y otros países publicaba despachos diciendo que en los barrios obreros de Berlín aparecieron carteles que decían “¡Abajo Stalin, viva Trotsky!”. Esto significa: “¡Abajo la Tercera Internacional, viva la Cuarta Inter­nacional!”. Cuando los obreros y estudiantes más resuel­tos de Praga organizaron una manifestación en el aniver­sario de la independencia nacional, el “Protector”, Barón Neurath, sacó una declaración oficial atribuyendo la res­ponsabilidad de esta manifestación a los “trotskistas” checos. La correspondencia desde Praga publicada por el periódico que edita Benes, el ex presidente de la Repúbli­ca Checoslovaca, confirma el hecho de que los obreros checos se están volviendo “trotskistas”14. Sin embargo, éstos son sólo síntomas. Pero indican inequívocamente las tendencias del proceso. La nueva generación de obre­ros a los que la guerra empujará por el camino de la revolución tomará nuestro estandarte.


La revolución proletaria

 

La experiencia histórica estableció las condiciones básicas para el triunfo de la revolución proletaria, que fueron aclaradas teóricamente: 1) el impasse de la bur­guesía y la consecuente confusión de la clase dominante; 2) la aguda insatisfacción y el anhelo de cambios decisi­vos en las filas de la pequeña burguesía, sin cuyo apoyo la gran burguesía no puede mantenerse; 3) la conciencia de lo intolerable de la situación y la disposición para las acciones revolucionarias en las filas del proletariado; 4) un programa claro y una dirección firme de la vanguardia proletaria. aEstas son las cuatro condiciones para el triunfo de la revolución proletaria. La razón principal de la derrote de muchas revoluciones radica en el hecho de que estas cuatro condiciones raramente alcanzan al mismo tiempo el necesario grado de madurez. Muchas veces en la historia la guerra fue la madre de la revolu­ción precisamente porque sacude hasta sus mismas bases los regímenes ya obsoletos, debilita a la clase gobernante y acelera el crecimiento de la indignación revolucionaria entre las clases oprimidas.
Ya son intensas la desorientación de la burguesía, la alarma y la insatisfacción de las masas populares, no sólo en los países beligerantes sino también en los neutrales; estos fenómenos se intensificarán con cada mes de guerra que pase. Es cierto que en los últimos veinte años el proletariado sufrió una derrota tras otra, cada una más grave que la precedente, se desilusionó de los viejos partidos y la guerra indudablemente lo encontró deprimi­do. Sin embargo, no hay que sobrestimar la estabilidad o duración de esos estados de animo. Los produjeron los acontecimientos; éstos los disiparán.
La guerra, igual que la revolución, la hacen ante todo las generaciones más jóvenes. Millones de jóvenes que no pudieron acceder a la industria comenzaron sus vidas como desocupados y por lo tanto quedaron al margen de la política. Hoy están encontrando su ubicación o la encontrarán mañana; el Estado los organiza en regimien­tos y por esta misma razón les abre la posibilidad de su unificación revolucionaria. Sin duda la guerra también sacudirá la apatía de las generaciones más viejas.


El problema de la dirección

 

Queda en pie el problema de la dirección. ¿No será traicionada la revolución otra vez, ya que hay dos Inter­nacionales al servicio del imperialismo mientras que los elementos genuinamente revolucionarios constituyen una minúscula minoría? En otras palabras: ¿lograremos preparar a tiempo un partido capaz de dirigir la revolución proletaria? Para contestar correctamente esta pregunta es necesario plantearla correctamente. Naturalmente, tal o cual insurrección terminará con seguridad en una derrota debido a la inmadurez de la dirección revolucionaria. Pero no se trata de una insurrección aislada. Se trata de toda una época revolucionaria.
El mundo capitalista ya no tiene salida, a menos que se considere salida a una agonía prolongada. Es necesario prepararse para largos años, si no décadas, de guerra, insurrecciones, breves intervalos de tregua, nuevas guerras y nuevas insurrecciones. Un partido revolucionario joven tiene que apoyarse en esta perspectiva. La historia le dará suficientes oportunidades y posibilidades de probarse, acumular experiencia y madurar. Cuanto más rápidamen­te se fusione la vanguardia más breve será la etapa de las convulsiones sangrientas, menor la destrucción que sufrirá nuestro planeta. Pero el gran problema histórico no se resolverá de ninguna manera hasta que un partido revolucionario se ponga al frente del proletariado. El problema de los ritmos y los intervalos es de enorme importancia pero no altera la perspectiva histórica general ni la orientación de nuestra política. La conclusión es simple: hay que llevar adelante la tarea de organizar y educar a la vanguardia proletaria con una energía multiplicada por diez. Este es precisamente el objetivo de la Cuarta Internacional.
El mayor error lo cometen aquellos que, buscando justificar sus conclusiones pesimistas, se refieren simplemente a las tristes consecuencias de la última guerra. En primer lugar, de la última guerra nació la Revolución de Octubre, cuyas lecciones están vivas en el movimiento obrero de todo el mundo. En segundo lugar, las condicio­nes de la guerra actual difieren profundamente de las de 1914. La situación económica de los Estados imperialis­tas, incluyendo Estados Unidos, hoy es infinitamen­te peor, y el poder destructivo de la guerra infinitamente mayor que hace un cuarto de siglo. Hay por lo tanto razones suficientes para suponer que esta vez la reacción por parte de los obreros y el ejército será mucho más rápida y decisiva.
La experiencia de la primera guerra no pasó sin afectar profundamente a las masas. La Segunda Internacional extrajo sus fuerzas de las ilusiones democráticas y pacifis­tas que estaban casi intactas en las masas. Los obreros creían seriamente que la guerra de 1914 sería la última. Los soldados se dejaban matar para evitar que sus hijos tuvieran que sufrir una nueva carnicería. Este esperanza es lo único que permitió a los hombres soportar la guerra durante más de cuatro años. Hoy no queda casi nada de las ilusiones democráticas y pacifistas. Los pueblos sufren la guerra actual sin creer más en ella, sin esperar de ella otra cosa que nuevas cadenas. Esto también se aplica a los Estados totalitarios. La generación obrera más vieja, que llevó sobre sus espaldas la carga de la primera guerra imperialista y no olvidó sus lecciones, está lejos todavía de haber sido eliminada de la escena. Aún suenan en los oídos de la generación siguiente a aquélla, la que iba a la escuela durante la guerra, las falsas consignas de patriotis­mo y pacifismo. La inestimable experiencia política de estos sectores, ahora aplastados por el peso de la maqui­naria bélica, se revelará en toda su plenitud cuando la guerra impulse a las masas trabajadoras a ponerse abiertamente contra sus gobiernos.


Socialismo o esclavitud

 

Nuestras tesis, La Guerra y la Cuarta Internacional (1934), afirman que: “el carácter completamente reaccio­nario, putrefacto y saqueador del capitalismo moderno, la destrucción de la democracia, el reformismo y el pacifismo, la necesidad urgente y candente que tiene el proletariado de encontrar una salida segura del desastre inminente ponen a la orden del día, con fuerzas renovadas, la revolución internacional”.
Hoy ya no se trata, como en el siglo XIX, de garantizar simplemente un desarrollo económico más rápido y sano; hoy se trata de salvar a la humanidad del suicidio. Es precisamente la agudeza del problema histórico lo que hace temblar los cimientos de los partidos oportunistas. El partido de la revolución, por el contrario, encuentra una reserva inagotable de fuerzas en su conciencia de ser el producto de una necesidad histórica inexorable.
Más aún; es inadmisible poner a la actual vanguardia revolucionaria al mismo nivel de aquellos internaciona­listas aislados que elevaron sus voces cuando estalló la guerra anterior. Sólo el partido de los bolcheviques rusos representaba en ese entonces una fuerza revolucionaria. Pero incluso éste, en su inmensa mayoría, exceptuando un pequeño grupo de emigrados que rodeaban a Lenin, no logró superar su estrechez nacional y elevarse a la perspectiva de la revolución mundial.
La Cuarta Internacional, por el número de sus militan­tes y especialmente por su preparación, cuenta con venta­jas infinitas sobre sus predecesores de la guerra anterior. La Cuarta Internacional es la heredera directa de lo mejor del bolchevismo. La Cuarta Internacional asimiló la tradición de la Revolución de Octubre y transformó en teoría la experiencia del periodo histórico más rico entre las dos guerras imperialistas. Tiene fe en sí misma y en su futuro.
La guerra, recordémoslo una vez más, acelera enorme­mente el desarrollo político. Esos grandes objetivos que ayer no mas nos parecían estar a años, si no a décadas de distancia pueden planteársenos directamente en los próximos dos o tres años, o todavía antes. Los programas que se apoyan en las condiciones habituales de las épocas de paz inevitablemente quedarán colgando en el aire. Por otra parte, el programa de consignas transicionales de la Cuarta Internacional, que les parecía tan “irreal” a los políticos que no ven más allá de sus narices, revelará toda su importancia en el proceso de movilización de las masas por la conquista del poder.
Cuando comience la nueva revolución los oportunistas tratarán una vez más, como lo hicieron hace un cuarto de siglo, de inspirar a los obreros la idea de que es imposible construir el socialismo sobre las ruinas y la desolación. ¡Como si el proletariado tuviera libertad de elegir! Hay que construir sobre los fundamentos que pro­porciona la historia. La Revolución Rusa demostró que el gobierno obrero puede sacar de la pobreza más profunda hasta a un país muy atrasado. Mucho mayores son los milagros que podrá realizar el proletariado de los países avanzados. La guerra destruye estructuras, ferrocarriles, fábricas, minas; pero no puede destruir la tecnología, la ciencia, la capacidad. Después de crear su propio Estado, organizar correctamente sus filas, aportar la fuerza de trabajo calificado heredada del régimen burgués y organi­zar la producción de acuerdo a un plan unificado, el proletariado no sólo restaurará en unos años todo lo destruido por la guerra; también creará las condiciones para un gran florecimiento de la cultura sobre las bases de la solidaridad.


Qué hacer

 

La Conferencia de Emergencia de la Cuarta Internacio­nal vota este manifiesto en el momento en que, luego de abatir a Holanda y Bélgica y aplastar la resistencia inicial de las tropas aliadas, el ejército alemán avanza como un fuego arrollador hacia París y el Canal. En Berlín ya se apresuran a celebrar la victoria. En el sector aliado cunde una alarma lindante con el pánico. Aquí no tenemos posibilidades ni necesidad de internamos en especulacio­nes estratégicas sobre las próximas etapas de la guerra. De todos modos, la tremenda preponderancia de Hitler pone en este momento su impronta sobre la fisonomía política de todo el mundo.
“¿No está obligada la clase obrera, en las condiciones actuales, a ayudar a las democracias en su lucha contra el fascismo alemán?”. Así plantean la cuestión amplios sec­tores pequeñoburgueses para quienes el proletariado es siempre una herramienta auxiliar de tal o cual sector de la burguesía. Rechazamos con indignación este política. Naturalmente hay diferencias entre los distintos regímenes políticos de la sociedad burguesa, así como en un tren hay vagones más cómodos que otros. Pero cuando todo el tren se está precipitando en un abismo, la dife­rencia entre la democracia decadente y el fascismo asesi­no desaparece ante el colapso de todo el sistema capita­lista.
Los triunfos y bestialidades de Hitler provocan natu­ralmente el odio exasperado de los obreros de todo el mundo. Pero entre este odio legítimo de los obreros y la ayuda a sus enemigos más débiles pero no menos reaccio­narios hay una gran distancia. El triunfo de los imperia­listas de Gran Bretaña y Francia no sería menos terrible para la suerte de la humanidad que el de Hitler y Musso­lini. No se puede salvar la democracia burguesa. Ayudando a sus burguesías contra el fascismo extranjero los obreros sólo acelerarán el triunfo del fascismo en su propio país. La tarea planteada por la historia no es apoyar a una parte del sistema imperialista en contra de otra sino terminar con el conjunto del sistema.


Los obreros tienen que aprender la técnica militar

 

La militarización de las masas se intensifica día a día. Rechazamos la grotesca pretensión de evitar este militari­zación con huecas protestes pacifistas. En la próxima etapa todos los grandes problemas se decidirán con las armas en la mano. Los obreros no deben tener miedo de las armas; por el contrario, tienen que aprender a usarlas. Los revolucionarios no se alejan del pueblo ni en la guerra ni en la paz. Un bolchevique trata no sólo de convertirse en el mejor sindicalista sino también en el mejor soldado.
No queremos permitirle a la burguesía que lleve a los soldados sin entrenamiento o semientrenados a morir en el campo de batalla. Exigimos que el Estado ofrezca inmediatamente a los obreros y a los desocupados la posibilidad de aprender a manejar el rifle, la granada de mano, el fusil, el cañón, el aeroplano, el submarino y los demás instrumentos de guerra. Hacen falta escuelas militares especiales estrechamente relacionadas con los sindi­catos para que los obreros puedan transformarse en especialistas calificados en el arte militar, capaces de ocupar puestos de comandante.


¡Esta no es nuestra guerra!

 

Al mismo tiempo, no nos olvidamos ni por un mo­mento de que esta guerra no es nuestra guerra. A diferencia de la Segunda y la Tercera Internacional, la Cuarta Internacional no construye su política en función de los avatares militares de los Estados capitalistas sino de la transformación de la guerra imperialista en una guerra de los obreros contra los capitalistas, del derrocamiento de la clase dominante en todos los países, de la revolu­ción socialista mundial. Los cambios que se producen en el frente, la destrucción de los capitales nacionales, la ocupación de territorios, la caída de algunos Estados, desde este punto de vista sólo constituyen trágicos episo­dios en el camino a la reconstrucción de la sociedad moderna.
Independientemente del curso de la guerra, cumpliremos nuestras tareas: explicaremos a los obreros que sus intereses son irreconciliables con los del capitalismo sediento de sangre; movilizaremos a los trabajadores contra el imperialismo; haremos propaganda en favor de la unidad de los obreros de todos los países beligerantes y neutrales; llamaremos a la fraternización entre obreros y soldados dentro de cada país y entre los soldados que están en lados opuestos de las trincheras en el campo de batalla; movilizaremos a las mujeres y los jóvenes contra la guerra; prepararemos cons­tante, persistente e incansablemente la revolución en las fábricas, los molinos, las aldeas, los cuarteles, el frente y la flota.
Este es nuestro programa. Proletarios del mundo: ¡no hay otra salida que la de unirse bajo el estandarte de la Cuarta Internacional!

 

NOTAS

 

1. Publicado en The Socialist Appeal, 19 de junio de 1940. Fue aprobado por la Conferencia Extraordinaria de la Cuarta Internacional, celebrada del 19 al 26 de mayo de 1940 en Nueva York.
2. Abisinia (Etiopía) y Albania habían sido ocupadas por Italia en 1935 y 1939 respectivamente, y China fue invadida por Japón, primero en 1931 y nuevamente en 1937.

3. La política del buen vecino, proclamada por el presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt, planteaba que Estados Unidos no recurriría más a las intervenciones armadas en Latinoamérica y el Caribe sino que funcionaría como un “buen vecino”.

4. Vendée es una provincia del sudoeste de Francia que fue bastión del sentimiento contrarrevolucionario durante la Revolución Francesa.

5. En enero de 1918 los sóviets finlandeses, bajo la conducción de los comunistas, intentaron tomar el poder, pero el gobierno llamó a tropas alemanas para derrotarlos. El gobierno soviético no era lo suficientemente fuerte en ese tiempo como para suministrar a los revolucionarios la ayuda necesaria.

6. Semion K. Timoshenko (1895): amigo de Stalin desde 1910, dirigió la ocupación de Polonia Oriental en 1939 y parte de las operaciones contra Finlandia (1939-1940). Se convirtió en mariscal en 1940 y reemplazó a Voroshilov como comisario del pueblo de Defensa el mismo año.

7. La Liga Musulmana y el Congreso Nacional eran las principales organizaciones burguesas que se oponían al dominio inglés en la India. El Congreso Nacional se convirtió en el partido más importante de la India después de la independencia, mientras que la Liga Musulmana llegó a ser la fuerza política principal de Pakistán después de que éste se separó de la India.
8. En junio de 1936 estalló en Francia una ola masiva de huelga que abarcaron a por lo menos siete millones de trabajadores a la vez, muchos de ellos participantes de huelgas de brazos caídos. Otra alza en la ola de huelgas tuvo lugar en julio de 1936.

9. La teoría del “socialfascismo”, una inspiración de Stalin, soste­nía que la socialdemocracia y el fascismo no eran adversarios sino gemelos. Como los socialdemócratas eran sólo una variedad de fascistas, y como todos, excepto los estalinistas, eran en cierta medida fascistas, no se permitía a los estalinistas comprometerse en frentes únicos contra los fascistas con cualquier otra tendencia. Ninguna teoría fue ni podría ser mas útil para Hitler en los años en que se encaminaba a la toma del poder en Alemania. Los estalinistas, finalmente, dejaron de lado la teoría en 1934, y pronto se dedicaron a cortejar no sólo a los socialdemócratas sino también a políticos capitalistas como Roosevelt y Daladier. Con esta alu­sión Trotsky refuerza la ironía sobre el hecho de que los estalinistas, cuya sectaria negativa a trabajar con otras organizaciones obreras de 1928 a 1934 se basaba en la insistencia en que todas las organizaciones no estalinistas eran “social-fascistas”, se convirtieron realmente en defensores incondicionales de la Alemania nazi duran­te la vigencia del pacto Stalin-Hitler.
10. La política del Kremlin hacia Hitler sufrió un decisivo y brusco cambio en junio de 1941 cuando los ejércitos del Tercer Reich invadieron la Unión Soviética.11. Sidney Webb (1859-1947): fue uno de los fundadores de la Sociedad Fabiana de socialistas utópicos y colaboró en los comien­zos de New Statesman. Fue secretario de colonias (1929-1931) y dominios (1929-1930). Marius Moutet: fue ministro socialista de colonias en el gobierno frentepopulista francés en 1938 y responsa­ble del encarcelamiento de Ta Thu Thau, líder de los trotskistas indochinos.
12. Vicente Lombardo Toledano (1893-1968): estalinista, fue jefe también de la CTM (Confederación Mexicana de Trabajadores, la mayor organización obrera de México). Fue un activo participante en la campaña de calumnias llevada a cabo por los estalinistas mexicanos contra Trotsky, campaña que éste estaba convencido se había lanzado para preparar a la opinión pública para el asesinato.

13. El POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) fue fundado en España en 1935, cuando los miembros de la Oposición en España rompieron con Trotsky y se unieron con el Bloque de Obreros y Campesinos (centrista). Trotsky rompió todas las rela­ciones con los mismos cuando se adhirieron al gobierno frentepopulista español.13. El POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) fue fundado en España en 1935, cuando los miembros de la Oposición en España rompieron con Trotsky y se unieron con el Bloque de Obreros y Campesinos (centrista). Trotsky rompió todas las rela­ciones con los mismos cuando se adhirieron al gobierno frentepopulista español.

14. Edouard Benes (1884-1948): se convirtió en presidente de Checoslovaquia en 1935 y renunció en octubre de 1938, cuando los alemanes ocuparon los Sudetes. Fue reelecto presidente en 1946 y lo asesinaron o se suicidó cuando el Partido Comunista se hizo cargo de Checoslovaquia en 1948.

 

 

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