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Tras treinta años de guerra, el 30 abril de 1975 las tropas del ejército norvietnamita entraban en Saigón. Concluía así la lucha heroica del pueblo vietnamita contra el imperialismo francés primero y la posterior ocupación imperialista norteamericana. Se reunificaba el país y se completaba la expropiación de los terratenientes y capitalistas. Esta victoria histórica, cuyas lecciones han estado presentes durante tres décadas en la política mundial, tuvo un prólogo muy desconocido en Occidente, que pudo haber ahorrado muchos de los sufrimientos padecidos por el pueblo vietnamita.
Las enseñanzas de la revolución en Indochina y Vietnam deben ser estudiadas con todo rigor y profundidad pues constituyen una escuela de primer orden para las nuevas generaciones de revolucionarios.
Hoy, cuando el imperialismo estadounidense está empantanado en Iraq, es vital sacar conclusiones de aquel proceso. El imperialismo sufría en Vietnam una de sus más duras derrotas porque la voluntad de resistencia de las masas desposeídas no pudo ser quebrada. Luchando por su liberación nacional, luchaban también por la liberación social, por la tierra y contra el terrateniente, por acabar con el capitalismo. Esta es la primera lección que la resistencia iraquí debería sacar para volver a derrotar al coloso. Ésa fue la clave del éxito vietnamita.

 

Primera parte
De Indochina a Vietnam

 

Indochina era una de las partes más ricas del inmenso imperio colonial francés. Su conquista había comenzado en 1859 y concluyó en 1888. Representaba un seis por ciento del territorio colonial, pero sus 24 millones englobaba a un tercio de sus habitantes. Antes de la Segunda Guerra Mundial figuraba entre los principales exportadoras mundiales de arroz
Indochina se dividía en cinco territorios. Vietnam estaba configurado por la colonia de Cochinchina al sur, la semicolonia de Tonkin al norte y el protectorado de Annam en el medio. Camboya y Laos también eran protectorados que completaban Indochina. Los annamitas (vietnamitas) constituían la mayoría de la población. La colonia era fundamentalmente campesina, si bien una incipiente clase obrera se va a ir desarrollando especialmente en el sur, la Cochinchina. En las primeras décadas del siglo XX, entre el campesinado y los sectores populares, se va desarrollar un amplio movimiento anticolonial, vinculado a la lucha por la posesión de la tierra. La insurrección más destacada fue la rebelión de Yen-Bay, encabezada por los comunistas en 1930. El poder colonial estaba compuesto por unos 8.000 funcionarios y una élite de terratenientes colaboracionistas, que aplicaron una tremenda política represiva a través de su temida policía política, la Sûreté.
Las libertades democráticas quedaban restringidas a 5.000 funcionarios y 8.000 colonos blancos. No hubo nunca ningún atisbo de apertura o autogobierno, por lo que por fuerza la oposición se mantenía en la clandestinidad. La oposición se va expresar minoritariamente en un partido nacionalista burgués, el Partido Nacional de Vietnam, y mayoritariamente en torno al Partido Comunista de Indochina.
Desde sus inicios la lucha contra la dominación colonial tuvo un marcado carácter de clase. No era extraño. Desde 1900 el imperialismo francés insertó la economía de su colonia en el mercado mundial sobre la base de la explotación brutal de los indochinos. Se apropió de gran parte de las tierras para entregárselas a los empresarios franceses para el desarrollo de minas y plantaciones. Con el objetivo de obtener mano de obra para la incipiente industria, la administración colonial multiplicó los impuestos sobre la cosecha del campesinado, forzándoles a abandonar una tierra que hasta entonces les garantizaba la subsistencia. Para garantizar el poder colonial en aldeas y pueblos se utilizó a los terratenientes autóctonos que vieron reforzado su poder a la vez que crecía la desigualdad social y el odio del campesino hacia ellos.
Esta minoría terrateniente, francesa y vietnamita, acaparaba cada vez más tierras. En los años treinta, 6.200 propietarios controlaban el 45% de los arrozales en el sur. En el norte, el 2% poseía el 40% de la tierra. Los herederos de esta clase de terratenientes se convirtieron en los funcionarios de la administración colonial.
En este contexto, la lucha por la liberación del yugo francés tenía que estar inevitablemente unida a la lucha contra la débil y corrupta burguesía vietnamita.


El comunismo indochino

 

No es de extrañar por las razones anteriormente señaladas que el Partido Comunista Indochino se desarrollase como una fuerza de masas. La revolución de 1917 iluminó a los oprimidos de todo el mundo, incluso ante una minoría de hijos de terratenientes y mandarines su efecto fue claro. En un país con un 80% de analfabetos, el acceso a las ideas revolucionarias sólo podía ser cosa de capas privilegiadas. Algunos de ellos sensibles a la pobreza de su pueblo y al desprecio racista francés giraron hacia la izquierda y abrazaron el marxismo. Tal fue el caso de Nguyen Ai Quoc, más conocido por su pseudónimo de Ho Chi Minh (aquel que ilumina). Hijo de un médico anticolonialista, emigró a Francia donde se afilió al Partido Socialista, del que pasó en 1920 al recién creado Partido Comunista Francés. Viajó a Moscú y pasó a trabajar para la Internacional Comunista (IC). Participó en la revolución china de 1925, donde organizó a los primeros cuadros del comunismo vietnamita. Tras la derrota en China pasará a la URSS y seguirá trabajando para la Internacional Comunista en Tailandia. Sus seguidores permanecieron en el sur de China y en mayo de 1929 formarían el Partido Comunista Indochino.
Sin embargo, este Partido Comunista Indochino nació lastrado por el progresivo proceso de degeneración burocrática que padeció el Estado soviético y el conjunto de la Internacional después de la muerte de Lenin. La Internacional Comunista creada como herramienta para la extensión de la revolución socialista en el mundo, lo que a su vez suponía la única garantía para el avance del socialismo en la URSS, se había ido convirtiendo en un mero instrumento de la política exterior de la burocracia estalinista. El fracaso de la revolución en occidente, especialmente en Alemania en 1918 y 1923 había agudizado el aislamiento del joven Estado obrero soviético, atenazado también por la catástrofe económica después de tres años de guerra contra la contrarrevolución y la atomización del proletariado soviético. En esas condiciones objetivas la democracia obrera fue eliminada sistemáticamente dentro del Partido Bolchevique y en el conjunto de los órganos de poder soviéticos, los sóviets. La burocracia estalinista consolido su posición después de expropiar el poder político a la clase obrera y eliminar físicamente a miles de comunistas, incluidos todos los camaradas de armas de Lenin en 1917, que se opusieron a este rumbo termidoriano. Las purgas no se limitaron a la URSS, se extendieron al conjunto de la Internacional y las secciones comunistas nacionales. En ese proceso los teóricos de la burocracia crearon un nuevo programa para justificar la defensa de sus posiciones. Con la teoría del socialismo en un solo país se abandonó la política leninista de la revolución internacional sometiendo al conjunto del movimiento comunista de todo el mundo a los intereses que la burocracia de Moscú tenía en cada momento determinado. Los múltiples errores de Stalin llevaron al desastre al comunismo chino en 1926/1927, aislando aún más a la URSS y paradójicamente fortaleciendo a la propia burocracia. El error fundamental de la burocracia estalinista en China fue abandonar todas las enseñanzas de Lenin respecto a la posición de los comunistas en la revolución colonial, y sustituirlas por el gastado programa menchevique de colaboración de clases. Desde Moscú se impuso a los comunistas chinos una alianza política con la supuesta burguesía progresista china, representada en el Kuomintang de Chiang Kai-shek. De esta manera se reproducía el viejo esquema reformista que consideraba una quimera la lucha por la revolución socialista en los países atrasados, de manera que el papel del proletariado y de sus organizaciones debería limitarse a prestar apoyo a la burguesía nacional para garantizar el desarrollo de la “democracia capitalista” posponiendo la lucha por el socialismo a un horizonte incierto. Estas tesis fueron refutadas por Lenin y Trotsky precisamente con el triunfo de la revolución socialista en octubre de 1917, pero ahora volvían a ser desempolvadas por los epígonos estalinistas.
Después de que el Partido Comunista Chino se disolviese en el Kuomintang, éste les pagó con la represión y el exterminio. Lejos de sacar conclusiones, la IC profundizó en esta política y los partidos comunistas de los países coloniales incorporaron a sus programas las alianzas con una supuesta burguesía nacional progresista como estrategia para la “liberación nacional”. Así, abandonando el programa leninista de vincular la liberación nacional a la social se abrazaba la teoría etapista de alcanzar primero la liberación nacional de la mano de la burguesía y aplazar la lucha por el socialismo.
La idea de la existencia de una clase capitalista progresista era tan equivocada en Indochina como en China. Como ya hemos explicado, salvo una pequeña minoría, el grueso de los capitalistas eran los sostenedores del orden colonial y aunque hubiesen preferido librarse de Francia, el miedo a las reivindicaciones sociales de obreros y campesinos les echaban en brazos de la metrópoli. Sin embargo ni Ho Chi Minh, ni el resto de la dirección se movería un ápice de las directrices marcadas desde Moscú.
La línea de colaboración con la burguesía no era patrimonio de los partidos comunistas en los países coloniales. También en Europa se desarrolló la estrategia del frente populismo, alianzas con partidos burgueses en nombre de la lucha contra el fascismo. En la metrópoli el frente popular llega el poder en 1936. La formación de este gobierno con participación del Partido Comunista francés animaría la lucha de clases en las colonias. Sin embargo, la alianza con la burguesía va a ser una mordaza. Al igual que en España, los socialistas y comunistas franceses aceptaron la existencia de las colonias, claves para el mantenimiento del capitalismo francés. El ministro de las colonias francesas, miembro del Partido Socialista lo señaló claramente: “el orden francés debe reinar en Indochina y en todas partes”. De hecho los sindicatos siguieron prohibidos en la colonia y dirigentes comunistas como Nguyen Van Tao se pudrían en prisión .
Esta vergonzosa traición no fue contestada por el Partido Comunista Indochino. Supeditándose a Stalin (en esos momentos aliado con el capitalismo francés e inglés) abandono las consignas “abajo el imperialismo” o “confiscación de tierras”.
La nefasta política de la IC bajo control de la burocracia estalinista y del PCI provocó el desarrollo de una importante oposición que pronto se unió a Trotsky en su lucha internacional por recuperar las genuinas ideas de Marx y Lenin. Esta oposición registró un importante crecimiento, especialmente entre la clase obrera del sur, ganando al grupo comunista organizado en torno al periódico La Lutte (La Lucha). Llegaron a ganar algunas elecciones locales y jugaron un papel crucial en la huelga general de 1938. El avance trotskista fue tan serio que Ho tuvo que llegar a acuerdos con ellos. Incluso en las elecciones al Consejo Colonial Cochinchino (organismo con escasos poderes elegido con sufragio restringido) tres candidatos trotskistas fueron elegidos con un 80% del voto, derrotando a los candidatos del Partido Comunista Indochino y de la burguesía. Especialmente carismático y querido será su dirigente Ta Thu Thau. La militancia trotskista llegará a varios miles, ganando a importantes sectores del Partido Comunista. Este proceso será cortado con el estallido de la Segunda Guerra Mundial que afectará decisivamente al futuro de Indochina.


La Segunda Guerra Mundial y la revolución de 1945

 

En 1940 el imperialismo japonés invade Indochina. Los comunistas, diezmados por la represión francesa anterior, no tenían fuerzas para oponerse a la maquinaria militar japonesa. Las tropas y funcionarios coloniales van a colaborar con Japón mientras en la Francia ocupada se instala el gobierno fascista de Petain. La represión contra el Partido Comunista Indochino y los trotskistas será implacable. Sus dirigentes irán directamente al campo de concentración de Poulo Cóndor.
Ho Chi Minh regresará a Vietnam en 1941 para reorganizar la lucha contra Japón y por la independencia. En mayo, formará la Liga por la Independencia de Vietnam (Vietminh), una organización frentepopulista, dirigida por un núcleo duro de unos 3.000 comunistas, que pretende agrupar a obreros, campesinos, capitalistas y terratenientes contra el dominio colonial.
Todo cambia en 1945. Los aliados ocupan Francia y De Gaulle, en alianza con el Partido Comunista Francés, toma el poder. La posibilidad de acabar con el capitalismo en Francia se vuelve a aplazar a consecuencia de la política frentepopulista del PCF, dictada en este caso tras los acuerdos de Stalin con EEUU y Gran Bretaña sellados en Yalta. Las autoridades coloniales francesas por su parte, establecen conversaciones secretas con el Vietminh para buscar un acuerdo que garantice la preponderancia francesa en la región, pero Japón reacciona virulentamente y el 9 de marzo de 1945 toma el control directo de la colonia tras encarcelar a las autoridades y colonos franceses.
Ante este escenario, el Vietminh se integrará en el bloque de los aliados, al lado de Estados Unidos, la URSS, China y Francia, y se desarrolla rápidamente, especialmente al norte, en Tonkin. Para estimular este proceso, Francia anuncia el 24 de marzo un nuevo estatuto para Indochina cuando sea liberada: cada uno de los países (Vietnam, Laos, Camboya) será autónomo y Francia ejercerá de árbitro. De Gaulle, miope ante el movimiento de liberación nacional que se desarrollaba, esperaba ser acogido como liberador cuando Japón fuese derrotado. Pero estas reformas llegan tarde y son insuficientes. Incluso Bao-Dai el emperador títere del protectorado de Annam, reflejando la presión popular, reclama la independencia al igual que el rey de Camboya, Sihanouk. En estos meses se va a producir un hecho terrible. El delta del río Mekong, en el sur, constituía la reserva de arroz de Vietnam. La utilización de todas las vías de transporte por parte del ejército japonés cerró la llegada de arroz al norte. De los diez millones de habitantes murió un millón durante la hambruna de 1945.
El Vietminh salió enormemente fortalecido de la lucha contra la hambruna: orientando a los campesinos contra el pago de impuestos (en 1943 suponían el equivalente a cuatro veces más de trabajo que 1935) y el asalto de almacenes, se ganaron su confianza. Así, se dotaron de una amplia base de masas. Desde entonces el Vietminh siempre iba a ser más fuerte en el norte.
La utilización de las armas atómicas en Hiroshima y Nagasaki aceleró la rendición de Japón. En Indochina se produce un vacío de poder. Los únicos con capacidad para llenarlo son los comunistas.
Como ocurrió en tantas ocasiones, la guerra trajo de la mano la revolución. Las unidades del Vietminh avanzaron hacia Hanoi y pronto, el 19 de agosto, 200.000 personas encabezadas por Ho Chi Minh toman el palacio, el ayuntamiento, los barracones de la policía..., toman el poder.
El proceso no se dio sólo en el Norte. En el Sur, especialmente en Saigón, se extienden los comités del pueblo (organismos similares a los sóviets), los campesinos toman las tierras y los obreros las fábricas. La posibilidad de avanzar hacia un genuino régimen de democracia obrera está abierta, sólo hace falta unificar los comités en un poder obrero único. En Hanoi, el 2 de septiembre, ante medio millón de personas, Ho Chi Minh proclama la independencia. Nace la República Democrática de Vietnam (RDVN).


La revolución derrotada. El lastre del estalinismo

 

Desgraciadamente, el Partido Comunista Indochino y Moscú tenían otros planes. Siguiendo sus tesis etapistas, la dirección comunista ingresa en una coalición de partidos, el Frente Nacional Unido, junto a partidos nacionalistas burgueses. El gobierno de la recién nacida república democrática de Vietnam cuenta con participación del partido derechista Quoc Dan Dang y el emperador Bao-Dai es nombrado ¡asesor político supremo!
Rápidamente la acción del gobierno se orientará a calmar la situación en el Sur. Nguyen Van Tao, dirigente del PCI lo dice alto y claro. “Aquellos que inciten a los campesinos a tomar el control serán severamente castigados... nuestro gobierno, repito, es un gobierno democrático y de clase media, a pesar de que haya comunistas ahora en el poder”.
En Saigón el movimiento desconfía, en agosto se celebran manifestaciones de masas. Los trabajadores y campesinos del sur no se fían de que haya que permanecer de brazos cruzados esperando que el Vietminh negocie la independencia con los franceses. Los trotskistas participan con pancartas que rezan: “armas para el pueblo”, “formación de comités populares”, “fábricas bajo control obrero”, “tierra para los campesinos”. Ngo Van Xuyet, dirigente trotskista, describe la situación: “de este primer despertar de las masas, que habían estado siempre ‘atadas y amordazadas’, emanaba una tensión eléctrica en medio de una calma inusual, la calma que precede a la tormenta. (...) Pero Roosevelt, Churchill y Stalin habían decidido nuestro destino en Yalta y Postdam. No iban a lanzar nuestros cuerpos y nuestras almas a un futuro en el que no había mañana. Ante la inminente llegada de las tropas británicas, y ante la amenaza del retorno del viejo régimen colonial (el general Cedile, enviado especial de la ‘nueva Francia’ ya estaba en el palacio de Saigón de gobernador general), todos decidimos buscar y conseguir armas; todos vivíamos en la misma atmósfera eléctrica” (Jonathan Neale, La otra historia de la guerra de Vietnam, pág. 37)*.
Efectivamente la clase obrera creó milicias para defender la revolución. En Saigón se formó la guardia obrera dirigida por los trotskistas. La respuesta del PCI fue clara y amenazante: “aquellos que inciten al pueblo a tomar las armas serán considerados provocadores y saboteadores, enemigos de la independencia nacional (...) nuestras libertades democráticas están garantizadas por nuestros aliados democráticos”. Pero ¿quiénes eran estos supuestos aliados democráticos? La ceguera política de la dirección del Vietminh se convierte en un obstáculo decisivo para el avance de la revolución. Pensar que Estados Unidos o Gran Bretaña iban a ayudarles en su lucha contra Francia era tanto como no entender nada.
Evidentemente, en 1945 Francia era más importante que Vietnam para Estados Unidos. De Gaulle planteó al embajador americano: “¿A dónde queréis llegar? ¿Queréis que nos convirtamos, por ejemplo, en uno de los Estados federados bajo la égida rusa? Los rusos están avanzando deprisa, como bien sabéis. Cuando caiga Alemania, estarán sobre nosotros. Si la gente de aquí se da cuenta de que estáis en contra de nosotros en Indochina, la decepción será mayúscula, y nadie sabe qué consecuencias puede tener” (Ibíd., pág. 135).
Para poner la guinda al pastel, Stalin estaba de acuerdo en que Indochina siguiera siendo francesa. Meses antes, el mundo ya había sido dividido entre la burocracia soviética y el imperialismo. Como Francia no tenía tropas ni recursos, se habían puesto de acuerdo en que tropas inglesas tomarían el sur a los japoneses y China jugaría el mismo papel en el norte de Vietnam.
La dirección del PCI, bajo la presión de Moscú, aceptó estos planes. Así pues, cuando el 12 de septiembre comenzaron a llegar las tropas británicas (en su mayoría gurkas nepalíes) bajo el mando del general Gracey, el Vietminh organizó la recepción cediendo sus locales al ejército imperialista británico con la consigna “bienvenidos los aliados”. Por cierto, un ejército enviado, no por el conservador Churchill, sino por el nuevo gobierno laborista.
En esta atmósfera de confraternización con las tropas imperialistas, los comités del pueblo aumentan sus recelos y denuncian esta colaboración. El 14 de septiembre, el jefe de la policía del Vietminh, simpatizante del Partido Comunista de Indochina reprime la reunión donde se celebraba la asamblea de comités y detiene a sus dirigentes. ¡La política de colaboración con la burguesía nacional había dado paso a la colaboración con la burguesía imperialista!
Pese a todo, Saigón se levanta contra los ocupantes. El día 22 las tropas británicas habían ocupado los edificios principales, entre ellos la cárcel, donde liberan a los franceses y declaran la ley marcial. Inmediatamente detienen al gobierno vietnamita y arrestan a sus líderes. Cínicamente el general Gracey señala: “a mi llegada, el Vietminh me dio la bienvenida, rápidamente le di una patada”. Muchos comunistas, descontentos con su dirección, se unen a los trotskistas y controlan los suburbios obreros durante varios días. Los británicos tienen que recurrir a los soldados japoneses prisioneros para sofocar la sublevación. El ambiente es tremendo: muchos soldados rasos japoneses se niegan a intervenir y se pasan a los sublevados. Las tropas británicas, mayoritariamente indios y nepalíes podrían haber sido contagiadas. Sin embargo, la dirección Vietminh negocia un alto el fuego en octubre. En un nuevo ejemplo de ceguera política, dan orden de no atacar a británicos y japoneses, sólo a los franceses. Finalmente la insurrección es aplastada, y también el sueño de independencia que apenas había durado un mes. La represión es brutal, oficialmente 2.700 muertos vietnamitas, en la realidad muchos más.
El Vietminh se retira hacia sus posiciones fuertes en el norte. También los trotskistas de La Lutte se preparan para continuar la acción militar contra los franceses. Una nueva página negra del estalinismo se va a escribir. La experiencia de Saigón convence a los líderes del PCI, hostigados por la burocracia de Moscú, de la necesidad de eliminar a la oposición trotskista. Ho Chi Minh crea las llamadas “brigadas honorables”, cuya labor será asesinar a los dirigentes trotskistas, muchos de ellos recién liberados del campo de concentración japonés de Poulo Cóndor. Entre los asesinados se encuentran Tran Van Thach y Ta Thu Thau. Éste se hallaba en el norte. Fue juzgado tres veces por los comités del pueblo. Su popularidad era tan grande que en las tres ocasiones fue liberado. El jefe del Vietminh en el sur, Tran Van Giau, da finalmente orden de asesinarle. La vileza de éstos crímenes continuó hasta años después. En 1946, Ho Chi Minh, ante las preguntas de Daniel Guerin en París, responderá cínicamente: “Thau fue un gran patriota y debemos llorarle... todos los que no sigan la línea que he trazado serán descartados”*.


De la derrota de la revolución a la guerrilla

 

Una vez que las tropas francesas restablecieron el orden colonial sobre Cochinchina, el sur de Laos, y el sur de Annam, el Vietminh se lanzó a la lucha guerrillera. En el norte, las tropas chinas mantenían una convivencia forzada con el Vietminh, a la espera de poder sustituir a Ho Chi Minh por dirigentes burgueses prochinos. En este período un nuevo giro nacionalista y hacia la derecha se produce en la dirección estalinista. El 11 de noviembre de 1945 en el órgano de expresión del Vietminh, el diario La República de Hanoi, se podía leer: “Queriendo demostrar que los comunistas, en su condición de militantes de vanguardia de la raza, son siempre capaces de sufrir los mayores sacrificios por la liberación nacional, y están dispuestos a poner los intereses de la patria por encima de los de su clase y a sacrificar los intereses de su partido para servir a los de su raza; (...) a fin de eliminar cualquier malentendido en el interior y en el exterior que pueda poner trabas a la liberación de nuestro país; el comité ejecutivo central del Partido Comunista Indochino, reunido en sesión el 11 de noviembre de 1945 ha decidido la voluntaria disolución del Partido Comunista Indochino” (Jean Lacouture, Los comunistas en el mundo asiático. En Historia General del Socialismo; de 1945 a nuestros días, Tomo 1, pág. 201).
Mientras, Francia animada por sus éxitos militares trataba de hacer algunas maniobras tramposas que consolidasen su dominio. En enero de 1946, concede la autonomía a la Camboya del rey Shihanouk y da un nuevo estatuto político a Cochinchina, la zona económica decisiva por su caucho, arroz y comercio. También, con el objetivo de volver al norte, controlado por los chinos y el Vietminh, Francia alcanza en febrero un acuerdo con la China de Chiang Kai-shek para sustituir sus tropas por soldados franceses. Increíblemente Ho Chi Minh acepta todas estas maniobras de los imperialistas galos. Harto de los abusos chinos en el norte considera que lo mejor es negociar con los franceses para librarse de ellos. El 6 de marzo de 1946 se llega al acuerdo con el general Leclerc. A cambio de la entrada de tropas francesas en el norte se reconocía la República de Vietnam como “estado libre” que formaba parte de la Federación Indochina y por supuesto de la Unión Francesa.
Sobre el destino para el nuevo estatuto de Cochinchina, Francia se comprometía a hacer un referéndum sobre su futura unidad o no con el “Estado libre”. En realidad era un triunfo diplomático francés, alejaba a los chinos del norte y aunque, no proclamada solemnemente, su autoridad se aceptaba en toda Indochina.
¿Como era posible que Ho Chi Minh y el Vietminh aceptasen semejante claudicación? La respuesta sólo podía venir de fuera de Vietnam. Efectivamente, Moscú había dado el visto bueno a las negociaciones. Fiel a sus compromisos para el reparto del mundo los partidos comunistas bajo su influencia no debían suponer ningún obstáculo en los acuerdos geoestratégicos de la burocracia estalinista. Para empezar en la propia Europa occidental. En Francia había un gobierno de concentración nacional apoyado por el PCF con ministros comunistas. Ministros que en aras de la estabilidad capitalista aceptaban el colonialismo y daban el plácet a los acuerdos que mantenían a Francia como potencia imperialista. Un informe del Partido Comunista Francés aconsejaba a los comunistas vietnamitas que se asegurasen que su lucha “cumplía con los requisitos de la política soviética” advirtiendo que aventuras prematuras “podrían no estar en la línea de las perspectivas soviéticas”. El viceprimer ministro francés y dirigente del PCF, Thorez, resaltó: “El PCF, en ninguna circunstancia deseaba que se le considerase el liquidador final de la posición francesa en Indochina y deseaba ardientemente ver la bandera francesa en todos los rincones de la Unión Francesa” (Jim Hesman, Vietnam 1945, la revolución descarrilada). Lo mismo ocurrió en Italia cuando el PCI, siguiendo directrices de Moscú, renunció a tomar el poder.
Sin embargo, a pesar de la tremenda degeneración política de sus direcciones estalinistas, estos partidos representaban a la clase obrera y este tipo de componendas contra natura estaban llamadas a romperse. En primer lugar en Vietnam, donde los acuerdos de marzo de 1946 fueron duramente contestados. Ho Chi Minh fue acusado incluso por los nacionalistas de derechas de “vender la patria a sus camaradas comunistas franceses”. En una reunión de masas en Hanoi, Ho Chi Minh tuvo que declarar: “juro que no os hemos vendido a los franceses”. A pesar de los esfuerzos de Ho, que en septiembre ratificó y desarrolló el acuerdo de marzo, este no tardó en saltar por los aires.
En 1945 y 1946 los parlamentarios del PCF votaron a favor de los presupuestos con una partida especial para las tropas en Vietnam. Además de la oposición interna en el Vietminh, un sector importante entre los franceses de Indochina veía con desconfianza los acuerdos. La burguesía colonial y local era consciente de que por muy moderados que fuesen los dirigentes del Vietminh podían ser desbordados por sus seguidores. Además, parecía evidente que de celebrarse un referéndum en Cochinchina, sería ganado mayoritariamente por los partidarios de unir todo Vietnam. Entre tensiones continuas, los franceses violaron el acuerdo después de no lograr dividir al gobierno Vietminh. En noviembre de 1946 las tropas francesas bombardearon el puerto de Haiphong asesinando a 6.000 personas según cifras oficiales. Mientras Ho Chi Minh solicita patéticamente la ayuda de las potencias aliadas y del Papa, el PCF en Francia felicita al ejército francés por los bombardeos. Tres semanas después, el 19 de diciembre, el Vietminh contraatacará en Hanoi intentando expulsar a las tropas francesas.


Siete años de guerra. Sentando las bases para la derrota francesa

 

El imperialismo francés expulsará al gobierno vietminh de Hanoi. Quedan por delante siete años de guerra de guerrillas. El Vietminh, reducido en un primer momento a un gobierno fantasma, vagando por las regiones altas y medias del país, va a ir ensanchando sus apoyos con cada vez más guerrilleros bajo su control y a partir de 1950 contando con importantes unidades de combate. En enero de ese año el ejército popular chino de Mao, tras derrotar a Chiang Kai-shek, alcanzaba la frontera con Vietnam. La guerra contra los franceses iba a cambiar de rumbo.
Hacia 1947 el ejército francés integrado por 75.000 hombres controlaba las grandes ciudades de Annam  y Tonkin. Mientras trataba de machacar a los guerrilleros, Francia buscaba un interlocutor con el que montar un gobierne títere vietnamita que combatiese a los comunistas. Socialistas y comunistas franceses recelaban de las implicaciones de esa vía y preferían volver a negociar con Ho Chi Minh. Finalmente la burguesía francesa impuso la línea dura, rechazando todos los llamados de Ho Chi Minh a negociar y consiguió en el viejo emperador de Annam, Bao-Dai, el títere que buscaba, ¡Sí, el mismo individuo que Ho había nombrado como su asesor político en 1945!
Cercados por la lógica imperialista, Ho y el Vietminh van a sacar conclusiones de la nueva situación. Se trata de resistir, continuar la guerra para desgastar al gobierno francés en el interior de la metrópoli. Tras varios meses de negociaciones entre Bao-Dai y Francia, aquel accedió finalmente a la farsa propuesta. En junio de 1948 se firmó un primer acuerdo que se cerró definitivamente en abril de 1949. Se reconocía la unidad de Cochinchina, Annam y Tonkin en un solo Vietnam. Se creaba la República de Vietnam, gobernada por el emperador Bao-Dai (sin duda una curiosa república, a cuyo frente se situó el monarca), como un Estado títere del imperialismo francés cuyo único objetivo era tratar de dotar de una base autóctona a la lucha contra el comunismo, la verdadera preocupación del imperialismo francés y norteamericano. Cuando se crea este falso Vietnam independiente la gran preocupación para las potencias occidentales se llama Mao. Shangai había caído en abril y Chiang Kai-shek se ha refugiado en Taiwán. El objetivo es evitar que el avance comunista se propague en Vietnam y que el Vietminh pueda recibir apoyo chino.
La nueva República de Vietnam, al igual que los Estados asociados de Camboya y Laos se enmarcaban dentro de la Unión francesa bajo el concepto de soberanía limitada. Todos los intentos de Bao-Dai y el ejército francés, apoyados desde junio de 1950 por Estados Unidos, de estabilizar la situación política en el país se estrellaron contra la voluntad de resistencia del pueblo vietnamita.
El gobierno de la República Democrática de Vietnam controlado por el Vietminh, fue consolidando los territorios bajo su control. Las circunstancias habían empujado a Ho hacia la izquierda. Los hechos, siempre tercos, habían demostrado lo absurdo de tener como aliados a los terratenientes y la burguesía “patriótica”. Esta no había dudado en pasarse a Francia ante el miedo al comunismo. La base de masas del Vietminh y del recién formado Lao Dang (Partido del Trabajo Vietnamita), a diferencia de épocas anteriores cuando eran mayoritarias las capas medias y los intelectuales, está cada vez más formada por campesinos sin tierra y trabajadores. El Vietminh aplicará la reforma agraria en las zonas que controla. Así, posiblemente sin ser plenamente consciente de ello, estaban sentando bases firmes para derrotar al imperialismo occidental. El partido organizaba a los campesinos sin tierra para llevar a los terratenientes ante reuniones del pueblo, humillarles y hacerles pedir perdón y por supuesto confiscarles las tierras. El poder del viejo orden en las zonas rurales se había roto definitivamente en el norte. Se había solidificado de forma definitiva la alianza entre los oprimidos, el Vietminh y Ho Chi Minh.
A principios de los 50, el gobierno de la RDVN controlaba la Alta Región de Tonkin, el Than Hoa al norte, amplias zonas en el centro del país e incluso zonas de la Cochinchina en el extremo sur. Además, el 16 de enero de 1950 recibió el reconocimiento de la China comunista y el 30 el de la URSS y los países de Europa del Este. A estas alturas el PCF también muestra su apoyo. De Gaulle, tras utilizar a los comunistas para estabilizar la nueva Francia capitalista que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, les agradeció sus servicios con una patada en el culo, expulsándoles del gobierno.

Desde 1950, el Vietminh, que hasta entonces había estado a la defensiva, va a pasar a la ofensiva contra el ejército colonial. En las zonas que controla va a conseguir, en siete años, la erradicación casi plena del analfabetismo; consigue que el 50% de las tierras cultivadas produzcan en régimen de cooperativas y se inicia un cierto proceso de industrialización. Una parte de las armas ligeras utilizadas por los guerrilleros serán producidas en sus fábricas.
A principios de 1954, el mítico general comunista Giap cuenta con 6 divisiones y 40 batallones dotados de eficaz y moderno armamento. Además, el Vietminh desarrolla una importante política hacia el exterior que le dota de la simpatía de buena parte del movimiento obrero mundial.


Dien-Bien-Phu, ganando la guerra...

 

El poder colonial francés cada vez lo tenía peor. Contaba con 120.000 soldados europeos y africanos y con unas pocas decenas de miles de soldados vietnamitas. Trataba de formar un ejército con estos últimos, pero era incapaz de resolver una pequeña contradicción. ¿Qué vietnamita iba a querer morir por los intereses franceses? El germen de un nacionalismo anticomunista, pero cada vez más antifrancés se incubaba en la propia administración de Bao-Dai. Estos sectores pronto van a mirar hacia EEUU, que a estas alturas está sufragando el 80% del esfuerzo bélico francés.
En cualquier caso, el otro quebradero de cabeza del colonialismo estaba en el interior de la metrópoli. La opinión pública francesa cada vez encontraba menos sentido a esta guerra. Cuando la propia Federación Indochina, símbolo del viejo imperio, había sido formalmente desmantelada en octubre de 1950, nadie entendía ya para qué ir a combatir a 10.000 kilómetros a defender un régimen impopular. El gobierno Bao-Dai era percibido como lo que era, un gobierno corrupto, que ni siquiera había convocado unas elecciones, y donde cualquier mínima reivindicación democrática era duramente reprimida. Los propios nacionalistas vietnamitas de derechas querían acabar con Bao-Dai, convencidos de que su gobierno era ineficaz y un obstáculo para derrotar al Vietminh.
El gobierno francés, sabedor de esta coyuntura y temeroso de que el triunfo de estos sectores llevase aparejado la pérdida de su dominio en beneficio de EEUU, comenzó a pensar en negociar una paz honrosa y quitarse de encima la patata caliente. Estos planes se aceleran desde que en 1952 su ejército va de retroceso en retroceso frente al empuje guerrillero.
De hecho ya se había visto obligado a conceder la independencia a Camboya a finales de 1953. Sin embargo, como siempre ocurre en la tradición militar de las potencias imperialistas, la clase dominante francesa pensó que una paz digna debía venir de una posición fuerte en el tablero militar. En éste, las cosas iban mal y fueron peor. Incluso en Laos había progresado el Vietminh. En algunas zonas se había implantado un régimen similar al suyo, el Pathet Lao.
Francia no quería negociar directamente con Ho Chi Min. Quería el marco de una conferencia internacional donde Moscú pudiera moderar a éste. Confiaba en que a cambio de concesiones económicas, China y la URSS convencieran a Ho para llegar a un acuerdo con Bao-Dai.
A la vez que renunciaba a un encuentro bilateral, el ejército francés organizó una operación militar con el objetivo de cerrar Laos a las tropas Vietminh. Esperaban dar una lección a las tropas del entonces ministro de Defensa de la RDVN, el general Giap. Los franceses atrincheraron 18.000 hombres en el campamento montañoso de Dien-Bien-Phu. El plan era sencillo; atraer al enemigo, derrotarlo y cortar definitivamente su expansión a Laos. Pero el gato se convirtió en ratón. Giap movió astutamente 33 batallones de infantería, 6 regimientos de artillería y uno de ingenieros. Sin darse cuenta los franceses estaban rodeados por 50.000 guerrilleros, además de otros 20.000 repartidos a lo largo de las líneas de comunicación. El 13 de marzo de 1954 comenzó el asalto. Los franceses aguantaron durante dos meses, pero el 7 de mayo se consumaba el desastre; rendición incondicional. Un testigo presencial de la batalla lo describió así: “Salían correctamente formados, hombres con la mejor disciplina de Saint-Cyr. Incluso sus botas relucían al brillo del Sol, como indican las ordenanzas. No se alteraban sus formaciones con la marcha. Las armas automáticas respondían al catálogo de última hora en el mercado. Parecía un ejército al que había de pasar revista un general recién llegado. Después, se hicieron cargo de la plaza los vencedores: eran hombres desarrapados. Casi desnudos. Sucios, por supuesto. La suciedad era su único signo de uniformidad. Hombres famélicos, con armas inconcebibles. Nadie podía imaginar que estos, y no los perfectamente disciplinados hombres de Francia, eran los vencedores” (Pablo J. de Irazazábal, USA: El síndrome de Vietnam, pág. 10).
La historia cambiaba definitivamente. Un ejército de campesinos en alpargatas derrotaba a una de las primeras potencias occidentales, representada por algunas de las brigadas más laureadas durante la segunda guerra mundial. El sacrificio heroico del pueblo vietnamita y su tenacidad en la lucha se convirtió en una fuerza imparable. 20 años después se repetirían las mismas escenas.


... Ginebra. Perdiendo la paz

 

Las negociaciones para la paz habían comenzado en Ginebra en abril de 1954. Además de Francia y los tres Estados indochinos (Laos, Camboya y Vietnam, éste con delegaciones de Bao-Dai y el Vietminh) participaron EEUU, la URSS, China y Gran Bretaña. Las noticias que llegaron de Dien-Bien-Phu aceleraron todo el proceso. El resultado de esta batalla reforzaba seriamente la posición del Vietminh en la mesa negociadora. El único punto de apoyo que le quedaba a Francia y Bao-Dai era agitar con el espectro de una intervención militar norteamericana. Los acontecimientos previos a Dien-Bien-Phu habían desatado la fiebre intervencionista en Washington. El almirante Radford, jefe de la Junta de Jefes del Estado Mayor, propuso el envío de aviones para tirar bombas atómicas contra el Vietminh. Ante la requisición de que esto podría provocar la respuesta china, el mismo almirante contestó que se haría lo mismo sobre Pekín. Fue en esas fechas cuando el secretario de Estado, John Foster Dulles, creó la llamada teoría del dominó, que el presidente Eisenhower hizo suya el 7 de abril: “Si cae Indochina, caerán Birmania, Tailandia, Malasia e Indonesia; la India será sitiada por el comunismo y amenazadas Australia, Japón, Nueva Zelanda, Filipinas y Formosa (Taiwán)”. Nixon, su vicepresidente, le ratificó: “si los franceses se retiran de Indochina, EEUU se verá obligado a enviar tropas” (Íbid., pág. 8).
China y la URSS no querían más problemas con el imperialismo norteamericano. La antileninista teoría de la “coexistencia pacífica” empezaba a perfilarse. Era la enésima teorización para justificar el abandono de la extensión de la revolución socialista y se podría resumir como “tú no te metas en mi casa y yo no me meteré en la tuya”. EEUU, la URSS y China acababan de llegar a un acuerdo para la partición de Corea tras tres años de guerra y no querían que el asunto vietnamita lo entorpeciera. Así pues, presionaron al Vietminh para que llegase a un acuerdo con Francia.
Como ocurrió en 1945, la política de los dirigentes estalinistas chinos y soviéticos estaba induciendo al Vietminh a perder una oportunidad histórica. Tras Dien-Bien-Phu era el momento de pasar a la ofensiva y alcanzar la independencia a través de la liquidación del capitalismo en todo Vietnam estableciendo el poder de los obreros y campesinos. Francia estaba en crisis, el desastre militar había provocado la caída del gobierno Laniel y elecciones anticipadas. En la colonia la desmoralización aumentaba. El Vietminh contaba con 60.000 activistas en el Sur. En realidad, ya nadie ponía en duda que Vietnam sería independiente, el debate era si sería o no comunista. El propio Eisenhower reconocería más tarde “jamás he hablado ni me he carteado con nadie con un mínimo de conocimiento de los temas indochinos que no creyera que si las elecciones se hubieran celebrado durante los combates, posiblemente el 80% de la población hubiera votado a Ho Chi Minh” (Jonathan Neale, Op. Cit., pág. 43).
Finalmente, el 21 de julio se acordó el cese de las hostilidades en todos los frentes: las fuerzas de la RDVN evacuarían Laos y Camboya y en Vietnam las tropas de la RDVN y de la Unión Francesa se reagruparían a ambos lados del paralelo 17. En el plano político se proclamaba por primera vez a escala internacional la unidad e independencia de Vietnam. El paralelo 17 no se constituía formalmente como frontera, aunque el mando de la zona norte quedaba en manos de la RDVN y el de la zona sur en manos de la Unión Francesa. Ambas zonas harían consultas a partir de 1955 para que antes de julio de 1956 hubiese elecciones generales de las que saliera un gobierno para todo Vietnam. EEUU no se adhirió a estos acuerdos si bien señaló cínicamente que no los entorpecería.
Posteriormente se supo que el 29 de septiembre, Francia y EEUU firmaron en Washington un acuerdo secreto por el que se comprometían a apoyar un gobierno fuerte anticomunista en el Sur. En la práctica dos cosas quedaban claras pese a lo firmado: una era la definitiva salida de Francia de Vietnam; la otra, la división fraudulenta de Vietnam en dos países distintos para mantener la influencia imperialista. Una estrategia que los imperialistas franceses y británicos habían adoptado recurrentemente en Asia Central, China, Oriente Medio y África ante el avance de la lucha de liberación nacional en sus colonias.
En octubre de 1954, tras siete años de lucha en la selva, el gobierno de Ho Chi Minh volvía a instalarse en Hanoi. La dirección estalinista del Vietminh, a pesar de los errores ya analizados, había ganado la guerra, pero sin embargo había perdido la paz. Después de nueve años de guerra y un millón de muertos se volvía casi al punto de partida de 1945. El imperialismo seguía presente, el sufrimiento del pueblo vietnamita no había terminado. Es cierto que los franceses habían sido expulsados, pero como había señalado el presidente Nixon, era la hora de los norteamericanos.


Segunda parte
EEUU humillado. Una derrota para la historia

 

La política imperialista dividió el cuerpo vivo de Vietnam. Estaban naciendo dos países irreconciliables, al sur del paralelo 17 una dictadura capitalista baluarte de los intereses imperialistas en la zona. Al norte, un régimen que había roto con el capitalismo, con una economía planificada, que a pesar de haberse creado a imagen y semejanza de los regímenes burocráticos imperantes en la URSS y China, se había ganado el derecho de ser un referente para los trabajadores y campesinos del sur y del conjunto de la zona. Esta contradicción entre los dos sistemas, difícilmente soluble, tardaría veinte años en ser definitivamente resuelta.


El nuevo gobierno Diem

 

Tras los acuerdos de Ginebra, conforme a lo previsto, el ejército Vietminh se retiró de Camboya y en Vietnam y Laos cada parte se reagrupó en las zonas asignadas.
En el Sur, Bao-Dai era un títere quemado. La inutilidad y corrupción de su gobierno le había enfrentado con su propia base social. El influjo francés también estaba finiquitado. Un sector de la burguesía y terratenientes consideraban Ginebra una claudicación ante los comunistas y confiaban sólo en los EEUU para volver a poner las cosas en su sitio. Por otra parte los imperialistas de EEUU buscaban un hombre de su entera confianza para manejar el país, y lo encontraron en la figura del primer ministro Diem. En octubre Washington decidió concederle ayuda directa, pasando por encima de Francia.
El ejército survietnamita, amenazado con el corte de créditos si no apoyaba a Diem, decidió abandonar a Bao-Dai y la línea profrancesa. Finalmente la propia Francia enfrentada a la insurrección argelina decidió retirar las tropas que le quedaban en el Sur. De esta manera, los norteamericanos se hacían con el control total del Sur. Francia y Bao-Dai no eran eficaces en la lucha anticomunista. La lucha la debían protagonizar ellos y el Sudeste Asiático les pertenecía: en septiembre de 1954 los norteamericanos impulsan la creación de la Organización del Tratado del Sudeste Asiático, un equivalente regional de la OTAN, al que se adhirieron Australia, Nueva Zelanda, Tailandia, Filipinas y Pakistán, cuyo objetivo era apuntalar la dominación capitalista amenazada por el avance de la revolución.
El supuestamente nacionalista antifrancés Diem se convirtió rápidamente en un títere de la gran superpotencia. Este hecho ponía en evidencia una vez más que no hay liberación nacional real sobre bases capitalistas. La burguesía nacional de los países ex coloniales es una clase débil y dependiente, totalmente subordinada al imperialismo. Plantear cualquier alianza política con ellos es una postura antimarxista condenada de antemano al fracaso.
Apoyado por los americanos, Diem consolidó su poder. Se hizo una base social entre los empresarios urbanos (mayoritariamente chinos) y, sobre todo, los 900.000 refugiados que procedentes del Norte habían llegado al Sur tras los acuerdos de Ginebra. En su mayoría eran católicos como Diem, gentes que habían colaborado con la administración colonial.
En octubre de 1955 Diem organizó un referéndum de dudosa limpieza para expulsar al emperador Bao-Dai. El 26 de octubre se proclamaba la nueva república que inmediatamente fue reconocida por Washington, París y Londres. Animado por esto convocó elecciones a una Asamblea Nacional que ganó sin mucha oposición y con evidente manipulación. La primera decisión de dicha Asamblea fue repudiar los acuerdos de Ginebra sobre elecciones libres que debían realizarse en julio de 1956 en las dos zonas de Vietnam. Evidentemente sabían que esas elecciones las ganaría Ho Chi Minh.


Vietnam del Norte

 

En el Norte, la aceleración de la reforma agraria en 1955 fue un fracaso. Inspirada en el modelo chino, se trató de incrementar la colectivización de la tierra, pero la falta de medios y recursos llevó a abusos sobre muchos campesinos que se sublevaron en Nghe Thim, la provincia revolucionaria por excelencia. Pudieron contarse millares de víctimas, muchas de las cuales habían participado 25 años antes en los sóviets rurales. Ho Chi Minh cambió el rumbo, se dejó a un lado la colectivización acelerada que, sin los medios adecuados, le enajenaba el apoyo de muchos campesinos y la economía norvietnamita empezó a desarrollarse. Pero esta crisis en el Norte sirvió para animar al régimen survietnamita que en este momento se permitía hablar de que iba a liberar el norte de la dictadura comunista. Concentrado en sus problemas internos, el Vietminh sí cumplió con Ginebra. De los 60.000 activistas políticos que tenían en el Sur, 45.000 fueron trasladados al Norte. De los 100.000 soldados, todos menos 10.000 regresaron, llevándose el armamento más moderno. Esos 10.000 se escondieron en la selva. “Estas unidades vivían en la selva profunda, escondiéndose de la gente como si fueran tigres. (...) No tenían ni bases ni campamentos (...) se trasladaban continuamente, evitando el contacto con todo el mundo” (Jonathan Neale, Op. Cit., pág. 45).
Realmente los dirigentes del Norte nunca pensaron que se llegarían a celebrar elecciones tal como establecía el acuerdo de Ginebra. Si lo hubieran creído no hubieran retirado a sus militares. Un desertor dijo a sus interrogadores “tenían la certeza de que las elecciones nunca se celebrarían, pero este tema nunca se discutía en los niveles más bajos para no diezmar la moral y para no contradecir las afirmaciones públicas del Partido de que los Acuerdos de Ginebra habían supuesto una gran victoria para el Partido” (Ibíd., pág. 45).
En el fondo, dejar las cosas como estaban entraba en la lógica de la coexistencia pacífica que ya Jrushchov empezaba a teorizar.
Sin embargo una cosa eran los acuerdos y estrategias por arriba y otra muy distinta lo que acontecía sobre el terreno. El gobierno del Sur era una dictadura policial y Diem tenía sus razones para actuar brutalmente. La guerra estaba muy reciente, y dejar actuar a los comunistas en el Sur, con un referente estabilizado en el Norte, era un riesgo que el imperialismo y sus cipayos no podían correr. Si Diem no acababa con ellos hubiesen avanzado hasta hacer peligrar su régimen.


Represión capitalista y respuesta popular

 

Como en toda dictadura que se precie, en las elecciones de marzo de 1956 sólo se podían presentar partidos anticomunistas. Aún así seis parlamentarios de izquierdas fueron elegidos. Uno se titulaba representante de la oposición. Tomó posesión de su escaño pero rápidamente fue encarcelado. Los americanos confiaban que con su ayuda económica, reorganizando un fuerte ejército y una poderosa policía podrían estabilizar a Diem como a Syngman Rhee en Corea del Sur.
Sin embargo algo fallaba en la ecuación. Los campesinos y trabajadores survietnamitas odiaban al nuevo régimen. No habían combatido siete años contra los franceses para que el viejo dominio de los terratenientes volviese. Durante la guerra en las zonas del Sur controladas por el Vietminh si bien no se había procedido a una reforma agraria integral, sí se habían suavizado los impuestos y de las tierras comunales se habían alquilado muchas más hectáreas a los campesinos pobres que a los terratenientes.
Con el gobierno de Diem se volvió a la vieja explotación. Es verdad que los asesores americanos le recomendaron realizar una reforma agraria para aliviar la tensión social, una estrategia aplicada con cierto éxito en Japón, Corea y Filipinas. Sin embargo en Vietnam del Sur los vietnamitas que apoyaban al gobierno basaban su riqueza en la tierra. La burguesía industrial solía ser francesa o china y en todo caso la de base vietnamita era al mismo tiempo terrateniente y no estaba dispuesta a perder sus tierras. Hubo siete planes de reforma agraria y todos fueron una farsa. Los propios servicios de información americanos lo reconocían: “Diem, en vez de redistribuir la tierra a los pobres ha revertido a favor de los terratenientes. El 15% de la población posee un 75% del suelo”. Además, el trigo en pocos años perdió un 30% de su valor.
La represión anticomunista se hizo asfixiante. Todos aquellos que se movilizaron exigiendo las elecciones previstas en Ginebra fueron encarcelados. Se calcula en unos 100.000 los detenidos y en unos 12.000 los ejecutados. Por ejemplo en la provincia de Tay Ninh el 90% de las células comunistas habían sido aniquiladas para finales de 1956.
Los comunistas de los pueblos del sur empezaron a presionar a sus dirigentes para reanudar la lucha, pero la respuesta era siempre negativa. La línea estratégica general venía marcada por la coexistencia pacífica. Pero Diem les ofrecía cárcel y muerte, no pacifismo. La paciencia se estaba acabando, también la sumisión a la línea oficial de Hanoi.
Ho Chi Minh intentó repetidas veces que la situación no estallase, y en 1958 ofreció por dos veces conversaciones a Saigón para normalizar relaciones entre los dos Estados.
Finalmente la situación se hizo insostenible en el Sur. Le Van Chan, cuadro comunista del Sur describe muy bien cual era el panorama: “...a finales de 1959, cuando si no tenías una pistola no podías mantener la cabeza sobre los hombros (...) los miembros del Partido no podían encontrar resguardo y seguridad en ningún lugar. Casi todos fueron encarcelados o asesinados (...) los comités de algunos pueblos, que habían tenido entre 400 y 500 miembros durante la resistencia antifrancesa y 100 o 200 en 1954, se quedaron con 10, e incluso esos 10 tuvieron que irse a la selva para sobrevivir. Ante tal actividad del gobierno Diem, la demanda de actividad armada por parte de los miembros del Partido crecía cada día (...) los miembros del Partido sentían que ya no era posible hablar de lucha política mientras se enfrentaban a las balas del gobierno. Y sin embargo, a pesar de la amargura que había en el partido y de la rabia hacia el Comité Central, el Comité Regional, el Comité de Zona y el Comité Local, los miembros del Partido no fueron capaces de romper con la organización que los estaba asesinando. (...) No obstante, algunos individuos (jóvenes que se acababan de alistar) se enfadaron tanto que cogieron las armas que el Partido había escondido y salieron de la selva para matar a los funcionarios que les estaban haciendo la vida imposible a ellos o a sus familias (...) Algunos de esos individuos sentían tanta rabia que se dejaban capturar sólo para mostrarle al partido su resentimiento” (Ibíd., pág. 50).
La presión hacia el partido en el Norte cada vez va a ser mayor. El asesinato de los agentes gubernamentales de Diem fue aumentando mes a mes, como señala el mismo Van Chan: “El Comité Central seguía defendiendo la lucha política. Si la hubieran mantenido ¿dónde hubieran encontrado los cuadros para llevarla adelante?”.


Al fin, el cambio de estrategia

 

Desde marzo de 1958 los antiguos guerrilleros que no se habían trasladado al Norte después de Ginebra empezaron a reagruparse y organizar algunos núcleos de combate.
El III Congreso del Lao Dong (Partido del Trabajo) se reunió en Hanoi en septiembre de 1959. Le Duan, uno de sus dirigentes, había estado de gira por el Sur. A su regreso solicitó al Congreso ayuda para los guerrilleros de Cochinchina. El Congreso se clausuró con la decisión de hacer de la “liberación del Sur” una tarea tan importante como la “construcción del socialismo en el Norte”. Le Duan, el abogado defensor de los guerrilleros del Sur, fue elegido Secretario General. Con seis años de retraso, el cambio de estrategia estaba decidido.
Durante las celebraciones del año nuevo vietnamita en enero de 1960, los guerrilleros lanzaron una ofensiva en toda regla para aniquilar a la policía secreta y a los jefes locales. En el delta del Mekong, en la provincia de Ben Tre, se organizó un genuino levantamiento popular a modo de prueba. El historiador Gabriel Koldo señala: “Masas prácticamente desarmadas tomaron en poco tiempo gran parte de la provincia; la tierra fue distribuida durante la revuelta. La fórmula funcionó en todas partes, y pronto dio al Partido una amplia presencia y poder a pesar de la capacidad del ARVN (el ejército de la República de Diem) de recuperar rápidamente los edificios públicos. En pocos meses el poder cambió de manos en Vietnam”.
El ejemplo de Ben Tre se extendió como la pólvora. El campesino pobre volvía a tener un referente en quien confiar. La fase definitiva de la guerra por la liberación nacional y social había comenzado.
La preocupación aumentaba en Saigón y Washington. La efervescencia política crecía en el Sur. Un sector de la burguesía pidió la liberalización y democratización del régimen: se daban cuenta de que la represión radicalizaba la insurrección. El 11 de noviembre de 1960, una semana después de la elección de Kennedy, estos sectores organizaron un golpe de estado fallido. Diem empezaba a ser una pieza molesta y prescindible para el imperialismo norteamericano.
Además de la inestabilidad en Vietnam del Sur, en Laos se complicaba la situación. Desde Ginebra gobernaba en el país una coalición de la derecha con el ejército del Vietminh en aquel país, el Pathet Lao (Frente Patriótico). La derecha tomó el poder y quiso liquidar al Pathet. Estos reanudaron la lucha armada. Un nuevo foco de preocupación para Washington. Tras golpes y contragolpes, la guerra civil era un hecho en Laos.
El 20 de diciembre de 1960 en la selva de V. Minh, extremo sur de la zona sur, se creó el Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur (FNL). Su programa abogaba por sustituir a Diem por un régimen democrático que llevase una política de independencia y no alineamiento y que tendiese a reunificar la patria. Un programa moderado que no contemplaba el socialismo. Una semana después Ho Chi Minh daba la orden de crear una vía a través de cordilleras y selvas para abastecer al Sur. El Vietminh pasa a llamarse VietCong, ya que Cong tenía un significado ambiguo, se utilizaba para hablar tanto de comunidad, en general, como de comunismo en particular.
A pesar de su programa moderado y etapista, que parecía un calco del de Ho en los años 40, la realidad obligaba al FNL a aplicar una política revolucionaria en las zonas que controlaba. La fusión de la lucha por la unidad nacional con la lucha anticapitalista se convertiría en una fuerza que nadie podría detener.
Un analista del gobierno de EEUU, Douglas Pike, en su libro VietCong, señalaba lo siguiente: “En los 2.561 pueblos de Vietnam del Sur, el Frente Nacional de Liberación creó una multitud de organizaciones sociopolíticas de nivel nacional en un país donde las organizaciones de masas eran casi inexistentes. Aparte del FNL, nunca había existido un partido político de masas en Vietnam del Sur (...) Lo que más me llamó la atención del FNL fue su sentido integral: primero como revolución social, y luego como guerra. El objetivo de este vasto esfuerzo de organización era reestructurar el orden social de las aldeas e instruirlas para controlarse a sí mismas” (citado en Howard Zinn, La otra historia de los EEUU, pág. 425).
En los tres primeros meses de 1961, Kennedy mandó hacer un examen del régimen de Diem. Lo que el informe señalaba era muy significativo: en 1960 los comunistas habían destruido 284 puentes, 4.000 oficiales survietnamitas habían muerto en combate, los terroristas (curiosa coincidencia con el lenguaje de nuestros días cuando se habla de la resistencia iraquí) atacaban Saigón con impunidad, era imposible reclutar nuevos soldados; los funcionarios de Diem habían encarcelado en un solo pueblo a 1.500 personas, de las cuales 1.200 no presentaban evidencia de delito alguno. Las fuerzas del Vietcong en Vietnam del Sur se habían duplicado y alcanzaban ya los 9.000 hombres de plena dedicación guerrillera. El control comunista sobre el delta del Mekong era absoluto.


Kennedy, la implicación militar norteamericana

 

Con Kennedy recién elegido presidente de los EEUU (20 de enero de 1961), en la primavera el Vietcong lanzó una nueva ofensiva. Kennedy temía implicarse más en Vietnam sin haber estabilizado antes Laos. Sin embargo, su estrepitoso fracaso en la invasión de Cuba, con la derrota a manos del pueblo cubano en Bahía Cochinos, le convenció: ya no se podía retroceder en ninguna parte del mundo.
Kennedy envió a Vietnam a su vicepresidente Lyndon B. Johnson para cerciorarse de la situación. El informe que éste redactó a su vuelta era claro: enviar más ayuda militar, dar un lavado de cara al régimen de Diem, cada día más impopular, y realizar una reforma agraria que minara el apoyo campesino al Vietcong.
En junio Kennedy y Jrushchov llegaron a un acuerdo sobre Laos por el que se constituyó un nuevo gobierno de Unidad Nacional.
Pero la situación en Vietnam tenía su propia dinámica. Los consejos americanos sentaron mal a Diem y el periódico gubernamental Dan Viet se despachaba sin miramientos: “La democracia de los EEUU nos arrojará en manos del comunismo. No puedo delegar funciones por la sencilla razón de que no confío en nadie”. Diem empezaba a sentar las bases de su fin.
En cualquier caso Kennedy empezó a enviar cada vez más militares. Ya en mayo de 1961 mandó 400 miembros de las fuerzas especiales, violando claramente los acuerdos de Ginebra. En enero de 1962 ya eran 2.646 militares y 11.300 a finales de ese mismo año. Sorprendentemente, hoy algunos repiten el mito de que Kennedy estaba tratando de salir de Vietnam y por eso lo asesinaron. Ningún dato objetivo corrobora dicha tesis, más bien al contrario. Con él se inició la presencia militar masiva estadounidense, si bien siempre engañó a su pueblo, ocultando estos envíos y camuflándolos como consejeros o asesores.
A pesar de los apoyos americanos, el Vietcong aumentaba su influencia. En 1962 los efectivos del FNL se calculaban entre 250.000 y 300.000. Diem trató de aislar las fuerzas guerrilleras de la población campesina, lanzando la llamada guerra especial. Se idearon aldeas estratégicas donde concentrar a la población, unas 700 con cerca de 8 millones de habitantes, donde los campesinos acabaron sintiéndose prisioneros en su propio pueblo. Nada se logró, salvo deteriorar aún más la imagen de Diem que en abril de 1961 había vuelto a arrasar en unas elecciones a todas luces fraudulentas. La histórica ruta de aprovisionamiento del Norte al Sur aprobada por Ho y que llevaría su nombre, ruta Ho Chi Minh, estaba dando sus frutos.
Incluso en este momento la dirección del FNL seguía manteniendo un programa etapista y moderado. Aprovechando los acuerdos sobre Laos, plantearon una solución similar para Vietnam, es decir un gobierno de Unidad Nacional, entre la derecha y ellos. Nadie atendió esta propuesta. La burguesía sabía, quizá mejor que la propia dirección del FNL, que sus bases estaban luchando contra el capitalismo. Un gobierno de ese tipo no hubiese podido frenarles, así que ¿para qué darles cancha en el gobierno con el riesgo de facilitarles la tarea? La única salvación para la oligarquía vietnamita y los imperialistas era aplastarles.
Así pues, la intervención militar norteamericana fue en aumento: en 1963 eran ya 23.300 los “consejeros” norteamericanos desplazados en Vietnam. El presidente Kennedy ahora presentado como poco menos que pacifista lo tenía muy claro tan pronto como en 1956: “Vietnam representa la piedra angular del mundo libre en el Sureste Asiático. Es nuestra prole. No podemos abandonarlo, no podemos ignorar sus necesidades” (Discurso ante el Senado).


La caída de Diem

 

El rechazo a Diem iba en aumento. En febrero de 1962 se había producido otra intentona golpista fracasada contra él. En mayo los budistas se manifestaron contra el dominio católico en el gobierno y la represión a su culto. El 11 de junio un bonzo de más de 70 años se abrasó vivo en una calle de Saigón. Las imágenes conmocionaron a medio mundo. Varios siguieron su ejemplo en los siguientes meses. Como consecuencia los militares budistas serían a partir de ese momento un riesgo para el presidente. Mientras, en la Embajada norteamericana cundía el nerviosismo, entendían que estos enfrentamientos sólo beneficiaban a los comunistas.
El nuevo embajador de EEUU lo tenía claro: Diem era un obstáculo para derrotar al comunismo y había que deshacerse de él. Además, como ocurriera en ocasiones anteriores, el antiguo títere del imperialismo, harto de la ingerencia y chulería americana, desarrolló algunos puntos de vista independientes y se enfrentó a la llegada de más tropas norteamericanas. Diem quería dinero y armas, no soldados. En su desafío a los norteamericanos, llegó a enviar a su hermano Nhu para contactar con Hanoi y sondear la posibilidad de abrir negociaciones para una posible unificación del país.
Finalmente el embajador norteamericano organizó un golpe de Estado el 1 de noviembre de 1963. Diem y su hermano huyeron pero un pelotón de soldados los reconoció y los ametralló.
Las discrepancias en el corazón del imperialismo también se pusieron de manifiesto tras la caída de Diem. El Pentágono no había visto con buenos ojos el golpe cocido entre la camarilla de Kennedy y la CIA. El general Harkins, en Saigón, habló claro: “en resumidas cuentas, para bien o para mal hemos apoyado a Diem durante ocho años largos y duros. Me parece incongruente derribarlo ahora, patearlo y deshacernos de él”. A finales de ese mes, Kennedy fue asesinado y Johnson es nombrado presidente. La situación se complicaba aún más.
El general que sucedió a Diem al frente del país, Duong Van Minh, estaba muy vinculado a los budistas y se orientó hacia la formación de un gobierno que abriera negociaciones con el Norte. Pero estos planes contaban con el rechazo del Pentágono, que en esta ocasión interviene con rapidez para organizar un nuevo golpe de Estado el 30 de enero de 1964 y sustituir a Van Minh por el general Khanh.
Sin embargo la historia volverá a repetirse. El apoyo al Vietcong no hace más que crecer, y el propio general Khanh llega a la conclusión de que la única salida viable es un gobierno de Unidad Nacional con el FNL. Se produce un intercambio de mensajes y en uno de ellos Huynh Tan Phat, miembro del Comité Central del FNL responde de manera significativa: “Apruebo de corazón tu resuelta declaración en contra de la intervención americana y te felicito por haberla hecho. Has afirmado muy claramente que EEUU debe dejar que los survietnamitas solucionen los problemas de Vietnam del Sur. En tu reciente conferencia de prensa tu actitud fue igual de clara (...) El camino que has decidido es difícil (...) en la consecución de este objetivo, puedes estar seguro de que cuentas también con nuestro apoyo. Enero 1965” (Jonathan Neale, Op. Cit., pág. 75).
Los americanos al tener conocimiento de esta correspondencia orquestaron un mes después otro golpe que tumbó a Khanh. Con la sabiduría de analizar las cosas una vez sucedidas, algunos comentaristas “democráticos” han señalado el error que supuso que EEUU no apostase por la vía de un acuerdo. En realidad no existe tal error. Un gobierno de unidad nacional, por mucho que Hanoi, Moscú, Pekín y la dirección del FNL se hubiera empeñado, hubiese sufrido las presiones de los trabajadores y los campesinos que vinculaban, correctamente, la unidad de Vietnam a mejorar sus niveles de vida. Un gobierno así hubiese tenido que ir a elecciones que sin lugar a dudas hubiesen ganado los comunistas. Un gobierno así habría tenido que atender las demandas de sus bases y se hubiera visto obligado a romper con el capitalismo. Llegados a este punto, los EEUU estaban en un callejón con sólo dos salidas posibles: aplastar el peligro comunista o perder la guerra, no había término medio posible, menos aún teniendo en cuenta el contexto internacional y en particular en el Sureste Asiático. Al hecho de que un régimen como el cubano se había consolidado a escasos kilómetros de Florida, se sumaba que, en el Sudeste Asiático, Washington veía peligrar Indonesia. Baste recordar que a finales de 1965 un golpe orquestado por la CIA aniquiló al Partido Comunista de Indonesia. La CIA calculó entre 250.000 y 500.000 los comunistas indonesios asesinados. Como dijo Einsenhower: “¿Qué creéis que provocó el derrocamiento del presidente Sukarno en Indonesia? (...) Bien os puedo decir una cosa: la presencia de 450.000 soldados de EEUU en Vietnam del Sur (...) tuvo muchísimo que ver con ello” (Ibíd., pág 83).


Hacia la guerra total. Incidente en el golfo de Tonkin

 

En todo caso el derrocamiento de Khan ocurría en junio de 1965 y ya un año antes, los EEUU habían optado decididamente por involucrarse totalmente con el objetivo de derrotar por las armas a Hanoi.
El Secretario de Defensa, McNamara, había volado a Vietnam en diciembre de 1963 y a su regreso su informe no dejaba lugar a la duda: “Los progresos realizados por el Vietcong han sido grandes durante el tiempo trascurridos desde el golpe de estado (se refiere al que derrocó a Diem en noviembre de 1963), y me atrevo a afirmar que, desde junio, la situación ha ido en realidad empeorando en las zonas rurales en un grado mucho mayor del que suponemos, pues, por desgracia, dependemos exclusivamente de informes vietnamitas muy distorsionados...La situación es muy inquietante. Si no pueden modificarse las tendencias actuales, dentro de los dos o tres meses próximos la situación desembocará, en el mejor de los casos, en una neutralización, y, más probablemente, en un Estado dominado por los comunistas” (Pablo J. de Irazazábal, pág. 26).
Esta información acabó por decidir el siguiente paso en la guerra, el ataque directo a Vietnam del Norte. Desde el 1 de febrero de 1964 comenzaron las operaciones encubiertas en Vietnam del Norte, bajo el nombre operación Plan 34-A, igualmente ocultadas al pueblo americano. El punto de inflexión se produjo en los cuatro primeros días de agosto, en plena campaña electoral norteamericana. Johnson y McNamara informaron a la opinión pública que se había producido un ataque de torpederos norvietnamitas contra destructores americanos: “mientras estaban llevando a cabo una misión rutinaria en aguas internacionales, el destructor estadounidense Maddox sufrió un ataque no provocado”.
Posteriormente quedó demostrado que el gobierno había mentido. Si es que en algún momento se llegó a producir dicho ataque lo que era evidente es que el destructor no estaba haciendo una misión rutinaria, sino que su actuación se enmarcaba dentro de la operación Plan 34-A, en concreto de espionaje electrónico no en aguas internacionales sino en aguas norvietnamitas.
Era la excusa necesitada ante la opinión pública americana para justificar una implicación masiva. Mentiras, mentiras y más mentiras, nada nuevo en la historia de las guerras, exactamente igual que la excusa de las armas de destrucción masiva en Iraq, esgrimida por el Sr. Bush para justificar la intervención imperialista contra Iraq.
Una resolución, preparada meses antes, fue aprobada casi unánimemente en la cámara. Daba a Johnson el poder para tomar las medidas militares que considerase convenientes. Ni siquiera hubo una declaración de guerra como exigía la Constitución. Las medidas tomadas por Johnson no dejaban lugar a la duda: bombardeos masivos sobre Vietnam del Norte y envío progresivo de soldados a Vietnam del Sur, hasta llegar al punto álgido en febrero de 1969 de 543.054 hombres.


El horror

 

A pesar de que en campaña Johnson se había mostrado contrario al envío de tropas, tras el incidente de Tonkin organizado desde el Pentágono y su victoria electoral el 2 de noviembre de 1964 cambió de opinión.
Los bombardeos sobre Vietnam del Norte comenzaron en marzo de 1965, y se extendieron a Vietnam del Sur, Laos y Camboya hasta el final de la guerra. La operación Trueno Rodante se puso en marcha el día 3. Los temibles B-52 empezaron a descargar su mortífera carga sobre todo en Vietnam del Norte. La estrategia militar norteamericana era clara: frenar la guerra en el Sur destrozando el Norte, poner de rodillas al régimen de Hanoi para que este frenase al FNL.
Los generales americanos estaban convencidos que sería cosa de unas pocas semanas, pero nada más lejos de la realidad: en los tres primeros años serán arrojadas sobre Vietnam del Norte 634.000 toneladas de bombas, más que las caídas en Europa durante toda la Segunda Guerra Mundial. Durante los ocho años de intervención norteamericana se lanzaron más de ocho millones de toneladas con una fuerza explosiva 640 veces superior a la bomba atómica de Hiroshima. Con la misma cínica tranquilidad que en nuestros días, los imperialistas norteamericanos aseguraban que sólo bombardeaban objetivos militares, industrias e infraestructuras. La realidad por supuesto fue muy distinta.
Los norvietnamitas no se rindieron en las tres semanas previstas. Recibieron ayuda militar china y soviética y cavaron una inmensa red de refugios donde reconstruir parte de la industria, así que los objetivos de los bombardeos pasaron a ser todo bicho viviente. Se trataba, como recientemente en Yugoslavia, de sembrar el terror y la desmoralización entre la población civil para romper su capacidad de resistencia y que presionasen a sus dirigentes. Evidentemente nada de eso ocurrió. El asesinato indiscriminado de miles de civiles tuvo el efecto contrario, unir a la población en la lucha contra el agresor imperialista. Muchos son los testimonios que dan fe de la brutalidad de los ataques aéreos. La práctica normal era la siguiente: vuelo de reconocimiento, bombas y ametrallamiento desde el aire por si quedaba alguien vivo. En el Norte los bombardeos no respetaron ni hospitales, ni escuelas ni iglesias. En 1967, habían sido destruidas 391 escuelas, 95 instituciones sanitarias, 8 iglesias y 30 pagodas. Al fin y al cabo con la cantidad de bombas lanzadas, los objetivos militares fueron destruidos enseguida.
La resistencia a los bombardeos tuvo un calado popular. Además de las defensas antiaéreas suministradas por Moscú, toda la población se implicó. Un piloto de un bombardero F-105 describía la situación: “Si bajaba, me iba a enfrentar al intenso fuego de las pequeñas armas, de las automáticas y hasta de los revólveres; y ni se te ocurra pensar que un revólver no puede tumbar a un gran pájaro si se le da en el lugar adecuado. Cuando suena la trompeta y miles de personas se tumban sobre sus espaldas y disparan sus armas personales de bajo calibre hacia el aire, pobre del que tenga la mala fortuna de pasar por ahí” (Jonathan Neale, Op. Cit., pág. 90). Un informe de la CIA señaló que la operación Trueno Rodante fue la más ruinosa de la historia. De hecho, EEUU perdió durante toda la guerra 3.719 aviones y 4.869 helicópteros, de ellos 4.320 sólo en el delta del Mekong.
Cuando toda la brutalidad convencional no fue suficiente se generalizó el uso de napalm, Agente Naranja y otros herbicidas y defoliantes para destruir los refugios guerrilleros en el Sur. También las bombas de fragmentación. Se devastó un tercio del total de bosques y selvas del país. También 32.000 soldados norteamericanos fueron infectados y muchos de ellos acabaron demandando a su ejército ante los tribunales.


La implicación masiva

 

A mediados de 1965 parecía claro que Vietnam del Norte no se iba a rendir. Como hemos visto, EEUU organizó un golpe contra el general Khann por el temor a que negociase por su cuenta. Tras este golpe sus sustitutos fueron lo más degenerado de las élites vietnamitas. El general Nguyen Van Thieu se proclamó presidente y el mariscal Nguyen Cao Ky vicepresidente. Ambos eran una pareja de elementos corruptos involucrados en el tráfico de heroína, pero apoyaban acríticamente los bombardeos en el Norte y el envío masivo de tropas al Sur.
Si en enero de 1965 eran 23.000 los soldados norteamericanos desplazados, en diciembre la cifra alcanzaba los 180.000. En su inmensa mayoría soldados de reemplazo, hijos de trabajadores, carne de cañón al servicio del capital. El 80% de los que entraron en combate durante la guerra procedían de la clase obrera, un 20% eran hijos de trabajadores de cuello blanco. Al frente de ellos se situó un auténtico troglodita, el general William Westmoreland. Muchos llegaron a Vietnam pensando que les iban a recibir como libertadores, como en la Europa de la Segunda Guerra Mundial. Al fin y al cabo era lo que les enseñaban en los campos de entrenamiento y lo que repetía metódicamente el Estado norteamericano, sus instituciones y los medios de comunicación. El choque con la realidad era brutal. Nadie los quería allí. Aunque sólo iban durante un año para evitar problemas en el interior de los EEUU, tanta rotación se convirtió en un problema desde el punto de vista militar.
Las primeras operaciones tenían como objetivo cortar las relaciones del FNL con el Norte. Se dieron duras batallas en los accesos a la ruta Ho Chi Minh, los marines entran por primera vez en acción el 18 de agosto de 1965. Pronto se hizo evidente para todos que el Vietcong tenía un importante apoyo popular. Así pues se trataba de aplicar la misma lógica que en los bombardeos en el Norte. En enero de 1966 Westmoreland lanza la operación El Machacador (hasta Johnson le pide que suavice el nombre de cara a la opinión pública) .
Esta operación es una auténtica guerra de exterminio, daba igual que el objetivo fuera civil o guerrillero. McNamara está convencido de que el FNL no podría soportar un ritmo brutal de bajas. Se trataba de crear el terror masivo e indiscriminado. Los reclutas serán entrenados para ello: “La primera vez que patrullamos fuimos donde unos marines habían hecho una emboscada a un grupo de vietcongs (...) Después tenía que darle patadas a un muerto en un lado de la cabeza hasta que parte de su cerebro empezara a salirse por el otro. Yo le dije (...) ¿qué me estás diciendo? Entonces no entendía la lógica. Lo entendí más tarde (...) Eran hombres serios y dedicados a lo que hacían. Me estaban enseñando a no romperme en pedazos. Yo vi cómo les pasó a otros. Vi a tíos que se suicidaban (...). Ellos querían enseñarle a un novato exactamente lo que se iba a encontrar” (Ibíd., pág. 99).
La brutalidad como método. McNamara exigía cifras, no había olvidado su puesto de contable en la Ford y trasmitía todo lo aprendido allí a la guerra. Lo principal tras cada combate era el cómputo de los muertos, si no se cazaba guerrilleros, valían igual los civiles que al fin y al cabo los apoyaban. La presión sobre los oficiales era muy fuerte. Muchos comprendían que la única forma de promoción era dar parte con buenas cifras de muertos. Los soldados veían enemigos por todas partes. En este contexto, los elementos más psicópatas florecían en cada compañía convirtiéndose poco a poco en el modelo a seguir. Las salvajadas, violaciones, asesinatos de campesinos indefensos no eran excesos individuales. Al igual que hoy con las torturas en Abu Ghraib, estos métodos salvajes eran tolerados, impulsados y premiados por el mando. El teniente de marines Caputo llegó a Danang en 1965, su testimonio es esclarecedor: “La estrategia de desgaste del general Westmoreland afectó a nuestra actitud. Nuestra misión no era la de ganar terreno o conquistar posiciones, sino sencillamente matar: matar a comunistas y matar al máximo posible (...). La victoria era un cómputo alto; la derrota, un porcentaje bajo; y la guerra era un tema de aritmética (...) esto llevó a prácticas como el cómputo de civiles como si fueran del Vietcong (...) Así no es sorprendente que algunos hombres acabaran despreciando la vida humana y disfrutando de quitársela a otros”(Ibíd., pág. 105).
Finalmente este horror suministró una visión distorsionada de la evolución de la guerra al alto mando. Muchos oficiales hinchaban las cifras reales para complacer a sus superiores. Las cuentas no le salían a McNamara. Al final se puso de moda cortar las orejas de los muertos para evitar falsificaciones.


Centenares de miles de héroes

 

Todo este salvajismo era impotente: las redes de la guerrilla en aldeas y ciudades, reflejando su apoyo social, la convertían en un enemigo difícilmente abatible. Durante la guerra el ejército norteamericano y su aliado survietnamita realizaron dos millones de operaciones de búsqueda y destrucción. Sólo en el 1% de los casos llegaron a tomar contacto con el enemigo. Además la ruta Ho Chi Minh seguía funcionando. Durante 1965, 100.000 combatientes pasaron del Norte al Sur. En 1967 el Vietcong podía oponer 250.000 soldados a los 450.000 norteamericanos y al millón survietnamita.
Durante la lucha contra Francia se cavaron cientos de kilómetros de túneles que comunicaban las aldeas unas con otras. Los guerrilleros vivían en esos túneles, pasadizos con un ancho máximo de 150 cm de diámetro. Entre pasadizos se construían habitaciones más amplias para dormir, cocinar, almacenar armas...Incluso se hacían representaciones teatrales con actores llegados del Norte, para subir la moral de la tropa. Algunas representaciones se hacían en los tremendos cráteres generados por los bombardeos de los B-52. Las condiciones de vida eran inhumanas, la resistencia sobrehumana. El 100% de los vietcongs capturados tenían parásitos o gusanos intestinales, el 50% convivía con la malaria.
La capacidad de inventiva para hacer frente a un enemigo muy superior en tecnología y armas no tenía límites. Las latas de Coca-Cola abandonadas por los marines se convertían en granadas. Los morteros y cohetes USA que no estallaban eran reconvertidos en minas. Trampas que pronto carcomieron la moral del enemigo. Según las fuentes se calcula entre un 10% y un 25% de las bajas norteamericanas las causadas por este tipo de armamento artesanal, que provocaron más de 10.000 amputados.
Las bajas norteamericanas cada vez se hacían más insostenibles. En enero de 1967 se lanzó la operación Cedar Falls a cien kilómetros de Saigón. Las imágenes brutales de la destrucción de un pueblo llegaron a Occidente conmoviendo a millones de personas. Los movimientos de protesta en EEUU empiezan a cobrar fuerza.
La presión aumenta sobre Westmoreland. Había prometido una guerra corta y estaba metido en un avispero. En estas circunstancias, los mandos militares norteamericanos preparan la mayor operación de toda la guerra, la operación Junction City. El objetivo es el cuartel general vietcong, cerca de Camboya al final de la ruta Ho Chi Minh. Tras cuatro meses de duro cuerpo a cuerpo, de febrero a mayo de 1967, el saldo final es de 2.800 guerrilleros y 280 soldados norteamericanos muertos. Un fracaso rotundo para los militares norteamericanos pues el mando vietcong no es capturado. Se ha replegado a Camboya.
Cada día más bajas, cada día más presión en EE.UU. En noviembre, en un solo combate en la colina 875 en Taicto mueren 280 soldados, los mismos que en cuatro meses. La cosa va de mal en peor. Los norteamericanos tienen que utilizar tropas de sus aliados de Corea, Filipinas, Australia y Tailandia.
Se recrudece la estrategia de bombardeos indiscriminados. En 1967 se lanzan el doble de bombas en el Sur que en el Norte de Vietnam. La utilización masiva de napalm para arrasar la selva en la que se esconde el Vietcong se convierte en su contrario. Una eficaz arma de propaganda norvietnamita para desenmascarar a la bestia imperialista y sus crímenes entre la clase obrera occidental. Truong Nhu Tang era dirigente del FNL, recordaba así los bombardeos de los B-52: “Una experiencia de terror psicológico en estado puro, en la que nos hundimos día sí y día no durante años (...) desde un kilómetro, la onda expansiva dejaba a sus víctimas sin sentido. Un golpe a medio kilómetro hacía caer las paredes de cualquier búnker no reforzado, enterrando vivos a los que se habían refugiado en su interior (...) Volvíamos horas más tarde para encontrar, como ocurrió muchas veces, que no había quedado nada (...) No era sólo que las cosas quedaran destruidas, de alguna forma increíble habían dejado de existir (...) El terror era total. Uno perdía el control de las funciones corporales mientras la mente gritaba órdenes de escapar incomprensibles”.
La magnitud de la destrucción amenazaba con hacer mella en la moral guerrillera. Para evitarlo, el general Giap se va a jugar una carta arriesgada.


La ofensiva del Tet

 

El Tet era el primer día del año nuevo vietnamita y durante la mayoría de los años de guerra lo habitual era que la guerrilla suspendiese las actividades. Parecía que en 1968 sucedería lo mismo, pero en esta ocasión no fue así. El ejército norvietnamita organizó un acto de distracción masiva en Khe Shan, en la zona desmilitarizada entre el Norte y el Sur. Los norteamericanos concentraron su atención allí.
Para desconcierto de los mandos militares norteamericanos, decenas de miles de vietcongs se lanzaron al asalto de 36 capitales de provincia, Saigón, Hue, Pleiku, Dalat... Tomaban el control de varias y ajusticiaban a 3.000 colaboracionistas. Giap se la jugaba, el desgaste de las bombas y represión americana estaba pesando en la moral de los guerrilleros. Había que sacarlos de los túneles. Era la hora de la insurrección urbana, el asalto final. 100.000 hombres entraron en acción. Un grupo especial asaltó la Embajada americana en Saigón, tomaron el control de una parte, Hue fue tomada en su totalidad, Ben Tre también.
En EEUU nadie salía de su asombro. Johnson había despedido 1967 afirmando ante sus conciudadanos que el final estaba cerca. Lo que veían en sus pantallas los norteamericanos no cuadraba muy bien con esta idea. Además, la férrea censura informativa a duras penas se mantenía. Cientos de fotógrafos y periodistas que llevaban siguiendo el conflicto durante años estaban hartos de mentiras. La oposición a la guerra que ya se extendía por todo EEUU les estaba contagiando.
Escenas brutales dieron la vuelta al mundo, la famosa escena del jefe policial survietnamita metiendo un tiro en la sien a un guerrillero proviene de esos días en Saigón. Los periódicos publicaban las declaraciones de un oficial americano en la reconquista de Ben Tre: “era necesario destruir la ciudad para salvarla”.
Las embajadas de Filipinas y Corea fueron asaltadas. El aeropuerto de Saigón y el cuartel general del ejército del Sur también. Sin embargo, el esperado levantamiento popular en la ciudad no terminó de cuajar. Eso hizo imposible la victoria. La superioridad en tanques y blindados permitió al ejército americano frenar la ofensiva. Las 36 ciudades tomadas fueron recuperadas al cabo de unos días.
La defensa vietcong de Hue fue heroica. En esta ciudad se sitúa la parte final de la magnífica película de Kubrick La chaqueta metálica. No fue recuperada hasta principios de marzo. Allí, en la vieja ciudadela imperial, resistía el alto mando vietcong. Cada metro cuadrado recuperado por el ejército norteamericano le costó un muerto. La aviación usó napalm contra una zona urbana. La ciudad tenía 17.000 casas, 10.000 fueron destruidas.
Desde el punto de vista militar la ofensiva fue un desastre. El Vietcong fue despedazado. 45.000 muertos, 6.000 prisioneros. Además, el Tet, provocó 800.000 desplazados que perdieron su hogar.
Sin embargo, esta indiscutible derrota se había convertido en una incuestionable victoria política. Norteamérica se sentía más vulnerable, el asalto a su Embajada era un símbolo y todo un shock para millones de norteamericanos que aún confiaban en las mentiras de su presidente. Hablaremos más adelante del movimiento contra la guerra, pero un hecho casi increíble se produjo en Washington, aparecieron banderas vietcongs en manifestaciones en sus calles.
¿Por qué fracasó la insurrección urbana con la que contaba Giap cuando lanzó la ofensiva? Algunos testimonios de la época ofrecen respuestas. Tran Baah Dong era responsable de los comunistas clandestinos en Saigón y afirmó que la organización del FNL allí había sido “un éxito maravilloso con los intelectuales, los estudiantes, los budistas, todos, excepto entre los trabajadores entre los que la organización se encontraba en una situación peor que mala” (Jonathan Neale, Op. Cit., pág. 120). Tras estas declaraciones hechas en 1974 fue destituido y humillado en público por la dirección del partido
Ya hemos señalado que el FNL, a semejanza del Vietminh anteriormente, tenía una concepción etapista y frentepopulista. A pesar de que la realidad era tozuda insistían en agrupar a todas las clases sociales en la lucha por la unión del país, lo que incluía a la llamada “burguesía progresista”. Así pues a cambio del apoyo puntual de algunos empresarios (evidentemente, por las razones ya explicadas, la débil burguesía vietnamita era un mero títere del imperialismo) los dirigentes del Vietcong no hicieron esfuerzos sistemáticos para organizar a los trabajadores del Sur. Buena parte de los sindicatos y huelgas en el Sur no fueron dirigidas por ellos. El apoyo entre los campesinos del Sur al Vietcong estaba garantizado, entre otras cosas, por la reforma agraria impulsada en el Norte que actuaba como un poderoso imán. Pero la orientación del Vietcong no fue basarse en la clase obrera organizada, ni estimular sus organizaciones clasistas. Al fin y al cabo, la contradicción evidente entre capital y trabajo se hubiera extendido al interior del FNL, rompiendo así su línea frentepopulista Su modelo era muy similar al empleado por Mao en la guerra campesina que libró contra Chiang Kai-shek. Este factor explica la debilidad del Vietcong entre los trabajadores urbanos.
Si se hubiesen logrado manifestaciones de cientos de miles en Saigón, el ejército norteamericano difícilmente hubiese podido reprimirlas, menos con el ambiente existente en sus filas del que nos ocuparemos más adelante.
En la concepción de la dirección del FNL esta posibilidad no estaba presente. Sus cuadros estaban educados en una dura y larga lucha militar. Por tanto, la insurrección para ellos era una acción militar más, en el que la gente apoyaría al ejército guerrillero. Por tanto, no es casual que la ofensiva se hiciera fuerte en ciudades más pequeñas y vinculadas al campo, como Hue o Ben Tre.


La guerra se traslada a Norteamérica

 

La ofensiva del Tet convenció a un sector de la administración americana que la victoria en la guerra era inalcanzable. Westmoreland reclamó 200.000 soldados más, pero la respuesta del nuevo secretario de Defensa, Clifford, fue negativa y, como McNamara en Defensa, Westmoreland acabó siendo sustituido.
Johnson, en pleno año electoral, anunció el 31 de marzo que no se presentaría y que daría orden de cesar los bombardeos sobre la mitad de Vietnam del Norte. El 3 de abril, Ho Chi Minh aceptaba negociar, decisión tomada sin consultar a Moscú y Pekín. Aunque en el terreno los combates continuaban encarnizados, algo estaba cambiando, ¿por qué?
En sus memorias, Henry Kissinger, el secretario de Estado que Nixon colocó tras su victoria electoral en 1969, da algunas de las claves: “Cuando asumimos nuestras funciones, más de medio millón de norteamericanos luchaban en una guerra a 16.000 kilómetros de la patria. Su número todavía seguía aumentando según un programa establecido por nuestros predecesores. Nos encontrábamos sin ningún plan para la retirada. 31.000 ya habían muerto. Cualesquiera que fueran nuestros objetivos originales en esa guerra, para 1969 nuestra credibilidad en el exterior, la confianza en nuestros compromisos y nuestra cohesión interna se hallaban en peligro a causa de una guerra que se libraba tan lejos de Norteamérica como lo permite nuestro planeta. Nuestra participación había empezado abiertamente, con el apoyo casi unánime del Congreso, del público y de los medios. Pero para 1969 nuestro país estaba escindido por la protesta y la zozobra, que a veces tomaba formas violentas y feroces. La tolerancia cívica en la que debe vivir una sociedad democrática se había perdido. Ningún gobierno puede funcionar sin un mínimo de confianza popular. Todo esto se disipaba ante la severidad de nuestras alternativas y el encono creciente de nuestra controversia doméstica.
“En el último año de la administración Johnson, los comunistas lanzaron una ofensiva en todo el territorio. Pocos estudiosos del tema cuestionan hoy que la misma fue derrotada de forma masiva. Pero su magnitud y el sacrificio que demandó la convirtieron en una victoria psicológica. Bajo el impacto de la ofensiva del Tet, primero limitamos y después cesamos nuestros bombardeos en Vietnam del Norte a cambio de nada, excepto la iniciación de negociaciones que nuestro adversario obstaculizó de inmediato. Declinaba el apoyo del público a una guerra que no solamente parecía imposible ganar, sino también terminar.
“Y en nuestro país, la oposición crecía. La misma se componía de muchos ramales: pacifistas sinceros que detestaban ver a su país involucrado en matanzas a miles de kilómetros de distancia; pragmáticos que no lograban vislumbrar ninguna salida razonable; aislacionistas que deseaban poner fin a las intervenciones de Norteamérica en ultramar; idealistas que consideraban incompatibles nuestros valores morales con los horrores de una guerra llevada por primera vez a sus hogares por la televisión. Y esos grupos eran incitados por una pequeña minoría que expresaba el rencor incipiente de los años 70 con tácticas de choque obscenas y violentas y manifestaban su aversión a Norteamérica, su sistema y su maldad.
“Todos esos grupos se habían combinado para provocar el más áspero caos en la Convención Demócrata de 1968, la violencia en las universidades y la confusión y desmoralización de los grupos dirigentes que habían animado a las grandes iniciativas norteamericanas de posguerra en política exterior” (Pablo J. de Irazazábal, pág 29).
Aquí están condensadas las claves del proceso. Desde el punto de vista militar era muy difícil que un ejército de campesinos mucho peor armado derrotase a la maquinaria bélica más impresionante de la historia. Sin embargo sus heroicos sacrificios, su capacidad de resistencia y su audacia estaban conmoviendo a los trabajadores del mundo entero y también de EEUU. En pleno corazón del imperialismo un movimiento de oposición a la guerra estaba creciendo imparable, poniendo en peligro no ya la continuidad de la guerra, sino como señala Kissinger “la cohesión interna”, es decir, las propias bases de la dominación capitalista.
No era la primera vez en la historia que esto sucedía (recordemos el temor de la burguesía inglesa a que se crease un sóviet en Londres si continuaba la agresión al naciente Estado soviético en 1918/1919), ni será la última, ya veremos como se desarrolla el conflicto en Iraq. La guerra es, en muchas ocasiones, la partera de la revolución.


El movimiento contra la guerra

 

El movimiento contra la guerra se había ido conformando con los años. Había comenzado como un movimiento pequeño vinculado a la lucha por los derechos civiles que también marcaron esa década. Desde 1965 en varias universidades se empezaron a celebrar reuniones al final de las clases entre profesores y estudiantes para oponerse a la guerra.
En abril los Estudiantes por una Sociedad Democrática convocaron una manifestación en la capital que dejó a todo el mundo sorprendido por la asistencia: más de 25.000 personas.
Nadie lo esperaba; doce años atrás las brutalidades en la guerra de Corea habían pasado sin apenas oposición interna. Aquellos eran los 50, los años de la cruzada anticomunista, cuando haber salido a la calle contra la guerra hubiese conllevado tener problemas en los estudios o el trabajo. Doce años después algo estaba cambiando. En octubre del mismo año 100.000 personas marchaban por todo el país. Un profundo cambio en la actitud y la conciencia de cientos de miles de jóvenes, trabajadores y ciudadanos norteamericanos se estaba gestando. Los soldados eran enviados a Vietnam sólo durante un año para evitar protestas, pero como el número de bajas crecía mes tras mes, el descontento se generalizó. Como en toda guerra, los hijos de los ricos se libraban del reclutamiento. El 80% de los muertos eran hijos de obreros. Además predominaban los negros, que constituían un tercio de la infantería que entraba en combate cuando sólo eran el 10% de la población. No era de extrañar que la lucha contra la guerra conectase con la de los negros por sus derechos democráticos. Figuras de esa comunidad como el boxeador Casius Clay (Mohamed Alí), se negaron a ser reclutadas. Martín Luther King, quien no quería aparecer claramente opuesto a la guerra, pues confiaba en ganar a un sector de liberales para que le financiasen y poder cambiar el rumbo del Partido Demócrata, se vio forzado por sus bases a posicionarse claramente en contra, lo que tuvo un tremendo impacto: “Esta locura debe cesar de alguna manera. Debemos parar ahora. Hablo como un hijo del Señor y hermano de los pobres que sufren en Vietnam (...) hablo por los pobres de América que están pagando el doble precio de las esperanzas destruidas en casa y la muerte y la corrupción en Vietnam (...) La gran iniciativa de esta guerra es nuestra. La iniciativa para detenerla debe ser nuestra (...) Los negros están muriendo en porcentajes extraordinariamente altos en comparación al resto de la población (...) para garantizar libertades en el Sudeste Asiático que no han encontrado en el Sudeste de Georgia ni en Harlem Este” (abril de 1967, Howard Zinn, pág. 435).
Para evitar más tensiones en casa los oficiales fueron sacando progresivamente a los negros del combate. En 1965 el 25% de los muertos en combate eran negros, en 1968 el 13% y en 1972 el 7,6%.
Aunque el movimiento contra la guerra estuvo dirigido por capas medias, intelectuales, estudiantes, el sentimiento contra la guerra era mayoritario entre la clase obrera. La desgracia fue que los que le dieron el tono nunca conectaron con la clase. Los prejuicios sobre una clase obrera aburguesada, con el coco comido por los medios tras la cruzada anticomunista de los 50 estaban demasiado presentes. Así el movimiento nunca llegó a lo que hubiese hecho caer a un gobierno americano, un movimiento huelguístico que hubiese podido desembocar en una huelga general.
Jonathan Neale, profesor participante de aquellos movimientos, lo describe así en su libro La otra historia de la guerra de Vietnam: “En una pequeña concentración estudiantil en Knoxville, en 1969, un refugiado que había participado en la revuelta de los trabajadores húngaros de 1956 tomó la palabra. Sugirió que fuéramos a las fábricas de Oak Bridge y distribuyéramos panfletos contra la guerra entre los obreros. Lo miramos como si estuviera loco. La idea de distribuir panfletos nos asustaba. Estábamos seguros —y nos equivocábamos— de que los trabajadores estaban a favor de la guerra. Cuando ese trabajador sugirió que compráramos en los comercios locales para apoyar a los pequeños comerciantes, eso ya estuvo más en nuestra onda.
“Evidentemente no todos los estudiantes despreciaban a los trabajadores (...) el problema era político. El anticomunismo había conseguido fracturar el socialismo entre la clase trabajadora sindicada (...) muchas personas (...) pensaban: “Yo soy un revolucionario”. Pero no pensaban que esto supusiera trabajar en los sindicatos o que los trabajadores estadounidenses pudieran cambiar el mundo” (Jonathan Neale, Op. Cit., pág. 160).
Un estudio de la Universidad de Michigan acababa con el mito de que sólo jóvenes y estudiantes estaban contra la guerra. En junio de 1966, el 27% de las personas con educación universitaria estaban a favor de una retirada inmediata de Vietnam por un 41% entre la gente sin estudios universitarios. En 1970 los porcentajes eran 47% y 61% respectivamente.
La marea avanzaba en una sola dirección. En agosto de 1965, el 61% de la población pensaba que la intervención en Vietnam era acertada, en mayo de 1971 era justo al revés, el 61% lo consideraban erróneo.
El 15 de abril de 1967, 300.000 personas toman Nueva York. En octubre otra manifestación de masas tomó Washington con el objetivo de llegar hasta el Pentágono. Y en este contexto de protesta abierta tuvo lugar la ofensiva del Tet. Unos meses antes, Johnson había expresado ante un grupo de colaboradores que le querían convencer de un plan para bombardear Hanoi y Haiphong la contradicción que el imperialismo no podía resolver: “Tengo otro problema para vuestro ordenador. ¿Podéis introducirle cuanto tardarían 500.000 americanos furiosos en trepar al muro de la Casa Blanca de ahí fuera y linchar al presidente si hiciera algo así?”.


La elección de Nixon

 

En marzo de 1968, Johnson anunció que no se presentaría. La cuestión de la guerra marcaba toda la vida política americana. Había sido derrotado en las primarias demócratas del estado de Wisconsin. Quien aparecía como figura emergente de estos era Robert Francis Kennedy, que años atrás había declarado en Saigón que los norteamericanos no se irían de allí sin la victoria. Ahora, reflejando el ambiente social y la ofensiva del Tet, declaraba el 8 de febrero: “Es hora de que EEUU descarte sus ilusiones sobre Vietnam y renuncie a la idea de que la guerra en esa región responde a sus intereses nacionales, y que anticipe un arreglo que dé al Vietcong la oportunidad de participar en la vida política de su país”. El 7 de marzo decía “la intención de EEUU en Vietnam es inmoral e intolerable” (Pablo J. de Irazazábal, pág. 28).
Robert Kennedy se estaba presentando como el candidato de la paz y ganando las primarias del Partido Demócrata. Fue asesinado en junio, dos meses después del asesinato de Luther King. El Congreso Demócrata de Chicago en agosto estuvo centrado en la cuestión de Vietnam. Miles de manifestantes lo cercaron a pesar de la fuerte represión policial. Sin embargo, el candidato elegido fue Hubert Humphrey, partidario de la guerra. Así que las elecciones las ganó el republicano Nixon, que se había presentado prometiendo un plan secreto para resolver el conflicto. Era el mismo que siendo vicepresidente de Eisenhower había asegurado que si los franceses se iban de Indochina los norteamericanos les sustituirían.
Al poco de llegar a la Casa Blanca, una nueva brutalidad conmocionó al mundo. Se filtraron las noticias y fotos de lo sucedido un año antes en una remota aldea vietnamita, Mai Lay. Era marzo de 1968, la compañía Charlie tenía orden de tomar la aldea. El capitán Medina reunió a sus hombres y les ordenó matar a todos los habitantes. Un fusilero de la compañía recordó después: “¿Te das cuenta de lo que suponía asesinar a 500 personas en cuestión de horas? Es igual que la cámara de gas (...) Y así es como fue (...) los juntábamos yo y dos tíos más, poníamos los M-16 en automático, y los abatíamos”.
La visión de aquella matanza, aderezada con los detalles que hablaban de violaciones en grupo, del frío asesinato de 500 mujeres, niños y ancianos, empujaron a más gente a la lucha contra la guerra.
El hecho de que fuese una masacre ordenada por los oficiales y tapada durante un año por el alto mando indignó más a la gente. Sólo un militar, el teniente Calley, fue condenado y estuvo en la cárcel ¡4 meses y medio!.
La sociedad norteamericana aprendía algo nuevo cada día sobre el tipo de gentes que la dirigían. Cada día entendían mejor el tipo de guerra por la democracia y la libertad que sus soldados libraban en un lugar que pocos podrían señalar en un mapa. Entendían lo que un coronel americano dijo a la prensa al comienzo de 1971: “Cada unidad del tamaño de una brigada tiene sus Mai Lay ocultos en alguna parte”.
Así pues el movimiento contra la guerra seguía creciendo. En noviembre de 1969, 500.000 personas se manifestaron en Washington. Algunos hablaron de la mayor manifestación de la historia de EEUU.


Las negociaciones de París. La operación ‘Fénix’ y Camboya

 

El 13 de mayo de 1968 se iniciaron las negociaciones para la paz en París. Tras varios tiras y aflojas el 18 de enero de 1969 se abrió la conferencia cuatripartita con representación de EEUU, el gobierno survietnamita, el gobierno de Hanoi y el FNL.
Rápidamente se llegó a un dialogo de sordos. Nixon había tenido mucho que ver en ello. En los mítines de la campaña electoral daba su total y patriótico apoyo al gobierno de Johnson para que negociase lo que quisiera, y sin embargo por detrás, negociaba en secreto con el régimen de Thieu instándole a no llegar a ningún acuerdo. Al fin y al cabo los norteamericanos querían irse de Vietnam pero no salir derrotados. Una contradicción de difícil solución. El 8 de junio el FNL se transformó en gobierno revolucionario provisional de Vietnam del Sur. Rápidamente fue reconocido por China y la URSS. Ante el fracaso de la conferencia cuatripartita, Nixon propuso a Hanoi una negociación secreta entre Kissinger y Le Duc Tho. Ho Chi Minh había muerto el 3 de septiembre de 1969 pero su sucesor Le Duan no cambió el curso de la negociación. En diciembre los americanos informaron a Hanoi que retirarían lentamente sus tropas. Este iba a ser el plan de Nixon: vietnamizar la guerra, dando apoyo material y económico al sur, pero no más tropas. Lo que se guardó de señalar a Hanoi fue otra parte de su estrategia: la operación Fénix, que trataba de debilitar al Vietcong antes de llegar a una retirada total, para que el gobierno de Vietnam del Sur se pudiera mantener.
Fénix fue un programa secreto organizado por William Colby, jefe de posición de la CIA en Saigón y posteriormente director de toda la CIA.
Se trataba de asesinar a cualquier sospechoso de colaborar con el Vietcong. Como eso era difícil de saber, los asesinatos fueron cada vez más indiscriminados. Fue también una oportunidad para la venganza de los terratenientes escondidos en las ciudades. Los soldados del ejército de EEUU también colaboraron con los agentes de la CIA y la policía survietnamita. Iban a un pueblo y reunían a los sospechosos, los agentes de la CIA se los llevaban y los asesinaban o internaban en campos de tortura. Se calcula entre más de 30.000 y 40.000 los asesinados de esta manera. Lógicamente, muchos eran dirigentes o militantes del Vietcong, pero otros muchos no. El resultado fue aumentar el odio al ocupante y al régimen títere de Thieu. Es verdad que tras el Tet el FNL pasó verdaderas dificultades. Cuando en 1975 se ganó la guerra en muchos pueblos no se pudo ni formar un comité comunista.
La otra forma de debilitar al Vietcong fue atacar Camboya. Allí en la frontera, tenían su santuario los dirigentes comunistas. La guerra de Vietnam se extendía a toda Indochina.
Camboya se había mantenido relativamente neutral, desde la Conferencia de Ginebra en 1954, con el príncipe Sihanouk como jefe de Estado. En mayo de 1965 Camboya rompió relaciones con EEUU y reconoció al FNL. Sin embargo, con el inicio de las negociaciones de paz en Paris, temeroso de una victoria comunista, el régimen camboyano había tratado de reestablecer relaciones con Washington haciendo la vista gorda ante los bombardeos que la aviación americana había iniciado en su territorio contra el Vietcong.
La derecha se hizo de nuevo con el gobierno en Phnom Penh, con el primer ministro general Lon Nol. Recelosos de Shihanouk y con el apoyo norteamericano le derrocaron en marzo de 1970; Lon Nol inmediatamente prohibió a los vietnamitas usar su territorio y Shihanouk se refugió en Pekín.
El Khmer Rojo, la guerrilla maoísta, estaba enfrentado a Shihanouk desde 1962, pero ahora montaron con él un gobierno de Unión Nacional en el exilio, amparado por Pekín. Las guerrillas camboyana y vietnamita se extendieron por Camboya. El intento de echar al Vietcong de Camboya se convirtió en otro extraordinario fracaso norteamericano. Mao llamó a todos los pueblos del mundo a unirse a Camboya contra el imperialismo.
EEUU y sus aliados survietnamitas invadieron Camboya. Si Nixon había mantenido en secreto los bombardeos, la invasión la tuvo que anunciar por televisión. El ambiente de oposición en EEUU volvió a crecer. Nixon había vuelto a mentir. Además, las operaciones para cortar la ruta Ho Chi Minh, como las realizadas anteriormente en Laos, fueron un fracaso.
Ante las noticias de la extensión de la guerra a Camboya, las huelgas y ocupación en las universidades se extendieron. Dos días después del anuncio de Nixon, 2.000 personas incendiaron el edificio del Cuerpo de Entrenamiento de los Oficiales de reserva en Kent (Ohio). Al día siguiente los estudiantes tomaron el campus. La Guardia Nacional entró sin miramientos reprimiendo la ocupación: cuatro jóvenes fueron asesinados y nueve heridos. La gente respondió indignada: se calcula en más de cuatro millones de estudiantes los que salieron a las calles y ocuparon 1.350 universidades. En 536 se declaró la huelga. Los estudiantes de 400 colegios se declararon en huelga en señal de protesta. Fue la mayor huelga general estudiantil en la historia de EEUU. Durante aquel curso escolar de 1969/1970, el FBI contabilizó 1.785 manifestaciones estudiantiles. Ronald Reagan, gobernador de California, cerró todo el sistema universitario. El sindicato de los funcionarios estatales, de condado y municipales se declaró contra la guerra.
Nixon sintió pánico. Anunció que las tropas norteamericanas estarían fuera de Camboya antes de junio. Pero los acontecimientos de Kent estaban radicalizando el movimiento. Muchos ya no pensaban que el sistema se podía reformar porque era básicamente válido. Y lo más peligroso, ese ambiente se estaba trasladando a las tropas.


Los soldados se movilizan

 

La imagen de veteranos de guerra en las manifestaciones contra la intervención en Vietnam nos es habitual a todos. El cine las ha reproducido en numerosas ocasiones. Algunas de forma fiel y reflejando experiencias reales, como la del sargento Ron Kovic en Nacido el 4 de julio de Oliver Stone.
Efectivamente estos veteranos tuvieron mucho impacto en la sociedad americana. Su participación rompía con las calumnias del gobierno que acusaba a los manifestantes de facilitar la muerte de sus compatriotas en Vietnam. Muchos volvían a casa y empezaban a entender muchas cosas. Veían el abandono del gobierno, la falta de ayudas y el desprecio. La buena infraestructura de transporte y evacuación minimizó el número de muertos. Los 58.000 que al final sufrió el ejército norteamericano hubiesen sido 200.000 en cualquier guerra anterior. Pero multiplicó el número de lisiados que a su vuelta eran una acusación permanente contra la guerra. Se formó una combativa asociación, Veteranos de Vietnam Contra la Guerra, que jugó un papel significativo en el movimiento.
Pero lo que es más desconocido y más importante es la importante revuelta interna que sufrió el ejército norteamericano desde 1968.
Pronto empezaron a aparecer publicaciones de soldados, distribuidas en los cuarteles, que se oponían a la guerra. Algunos pertenecían a partidos de la izquierda que, correctamente, hacían trabajo político en el ejército en vez de llamar a la deserción. Pero la mayoría se fueron extendiendo espontáneamente. Llegó a haber unas 300 durante toda la guerra. Junto a la oposición a la guerra expresaban un claro resentimiento hacia el salvajismo de la vida militar. Estos periódicos se extendían por las bases americanas en todo el mundo.
Los brutales campos de entrenamiento tan bien reflejados por Kubrick en La chaqueta metálica, fueron suavizándose progresivamente. Era el efecto de las masivas deserciones que se estaban produciendo: entre 1968 y 1975, 93.000 soldados desertaron. La tasa de deserción triplicó las de la guerra de Corea. En 1971 representaban 73 por mil en el ejército y 65 por mil en los marines. 206.000 personas fueron denunciadas por negarse a ser reclutadas.
Pero también en el propio Vietnam la revuelta se extendía. El periódico francés Le Monde informó: “Una imagen común es la del soldado negro con el puño izquierdo cerrado en desafío a una guerra que nunca ha considerado propia” (Howard Zinn, pág. 444).
El nacionalismo negro se había contagiado al ejército. En 1966, dos tercios de los soldados negros volvían a alistarse al acabar el servicio. Era una buena salida profesional para una sociedad racista. En 1970 el porcentaje había caído al 13%.
En total 563.000 soldados fueron licenciados “sin honores”, lo cual indicaba que esos soldados no habían mostrado una obediencia sumisa hacia los mandos.
Hasta ahora habíamos repasado las muestras de brutalidad del ejército americano en Vietnam. Sin embargo, el desarrollo de la guerra y del movimiento contra ella fue provocando una reacción.
Unos buscaron evadirse. Al principio los mandos fomentaron el uso de marihuana porque tranquilizaba a los hombres, pero después se pasó a la heroína. El tráfico era organizado por los propios ministros survietnamitas. Según informes del Pentágono un tercio de los soldados la había probado en Vietnam. Su aparición como fenómeno social en EEUU se explica por estas cifras: 100.000 toxicómanos fueron el saldo de la guerra.
Otros, además de evadirse, expresaron su protesta de una curiosa manera: matando oficiales con una granada de fragmentación, práctica que recibió el nombre de fragging —literalmente, fragmentar—. Aquellos oficiales que se empeñaban en misiones arriesgadas o trataban mal a los soldados empezaron a ser eliminados por sus hombres. Hubo mil intentos de fragging según cifras oficiales, cien con éxito. Pero estos datos minimizan la realidad, pues sólo están contabilizados los atentados con explosivos y no con pistolas.
Había recompensas por la cabeza de los oficiales más odiados. Por el responsable de la acción conocida como la colina de la hamburguesa (bautizada así porque los soldados quedaron como carne picada y llevada al cine por John Irvin) se ofrecían 500 dólares...
Esto era un cáncer para el ejército. Como dijo el capitán Steimberg “Una vez que un oficial es intimidado por la amenaza del fragging deja de serle útil al ejército porque ya no puede llevar a cabo las órdenes” (Jonathan Neale, pág. 188).
En las negociaciones de París el FNL había hecho público que no dispararían a unidades que no les atacasen. Muchos soldados norteamericanos empezaron a llevar brazaletes rojos para señalar al Frente que no tenían intención de disparar. Aunque el ejército empezó a retirarse desde 1971, los fraggings aumentaron. Nadie quería ser el último en morir por los intereses del capitalismo americano. Incluso entre los oficiales empezó a calar el ambiente antiguerra. En navidades de 1972 se produjeron bombardeos salvajes contra Hanoi, para debilitar al gobierno norvietnamita en las negociaciones. Eran bombardeos con el único objetivo de matar civiles. Muchos pilotos de B-52 se plantaron y se negaron a llevar a cabo semejantes misiones.
Los hechos eran gravísimos. En junio de 1971 el coronel Robert Henil lo describía así: “Según todos los indicadores concebibles, la parte del ejército que aún está en Vietnam se encuentra en un estado cercano al colapso, las unidades evitan o se han negado a entrar en combate, están asesinando a sus oficiales y suboficiales, están drogados y desanimados cuando no cerca del amotinamiento. En el resto de lugares la situación es igual de grave....
“Todos los hechos anteriores (...) indican que las condiciones generales entre las fuerzas americanas en Vietnam sólo han sido superadas en este siglo por los motines de Nievlle del ejército francés y el colapso de los ejércitos zaristas en 1916 y 1917” (Jonathan Neale, pág. 191).
La burguesía norteamericana sacó las lecciones de todo esto. El ejército se convirtió en profesional tras Vietnam. Nunca más debía haber conexión entre un ejército y su pueblo.


Hacia el final. La baza china

 

Las negociaciones se desarrollaron durante años sin avances y sobre el terreno las operaciones militares norteamericanas fracasaban. En marzo y abril de 1971 una nueva ofensiva para cortar la ruta Ho Chi Minh en el centro de Laos había servido de muy poco. La presión para la vuelta de las tropas era asfixiante. Así pues, Washington se jugó una baza sorpresa. La baza china. En julio de 1971 Kissinger voló a Pekín y llegó a una alianza de hecho con Mao. EEUU se convertiría en su aliado contra la URSS a cambio de que Pekín presionase a Hanoi para llegar a un acuerdo.
¿A qué respondía semejante traición del régimen maoísta? Hemos visto como desde 1950 el apoyo chino había sido fundamental para la resistencia vietnamita. Sin embargo, el régimen de Mao, era sustancialmente un régimen calcado al de la URSS. Un régimen estalinista, donde la democracia obrera no existía, y donde su política exterior poco tenía que ver con el genuino internacionalismo leninista. Pronto, los intereses de la casta burocrática que dominaba en Pekín colisionaron con los de la burocracia soviética. Procesos similares se habían producido en otros países, como en Yugoslavia, cuando Tito harto de la injerencia de la burocracia rusa había roto con Moscú en 1948.
En lugar de impulsar una Federación chino-soviética que hubiese supuesto un avance sin precedentes en el desarrollo mundial, desde 1960 se enfrentaron permanentemente, hasta el punto de llegar a escaramuzas militares fronterizas. Este enfrentamiento pronto se trasladó al conjunto del movimiento comunista. Algunos quisieron ver en China un verdadero espíritu leninista internacionalista frente a los manejos de la URSS. Curiosamente esta lucha llevó a una carrera por la hegemonía en los movimientos internacionales que durante años benefició enormemente a Hanoi. Ho Chi Minh se presentó durante muchos años como el abanderado de la unidad en el campo comunista. El prestigio de cada burocracia estaba en juego lo que, unido al riesgo de una victoria americana en la frontera china, llevó a que tanto chinos como soviéticos apoyaran el esfuerzo bélico de Vietnam del Norte y el Vietcong. Pero estos apoyos siempre fueron motivos de disputas. K.S. Karol, describe la situación de las siguiente forma: “Ya en marzo de 1965, Juslov y Ponomarev anunciaron triunfalmente a la delegación del Partido Comunista Italiano una información de sus militares referente al bloqueo por parte de los chinos de los convoyes destinados a Vietnam. Aquella campaña susurrada provocó, poco después, puntualizaciones enérgicas de Pekín; en ellas acusaba a Moscú de no haber utilizado deliberadamente los trenes especiales colocados a su disposición. Fueran cuales fuesen las razones, el caso era que la mayor parte del material soviético se llevaba hasta Haiphong por vía marítima, con lo que rodeaba el territorio chino (...) durante la primavera (1966) los chinos se declararon convencidos de que la URSS utilizaba su ayuda para presionar a los vietnamitas, para obligarles a hacer concesiones, y de hecho a capitular” (K. S. Karol, La segunda revolución china, págs. 444-445).
Como vemos, las recriminaciones eran recíprocas, los dirigentes chinos y soviéticos peleaban por una cuestión de prestigio. La traición de Mao en 1971, al llegar a un acuerdo con Kissinger, eliminaba de un golpe las ilusiones de aquellos que veían en Pekín un referente frente a la decadente burocracia soviética. Esta disputa benefició a Hanoi, que pudo oscilar entre uno y otro y tener una voz propia. Cuando China les abandonó, contaron con más material y apoyo soviético. La baza china, que luego se repitió vergonzosamente en Angola y Mozambique, tampoco les había servido de nada a Nixon y Kissinger.


El acuerdo de París

 

Con los chinos mirando a otra parte, Nixon reinició los bombardeos indiscriminados contra Vietnam del Norte en 1972. Quería arrancar a cualquier precio un acuerdo a Hanoi. Fue entonces cuando los pilotos empezaron a rebelarse en un número preocupante.
Hanoi también se la jugó. Para acelerar las negociaciones y tener una posición de fuerza lanzó una importante ofensiva en mayo de 1972. Era su respuesta a las presiones chinas tras el acuerdo Mao-Kissinger. La ofensiva de Pascua fracasó. Los blindados norvietnamitas llegaron a cien kilómetros de Saigón y se libró una dura batalla en Queng Tri cerca de la frontera. Sin embargo, el Vietcong apenas pudo intervenir; nunca había llegado a recuperarse de la ofensiva del Tet, y la operación Fénix estaba pasando una dura factura.
En esta situación, sin que ningún bando pudiera avanzar definitivamente, y con el imperialismo cada vez más desgastado en casa, se acercaba la firma de la paz.. En julio la paz parecía al alcance de la mano. Pero el gobierno de Thieu se negó. No quería reconocer al FNL como parte igual. Desesperado (ya sólo quedaban 40.000 soldados americanos en Vietnam del Sur), Nixon volvió a ordenar bombardeos indiscriminados de Hanoi y Haiphong. Tras éstos se llegó al acuerdo. Era el 27 de enero de 1973.
Se acordó la retirada en 60 días de las tropas americanas que todavía permanecían en el Sur y la liberación de los soldados presos. Se abrían negociaciones entre el gobierno de Saigón y el Vietcong para organizar un Consejo de Concordia y Reconciliación que prepararía una consulta electoral. Todo bajo supervisión internacional. A cambio de comprometerse de no derribar al gobierno del Sur, el gobierno del Norte recibiría 5.000 millones de dólares de EEUU.
Los soldados americanos salieron en el plazo previsto. Era la mayor derrota de su historia. Las negociaciones acordadas entre el FNL y el gobierno de Thieu empezaron en marzo. La paz se mantuvo durante unos meses pero, al igual que en 1954, los acuerdos eran inaplicables sobre el terreno.
El gobierno del Sur logró mantenerse dos años. Realmente no tenía por qué ser así. Cualquiera se daba cuenta de que había habido unos ganadores, Hanoi y el Vietcong, y unos perdedores, el imperialismo y sus títeres en Saigón. Si se mantuvo dos años fue porque Hanoi se empeñó en mantener el acuerdo. Posiblemente desconfiaba de sus propias fuerzas tras tantos sacrificios, también temía la reacción china o la posible vuelta a los bombardeos si lo rompía.
Una vez más, no había salida intermedia. El gobierno de Thieu y el Vietcong representaban dos modelos sociales irreconciliables. Thieu lo entendió pronto. A los pocos días de los acuerdos declaró: “Si los comunistas entran en vuestros pueblos deberíais dispararles inmediatamente en la cabeza”.
Los americanos continuaron financiando a la policía survietnamita. La prensa norteamericana reconoció la existencia de 20.000 “consejeros civiles” después de la retirada de las tropas, y que la operación Fénix, rebautizada como Programa F-6, estaba todavía en pleno apogeo.


Al fin Saigón

 

El recuerdo de los acuerdos de Ginebra estaba muy presente entre los militantes del Vietcong y no iban a permitir que, después de haber expulsado a los americanos, Thieu los masacrase como había hecho Diem. Así pues continuaron la lucha. En mayo de 1974 tras la conquista de nuevas posiciones militares por parte del FNL, Saigón suspendió las negociaciones. A Hanoi nunca llegaron los 5.000 millones prometidos. Igual que los acuerdos de Ginebra, los de París eran inaplicables.
Si en Laos se constituyó en abril de 1974 un nuevo gobierno de coalición, en Camboya los khmers rojos, muy fortalecidos, se negaron a algo similar y continuaron la lucha. A pesar de los miopes cálculos americanos, que creían que Thieu “había quitado la iniciativa a los comunistas”, todo empujaba hacia el reinicio de la guerra abierta. El 10 de marzo de 1975, el ejército norvietnamita lanzó la ofensiva en el puente de Ban Me Thuot, al noroeste de Hue. Se pudo comprobar lo que era el gobierno de Vietnam del Sur sin los soldados americanos. El régimen se desmoronó. El ejército survietnamita desertó en masa. Era un ejército de quintas que no le veía sentido a morir por un gobierno corrupto y dictatorial. Hue cayó rápidamente. La estampida se generalizó. Todos aquellos que habían participado en la represión anticomunista huyeron hacia los faldones americanos.    
No hubo resistencia. El gobierno había tratado de agrupar a la población amenazando con un supuesto baño de sangre a manos de los comunistas Esto no ocurrió, la guerrilla vietcong controló las aldeas y confraternizó con sus habitantes. Los tanques del Norte enfilaron hacia Saigón. Thieu dimitió el 21 de abril. Su sucesor firmó la rendición incondicional. Era el 30 de abril de 1975.


Una victoria ejemplar, una lucha heroica

 

Han pasado 30 años de la derrota más humillante del imperialismo norteamericano, el aniversario ha pasado prácticamente desapercibido en Occidente. Apenas un par de minutos en los telediarios y un par de páginas en algún periódico. ¿Olvido, casualidad...? Nada de eso. Incluso en un alarde de cinismo algunos cuestionan el resultado final: “Hoy sabemos, en cambio, que había mucho más de nacionalismo puro y duro que de marxismo en aquella contienda (...). En el tránsito de 1975 a 2005, cabe preguntarse si, de verdad, Washington perdió la guerra vietnamita” (editorial de El País, 3 de mayo de 2005). La burguesía se siente fuerte y cree que el peligro comunista es un recuerdo de la historia. Aprovechan la caída del estalinismo para reinventar el pasado, que en manos de los historiadores y comentaristas burgueses se ha vuelto impredecible. Ha sido un silencio consciente. El imperialismo no conmemora derrotas.
Más allá de tonterías como la de El País, Vietnam y sus efectos han tenido un largo recorrido en la historia. “El yanqui necesita jarabe vietnamita” se sigue oyendo en muchas manifestaciones. Desde entonces las intervenciones terrestres norteamericanas han sido pocas. Han utilizado otros medios: financiación de mercenarios (Nicaragua), guerra aérea (Yugoslavia)... Ningún gobierno quería pasar por lo que pasaron Johnson y Nixon, una guerra prolongada, con un fuerte desgaste en bajas propias y la un fuerte movimiento de oposición en casa. Tuvo que acontecer el 11-S para que la burguesía norteamericana empezara a cambiar la psicología de su población, contraria a implicarse en intervenciones militares en suelo extranjero con soldados de tierra. Luego han venido Afganistán e Iraq. A pesar de todo, la sombra de Vietnam es alargada. La oposición masiva en todo el mundo, incluido en EEUU, a la guerra de Iraq fue incluso antes de su comienzo, una diferencia con lo que aconteció en Vietnam durante el primer período de la intervención imperialista. De hecho, la movilización de millones de trabajadores y jóvenes contra el imperialismo norteamericano ha supuesto un cambio formidable en toda la situación política mundial.
El pueblo vietnamita obtuvo una magnífica victoria. La economía planificada se extendió a todo el país. Rompieron con el capitalismo y consiguieron su liberación nacional. Cualquier persona consciente debe apoyar incondicionalmente estas conquistas, que sentaron las bases para poder recuperar un país arrasado por la destrucción sembrada por millones de bombas imperialistas, un país en el que murieron por la guerra entre dos y cinco millones, según las fuentes.
Los acontecimientos posteriores también han demostrado los límites de un Estado obrero como el vietnamita, dónde estaba ausente la democracia obrera y las deformaciones burocráticas, a imagen y semejanza de la URSS, impedían el avance hacia el socialismo. Desgraciadamente, los límites de una economía planificada sin la participación consciente de los trabajadores, sin una democracia obrera genuina, volvieron a quedar de manifiesto. Vietnam no ha sido ajeno a lo acontecido en el mundo desde 1989 tras el colapso de la URSS y de los otros Estados obreros deformados de Europa del Este. Hoy es desde las filas del propio PCV desde donde se abandera una progresiva vuelta al mercado como en China o la URSS. Pero en el caso de Vietnam, como en los países anteriormente mencionados, la restauración del capitalismo supondrá una pesadilla para las masas. El control burocrático fue un freno, primero en Camboya, donde la toma del poder por la guerrilla del Khmer Rojo dio origen a uno de los regímenes más despreciables de la historia, que suministró “argumentos” a todos aquellos reaccionarios que utilizan el estalinismo y sus derivados para manchar las ideas del genuino comunismo. Si Pol Pot —el líder del Khmer Rojo— se mantuvo fue porque los enfrentamientos entre la URSS y China continuaron en el tiempo. Vietnam se convirtió en aliado de la URSS y Camboya de China. Finalmente Vietnam invadió Camboya y expulsó a Pol Pot en 1979. China respondió invadiendo Vietnam y fue derrotada. No es objeto de este artículo analizar estas luchas. Simplemente las mencionamos como reflejo del límite del estalinismo, de lo lejos que puede llegar la antimarxista teoría del socialismo en un solo país.
Pero nosotros no nos quedamos con eso. Nos quedamos con la valentía, abnegación y sacrificio de millones de oprimidos que lo dieron todo por cambiar su situación y con ello el mundo. Su ejemplo inspirará a generaciones de revolucionarios durante siglos. La guerra de Vietnam fue una de las más claras demostraciones de la barbarie imperialista, pero también una de las más bellas gestas que la humanidad haya protagonizado en el siglo XX.
En el siglo que comienza el imperialismo vuelve a estar cuestionado a escala planetaria. EEUU no tiene contrapeso en el mundo. Lo único que le puede hacer frente es la lucha de los oprimidos. Pensaron que Iraq era pan comido. Volvieron a equivocarse. Llevan dos años empantanados en una nueva guerra. Sí, en una genuina guerra por la liberación nacional del pueblo iraquí. La victoria vietnamita se gestó porque mientras luchaban por expulsar al imperialismo, luchaban por una vida mejor, por la tierra y contra el capitalismo. La historia es terca: no hay genuina liberación nacional sin liberación social. El que el Vietcong, a pesar de muchos errores en la política de su dirección, fuese claramente identificado con la revolución y el socialismo ayudó a ganar la simpatía internacional del movimiento obrero y a acelerar la acción contra la guerra en todo el mundo. Esa es la tarea que la resistencia iraquí tiene por delante: dotarse de un programa socialista, la mejor garantía para la victoria.

 

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

 

— Jonathan Neale, La otra historia de la guerra de Vietnam. Ed. De intervención cultural / El Viejo Topo, 2003.
— Pablo J. Irazazábal, USA: El síndrome Vietnam. Cuadernos del Mundo Actual, Historia 16, 1994.
— Howard Zinn, La otra historia de los EEUU. Ed. Hiru, 1999.
— Ngo Van, Memoria Escueta. De Cochinchina a Vietnam. Ed. Octaedro. 2004.
— Jacques Pouchepadass y Pierre Brodeux, El socialismo en el mundo hindú y el sudeste asiático; en Historia general del socialismo; de 1918 a 1945, tomo 2. Destino, 1986.
— Jean Lacouture, Los comunistas en el mundo asiático; en Historia general del socialismo; de 1945 a nuestros días, tomo1. Destino, 1986.
— Jim Hesman, Vietnam 1945. La revolución descarrilada. Publicado por primera vez en la revista marxista sudafricana Inqaba Ya Basabenzi. Septiembre 1986.
— Philippe Devillers, De Indochina a Vietnam. Cuadernos de Historia 16, 1985.
— K. S. Karol, La Segunda Revolución China. Seix Barral, Biblioteca Breve, 1977.
— François Derivery, Guerra y Represión: la hecatombe vietnamita; en El Libro negro del capitalismo. Txalaparta 2002.
— Historia del Comunismo: Aventura y Ocaso del gran mito del siglo XX. 2 Vols. El Mundo.

 

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