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Los 25 años pasados desde el 25 de Abril son una fecha demasiado importante para que la burguesía, sus políticos y sus periódicos la puedan pasar por alto. Sería demasiado obvio. Por eso hablan de ella, pero con el objetivo de ocultar lo que realmente pasó, para que la nueva generación de trabajadores no posea memoria de lo que sucedió en el 74/75, más allá de la fabricada por los ideólogos de la clase dominante.

La burguesía intenta transmitirnos la idea de que todo se trató de una simple revolución democrática, deseada, por otra parte, por todos los “portugueses de bien”. Y, si tal transición no fue totalmente pacífica, fue porque se cometieron “excesos”, “radicalismos”, “locuras”, que serían, claro, responsables de todo lo malo que sucedió en el país durante años. Se trata de la misma burguesía que negó los derechos democráticos a la clase trabajadora, para organizarse, para defenderse. La misma burguesía que durante décadas se lucró con los bajos salarios y las condiciones inhumanas a los que sujetó a los trabajadores con el auxilio de los soplones, de los pides asesinos y de todo el aparato represivo. La misma burguesía que durante años no dijo un ¡ay!... ¿Alguna vez un capitalista se pudrió en prisión? ¿O fue impedido de decir o hacer lo que le diera la gana?
Los “excesos”, los “radicalismos” y las “locuras” a los que la burguesía se refiere fueron las ocupaciones de tierras y de casas desocupadas, la autogestión, las nacionalizaciones, las Comisiones de trabajadores, vecinos y soldados que discutían, decidían y ejecutaban (es decir, los órganos del poder obrero embrionario). La “locura” fue, en definitiva, la acción heroica de la clase trabajadora de derribar el capitalismo, de expropiar a sus expropiadores, de transformar radicalmente la sociedad porque sólo el socialismo podía y puede satisfacer nuestras aspiraciones. Los trabajadores no hicieron la revolución para “decidir, una vez cada cierto número de años, qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento” (Lenin, El Estado y la revolución). Los trabajadores hicieron una revolución para cambiar el mundo. La revolución del 74/75 fue una revolución proletaria.


Antecedentes para la revolución

 

No se trata de semántica. Todas las revoluciones poseen un carácter de clase. Es decir, en todas las revoluciones existe un grupo social que arrastra a los demás en la lucha contra lo que es arcaico y está sobrepasado históricamente, y, claro, contra los que se oponen a la desaparición del viejo orden.
También en Portugal la burguesía hizo su propia revolución. Entre 1820 y 1834 (cuando los miguelistas y la antigua nobleza fueron definitivamente derrotados) la burguesía y sus políticos llevaron a cabo una lucha contra el viejo orden feudal, llegando hasta el punto de la guerra civil. Esto no tiene nada de sorprendente si pensamos que ninguna clase dominante, a lo largo de la historia, dejó de luchar por todos los medios y hasta las últimas consecuencias para mantener sus privilegios y posición social.
La burguesía portuguesa destruyó entonces, lo que quedaba de las viejas relaciones feudales de producción y el Estado absolutista que sobre ellas se erguía, a través de la desaparición del diezmo y la sisa (impuesto de transmisión de propiedades) y las restricciones al comercio y la producción. Abolió el mayorazgo (los privilegios del hijo varón primogénito) y expropió las órdenes religiosas monacales, volviendo plenas la posesión y transacción de la tierra. Implantó una Constitución y creó un parlamento, separando los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
Pero la burguesía era demasiado débil. Esto sólo era consecuencia del atraso económico del país, con una industria incipiente, un comercio arruinado por la independencia de Brasil, el lastre de los terratenientes y, como corolario, el escaso peso social de la burguesía. El resultado de todo esto fue la incapacidad de la burguesía portuguesa de llevar a cabo el conjunto de tareas históricas que le competían a su revolución.
Al contrario de lo que ocurrió en la Revolución Francesa de 1789, la burguesía portuguesa fue incapaz de llevar a cabo una reforma agraria que repartiese la gran propiedad entre los campesinos. No acabó con los latifundios de la nobleza, y las tierras expropiadas a la Iglesia fueron divididas entre ella y los latifundistas. Fue incapaz de proceder a la modernización del país. El ímpetu de progreso del fontismo fue sólo posible gracias al período de crecimiento general que el capitalismo disfrutó entre 1848 y 1870. No consiguió alterar el papel de Portugal en la división internacional del trabajo; no liberó al país de la asfixiante tutela del imperialismo inglés, que era el principal socio comercial. Finalmente, no sólo no abolió la monarquía, sino que tuvo que apoyarse en uno de los partidos dinásticos que luchaban por el trono. Para colmo, fue obligada a aceptar una Constitución otorgada por Don Pedro y no redactada por los políticos burgueses, una Constitución que, por cierto, ¡permaneció en vigor, con alteraciones mínimas,  hasta la implantación de la República en 1910! Y no es necesario comentar lo que significó la carrera de la burguesía para conseguir títulos nobiliarios después de la victoria sobre la antigua nobleza...
Todas las revoluciones tienen un carácter de clase. Ahora bien, no todas las revoluciones cambian las relaciones sociales de producción. La revolución republicana, por ejemplo, sólo llevó a cabo cambios políticos, cambios en cuanto a la forma de organización del Estado, conservando las relaciones sociales existentes. Pero la implantación de la República no fue sólo una revolución política. Fue, también, la última oportunidad de la burguesía de jugar un papel progresista.


Dificultades estructurales del desarrollo capitalista en Portugal

 

Éste no es el lugar para tratar a fondo la historia de la I República. Pero importa retener algunas cosas. Una vez más la burguesía portuguesa fue incapaz de llevar a cabo las tareas que le competían históricamente. Estos fracasos no se dieron por casualidad o mala suerte. Para modernizar el país, para impulsar su industrialización, eran necesarias tres cosas: capitales, mercados y mano de obra.
Los capitales eran escasos y, además, teniendo en cuenta la cerrada competencia externa —en especial la británica—, no eran invertidos en su mayor parte en la industria. Era mucho más seguro invertir en la adquisición de inmuebles, en la especulación, en el comercio y en la financiación de la deuda pública a través de títulos del Tesoro. Fue lo que la burguesía hizo. Buscando un buen margen de beneficio, se inhibió de invertir en la industria, precisamente al contrario que en los países avanzados.
El mercado interno era escaso, debido a la baja renta de una población dividida entre una masa de campesinos que disponían de poco más que lo suficiente para vivir, un proletariado cuyos salarios siempre estaban bajo presión por la “necesidad de abaratamiento del factor trabajo” y una pequeña burguesía urbana muy frágil. El atraso del campo, a su vez, limitaba la adquisición de productos industriales. Quedaban los mercados coloniales, pues los restantes, los de los países desarrollados, estaban excluidos por la débil productividad de la economía portuguesa, sin posibilidades de vencer en el mercado mundial.
Finalmente, la mano de obra sólo podía ser liberada en el campo con la modernización agrícola, mas ésta era imposible mientras la estructura social agraria permaneciese dividida en una enorme base de millares y millares de familias campesinas sin capital, muchas veces sin tierra o con poca tierra, y una oligarquía agraria que no sentía ningún estímulo para invertir, al disponer de una vasta y barata mano de obra. Era precisamente esta composición social del campo lo que confería poder e influencia a los terratenientes.
Alterar la posición relativa de Portugal en la división internacional del trabajo, esto es, su papel en el mercado mundial, significaba enfrentarse a los intereses ingleses, que tutelaban, de hecho, la economía nacional. Esto no se podía hacer. El capitalismo portugués necesitaba los capitales y préstamos internacionales, sobre todo británicos. También necesitaba los mercados coloniales. No se podía, simplemente, enfrentarse a “la señora de los mares” (Gran Bretaña); además, la burguesía portuguesa temía que los conflictos anglo-germanos se resolviesen con el reparto de las colonias lusas. En la cuestión de la dependencia imperialista del país los burgueses tenían las manos atadas, y si se realizaba una política proteccionista no era lo suficientemente agresiva como para eliminar la cuota de mercado interno de los exportadores británicos. Los políticos republicanos burgueses, una vez en el poder, abandonaron la retórica nacionalista y anti inglesa para convertirse a las “razones de Estado”. Las mismas “razones de Estado” que estuvieron detrás de la participación en la guerra imperialista de 1914-18 al lado de la “vieja aliada”.
También tenía la burguesía que expropiar a los latifundistas, abrir paso a la modernización del campo, liberar mano de obra para la industria y, en fin, modernizar el país. Pero no podía. Para llevar a cabo esa tarea necesitaba apoyarse en el proletariado y en las masas de la pequeña burguesía urbana (como se vio cada vez que frenó una intentona monárquica). La burguesía industrial no se oponía al latifundio, a las dimensiones de la propiedad agraria. Ciertamente, le molestaba la excesiva influencia de los intereses latifundistas, pero en el fondo temía más al “pueblo” que a la reacción ultramontana. Al contrario que la burguesía francesa en 1789, no lideró a la “nación” contra los obstáculos que el viejo orden se obstinaba en ponerle en su camino. La burguesía portuguesa se desarrolló de forma lenta, cobarde e indolente.


La dictadura de Salazar

 

Perdiendo apoyo social, enredado en una pavorosa crisis financiera —sólo en 1921 el escudo pierde cuatro veces su valor en relación a la libra, y los precios, con un índice 100 en 1910, llegaron a 2.658 (!) en 1924—, sufriendo los problemas propios de la debilidad económica del país, sumergiéndose en una inestabilidad política extrema (26 Gobiernos, 3 golpes militares, 4 elecciones generales y sólo un mandato presidencial completo, en el período 1919-1926), y siendo ya más un estorbo que un apoyo para los negocios, el régimen parlamentario burgués zozobraba.
La burguesía se daba cuenta de que su propio sistema político no funcionaba, clamaba por la desaparición de los sindicatos y partidos obreros. Aspiraba a un Gobierno que administrase sus intereses comunes, que fuese un árbitro supremo entre sus diferentes sectores, y, sobre todo, que fuese capaz de imponer orden. ¡Orden en los presupuestos! ¡Orden en el Estado! ¡Orden en las calles! Aspiraba a un Estado fuerte y apelaba abiertamente a los militares. Y, finalmente, el golpe vino. ¡Saludado hasta por “demócratas” republicanos!
El Estado Novo (la dictadura salazarista) fue la solución que permitió gestionar los intereses divergentes de las clases poseedoras y contener al naciente movimiento obrero y el descontento de las masas populares. Al contrario que los de Italia o Alemania, el fascismo portugués nunca llegó a contar con apoyo de masas, aunque en los años treinta se realizaran las escenificaciones de poder del fascismo portugués. Constitucionalmente la organización estatal era semejante, pero en Portugal el régimen nunca llegó a poder utilizar realmente la pequeña burguesía urbana como un ariete contra el proletariado. Su principal base de apoyo no estaba en la ciudad, sino en el campo. El Portugal “bucólico” y “honrado” no era sólo un sueño acariciado por el dictador. Por el contrario, si Salazar estaba al frente del Estado era porque el régimen, para mantenerse, necesitaba el apoyo del “Portugal de las pequeñas cosas”: el pequeño comercio, la pequeña industria, la pequeña propiedad agraria. Mas, simultáneamente, el régimen no podía enajenarse el apoyo de la gran burguesía industrial y comercial. No sólo por la fuerza e influencia que tenían, sino también porque el Estado Novo precisaba de ferrocarriles, infraestructuras, armamento y progreso industrial, esenciales para mantener, por lo menos, su posición relativa en el concierto de las naciones. Fue en este equilibrio precario, balanceándose entre las diversas facciones, en el que el Estado Novo, Estado bonapartista, autoritario y antiobrero, se mantuvo. Pero con él se mantuvieron los problemas crónicos de desarrollo de Portugal. Un nuevo impulso tenía que llegar para sacudir la estructura socioeconómica del país.


Los límites del capitalismo portugués

 

Finalmente, la industrialización en Portugal sólo arrancó en los años cincuenta. Con apoyos, inversiones y préstamos externos, y con la lenta acumulación de los sectores industriales y financieros, los platos de la balanza comenzaban a caer. El Estado tomaban por entonces un papel activo en el proceso a través de los Planes de Fomento, de inversiones necesarias para el desarrollo industrial (sobre todo, la electrificación) y del lanzamiento de nuevas actividades (abonos, pasta de papel, siderurgia y metalurgia), de la fijación de precios, con el crédito barato y selectivo, con la división preferencial de mercados, con exenciones fiscales, etc.
A través de las leyes de regulación de la industria, de un proteccionismo más agresivo que protegía las industrias portuguesas de la competencia externa, de una imposición de bajos salarios por la opresión directa a la clase trabajadora, el Estado, interviniendo directamente en el proceso económico, aceleraba la modernización. Al mismo tiempo favorecía la concentración de capital y la monopolización virtual de la economía por un puñado de grandes grupos.
Cuando se da la revolución, en 1974, la economía portuguesa está dominada por siete grandes grupos: CUF, Espírito Santo, Champalimaud, Português do Atlântico, Borges & Irmâo, Nacional Ultramarino y Fonsecas & Burnay. El dominio de las siete grandes familias se expresaba bien en dos datos: en 1971, siete bancos disponían del 83% de los depósitos y de las carteras comerciales, mientras que el 0,4% de las sociedades detentaba el 53% del capital total de todas las sociedades. En 1972, el 16,5% de todas las empresas industriales producía el 73% de la producción industrial. En la práctica, numerosas empresas que no pertenecían a las siete familias estaban supeditadas a sus decisiones.
El grupo CUF, el mayor del país, poseía, además de banca y seguros, más de cien empresas en los sectores químico, de jabones, de óleos, refinados y petroquímica, de minas, de metalurgia, de aparatos eléctricos, de construcción naval, de transportes marítimos, de tabaco y textil, de celulosa y papel, inmobiliario, de comercio, de hostelería, agrícola, de sociedades coloniales, etc., etc.
En el campo la concentración de propiedad no era menor. Basta referirse a que en 1968 las 1.140 explotaciones de más de 500 hectáreas suponían el 30,3% del total, esto es, ¡lo mismo que 631.482 explotaciones con menos de 4 hectáreas! Más que palabras, estas cifras eran un verdadero programa para la revolución social en los campos.
Portugal entraba en la fase superior del capitalismo descrita por Lenin, caracterizada por una situación de monopolio de sectores enteros y del conjunto de la economía, a través, no sólo de la concentración horizontal, sino también de la vertical (un mismo grupo controlando todas las etapas de una determinada producción), por la fusión entre el capital financiero y productivo y la subordinación de éste al primero, por su carácter progresivamente parasitario y especulativo (entre 1968 y 1972 los capitales y fondos de reserva de los principales bancos pasan de 7,3 a 13,3 miles de millones de escudos.
Además, el Estado colaboraba activamente con los grandes monopolios. Su acción no se resumía sólo en beneficiar a los monopolios a través de exenciones fiscales y subvenciones, de la redistribución de la plusvalía mediante los presupuestos, de la ampliación de un mercado privilegiado y garantizado a los monopolios a través del consumo público. La acción del Estado incluía el mantenimiento de infraestructuras no rentables y el refuerzo del sector estatal a través de la nacionalización de aquellos sectores de la economía absolutamente indispensables para el funcionamiento de ésta, pero que no proporcionaban un margen de beneficio satisfactorio o incluso eran deficitarios. Además, el Estado participaba directamente con capital en varias de las principales empresas, auxiliando así a los grandes capitalistas en la liquidez necesaria para la inversión.
El crecimiento económico es, de hecho, muy rápido, pero no debemos perder de vista que se partía de un nivel muy bajo y que todo esto sucedió durante el período de auge capitalista de 1948-73. Entre 1960 y 1973 la producción creció una media anual del 6,7%; el crecimiento de las industrias transformadoras fue del 9,2%, constituyéndose así en el motor de la economía; tal observación queda todavía más clara cuando verificamos que la productividad de la industria crecía a una tasa anual del 7,3%. Los sectores que más rápidamente crecían eran las nuevas industrias, como la química y los plásticos, las industrias metálicas de base y las de productos metálicos. La excepción más notoria era el crecimiento acelerado de la producción textil, que, aun perteneciendo a la estructura tradicional, se beneficiaba del desarrollo de las exportaciones. El sector servicios, con un desarrollo naturalmente más tardío, no desafinaba del cuadro general. Sólo la agricultura permanecía atrás; verdadero talón de Aquiles de la economía portuguesa, vio perder 600.000 empleos entre 1969 y 1973 (aunque el 32% de la población activa continuaba trabajando en el campo), no como resultado de un esfuerzo modernizador (las ganancias en productividad son casi nulas en todo este período), sino de una fuga masiva del empobrecimiento absoluto y relativo del campo. Ya entonces la agricultura era considerada un caso perdido para la “causa del progreso”, y, en efecto, desaceleraba la tasa global de crecimiento.
Mientras tanto, en la medida que se desarrollaba el capital, se desarrollaba también el proletariado, y, chocando con las contradicciones del desarrollo capitalista en Portugal, alcanzando sus límites, “la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios” (Marx y Engels, El manifiesto comunista).


Los límites del modelo económico salazarista

 

No obstante si en un primer momento, a través de la regulación de la actividad productiva y de la competencia, el Estado favoreció la acumulación de capital y la promoción artificial de determinados grupos empresariales, posteriormente funcionaba como una traba. Esa reglamentación de los mercados, principalmente en la década de los sesenta, se convierte en un obstáculo para la libre expansión de los monopolios, permitiendo el mantenimiento de pequeñas empresas sin viabilidad. A pesar de que el número de patrones en la industria disminuyó entre 1960 y 1970 de 49.552 a 17.835, las empresas de menos de 20 trabajadores empleaban todavía al 20% de los obreros de la industria. No se trataba de que el Estado no desease favorecer a los grandes grupos, su actitud dubitativa y de posponer el acondicionamiento industrial revelaba su miedo a perder el apoyo de esa capa conformada por la pequeña y media burguesía.
Además, estaban las trabas que el Estado imponía a la inversión externa. Si esto beneficiaba a aquellos sectores de la clase dominante que temían la implantación de modernas unidades productivas de capital extranjero dirigidas al mercado nacional, era, al mismo tiempo, tremendamente frustrante para los capitalistas portugueses cuya estrategia pasaba, precisamente, por la asociación (aunque en una posición de supeditación) con el capital externo. Esta inversión extranjera pasará de 826.000 millones de escudos en 1970 a 2.726.000 millones de escudos en 1973.
Portugal había seguido hasta entonces una política de autarquía económica. Pero el desarrollo del capitalismo portugués unía, cada día más, la economía del país a la economía mundial. Las empresas necesitaban de más y más mercado: ¿de dónde recoger las materias primas, la energía, los avances técnicos, los capitales? ¿A dónde vender mucho, cada vez más? Todos los esfuerzos para levantar un “mercado único portugués”, esto es, para basar el desarrollo económico en los mercados nacional y colonial, eran vanos. Los mercados de los países capitalistas desarrollados eran cada vez más importantes. El peso de las colonias en el total del comercio externo pasó del 18% en 1960 al 10% en 1974.
La entrada de Portugal en la EFTA en 1959 permitía el ingreso del país en una zona de libre comercio, también formada por Gran Bretaña, Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza y Austria. Esto implicaba una apertura arancelaria, aunque se excluyeron los productos agrícolas, se negociaron plazos prolongados para la eliminación de los derechos aduaneros que protegían la industria portuguesa, y se permitió plena autonomía tarifaria con otros países (por tanto, las relaciones privilegiadas con las colonias se mantuvieron). En este acuerdo se transparentan las debilidades del capitalismo portugués, y mostraba que el “orgullosamente solos” de Salazar entraba en abierta contradicción con las necesidades de expansión de las fuerzas productivas. Y, una vez más, la burguesía se dividía sobre cómo actuar; un sector apostaba claramente por la integración europea, otro se agarraba a la ilusión de un espacio económico portugués (con las colonias, claro).
El problema colonial era clave. El ala más estúpida y reaccionaria soñaba con más de cinco siglos de dominación colonial. Otro sector se daba cuenta de que tales sueños eran irreales, es más, se resentía de que cada vez más recursos fueran utilizados en una guerra sin final a la vista (en 1973, la guerra colonial consumía más del 40% de los presupuestos del Estado), obstaculizando, así, el ritmo de acumulación de capital y de inversión. El esfuerzo de guerra implicaba que, por ejemplo, el porcentaje de ejecución del Plan de Fomento  sólo fuese del 84,5% en 1968 y del 73% en 1969. No era de extrañar que parte de la burguesía aspirase a que los créditos de guerra fuesen utilizados en otros sitios. Y, aun así, incluso para el sector más inteligente o “liberal” de la clase dominante, la independencia “pura y simple” de las colonias no era aceptable. Porque eso hubiera significado su eliminación de los mercados coloniales y, sobre todo, porque la victoria de la revolución colonial sería el dinamo de la revolución portuguesa. La solución que pretendía ese sector era un modelo neocolonialista que protegiese sus intereses. El único “pero” es que los pueblos de las colonias no podían esperar a la generosidad y al ritmo de la burguesía liberal portuguesa. Dividida, sin ninguna solución viable, la clase dominante estaba paralizada.
No se piense que lo que estaba agotado era sólo un modelo de desarrollo capitalista, que había una burguesía liberal que no tuvo oportunidad de llevar a cabo las reformas pretendidas. La historia ya había mostrado de qué calaña eran estos “liberales”.
La burguesía, durante casi cincuenta años, jugó la carta de la represión al movimiento obrero, obteniendo su beneficio de los bajos salarios y las condiciones inhumanas de trabajo. Precisamente por esto, porque se basaba en la explotación de mano de obra barata, no invirtió lo necesario en máquinas y tecnología. En la medida que tuviese que enfrentarse a un duro choque, la estructura productiva portuguesa estaría en muy mala situación para hacer frente a la competencia externa.
Así, lejos de ser la tabla de salvación que algunos sectores esperaban, los mercados europeos se convertían rápidamente en un serio problema. El déficit de la balanza comercial pasó de 7.900 millones de escudos en 1964 a 17.700 en 1970 y a 28.400 en 1973. Las exportaciones comienzan a caer en 1973, a pesar de las primeras devaluaciones de moneda.
La tasa de beneficio bajaba en la industria; con ella, descendía el interés en la inversión productiva, y, de esta manera, se desviaban más y más capitales a la especulación financiera. El aumento de la formación bruta de capital fijo, o sea, del total de inversiones anuales en la producción, fue del 17,3% en 1966, del 5,7% en 1967, del 2,95% en 1968 y del 0,7% en 1969. Por otra parte, sólo en los cinco primeros meses del 73 el valor de las cotizaciones de títulos subió tanto como en los siete años anteriores, y el valor nominal de las acciones era ¡32 veces superior a su valor real! Con o sin 25 de Abril el crac de la Bolsa era absolutamente inevitable. Esa febril especulación alimentaba la explosión inflacionista: 11,5% en 1972, 19,2% en 1973. A medida que la economía capitalista mundial corría hacia la más grave crisis de sobreproducción de la posguerra, en 1973, que coincidió con el brutal aumento de los combustibles, la burguesía portuguesa se quedaba sin margen de maniobra.


La revolución en marcha

 

Lenin explicó muchas veces que para que explote una revolución y sea victoriosa son necesarias algunas premisas. La primera condición objetiva es la división en el seno de la clase dominante, y en Portugal, en vísperas del 25 de Abril, esa división saltaba a la vista. Un sector quería mantener todo como estaba, considerando que las más mínimas reformas provocarían una explosión. Apostaba todo a la represión y al mantenimiento del estado de cosas. Otro sector, más inteligente, comprendía que su dominio de clase sólo podría mantenerse a través de reformas por arriba que impidiesen la revolución por abajo. Unos y otros sólo divergían en la mejor forma de mantener sus privilegios de clase. Marcelo Caetano, en el papel de árbitro que le confería el puesto de dictador, tras la muerte de Salazar, apenas conseguía mantener un equilibrio entre estas dos alas de la clase dominante, que se expresaban políticamente en los ultras y los reformadores. Y esto era tanto más irónico cuanto que él mismo había tenido un recorrido político, desde la II Guerra Mundial, como tecnócrata reformador.
La segunda condición para una revolución, la neutralidad o incluso simpatía de la pequeña burguesía hacia el movimiento obrero, era evidente. Los estudiantes, que siempre son un barómetro muy sensible de la sociedad, expresan la crisis lanzando dos importantes luchas, en 1962 y, sobre todo, en 1969.
Las clases medias conocen una profunda transformación en los años que anteceden a la revolución. En primer lugar sufren un proceso de proletarización, o la inminencia de tal. El número de propietarios disminuye en la agricultura (de 78.435 en 1960 a 18.410 en 1970), en los servicios (de 57.987 a 23.035 en el mismo período) y en la industria (de 49.552 a 17.835). Empobrecidos, sin poder seguir contratando personal y dependiendo en gran parte del trabajo familiar, en los censos de población son absorbidos por las categorías de aislados o, en los casos más extremos, de “asalariados”. También los intelectuales son progresivamente proletarizados, aumentando un 40% el número de profesionales liberales, científicos y cuadros administrativos que trabajan por cuenta ajena. Estas cifras, más que cualquier otra cosa, explican el giro a la izquierda de unas clases medias amenazadas por el desarrollo de los grandes grupos, de la gran propiedad, y cansadas de la dictadura y la guerra colonial, donde también morían sus hijos. La pequeña burguesía ya no era un pilar seguro del régimen.
Las luchas estudiantiles, las huelgas de los profesores de instituto y los médicos en los primeros años de la década de los setenta mostraban su aproximación al proletariado y a sus formas de lucha y organización. Y la más evidente expresión de ese giro radical a la izquierda acabaría por venir del cuerpo de oficiales pequeñoburgueses que provocarían la caída del régimen el 25 de Abril.
La tercera condición objetiva para una crisis revolucionaria tiene que venir del propio proletariado, de su fuerza, determinación y coraje para luchar hasta las últimas consecuencias por la transformación de la sociedad. En el inicio de los setenta, el joven y moderno proletariado portugués maduraba para su “asalto a los cielos”.
Al incesante crecimiento numérico de la clase trabajadora (cerca de un millón de obreros industriales en 1970, constituyendo los asalariados de los sectores secundario y terciario el 58% del total de la población activa, a lo que se debían sumar bastantes centenares de miles de trabajadores del campo) se unían los efectos de la emigración (había millón y medio de emigrantes entre 1960 y 1973). La relativa ausencia de mano de obra, por la emigración, conjugada con un fuerte crecimiento económico, tuvo como consecuencia, naturalmente, un aumento de los conflictos laborales. Los trabajadores procuraron recibir una mayor parte del pastel.
Desde la célebre Huelga de Mala, en la que, durante tres días, los trabajadores de Carris dejaron de cobrar billetes, el movimiento obrero irá dando golpe tras golpe. Las reivindicaciones que empujan a la lucha son aumentos salariales y salario mínimo, decimotercera paga, reducción de la jornada laboral (semana de 40 horas), vacaciones pagadas de treinta días y prohibición de despidos sin causa justa; estas reivindicaciones se expresan en la exigencia de establecer contratos colectivos de trabajo. La clase obrera se lanza a la ofensiva, a través de peticiones, concentraciones a la entrada de la empresa, asambleas, huelgas de brazos caídos, desorganización secreta del proceso de trabajo, disminución de la producción, manifestaciones y huelgas. En todo este período, pese a la represión de la policía y de los pides (miembros de la PIDE, la policía política), a las sanciones disciplinarias y a los despidos, los trabajadores no se atemorizan y arrancan concesiones. A veces, incluso, consiguen todas las reivindicaciones.
Una de las características del movimiento es el hecho de que los trabajadores de cuello blanco (la aristocracia obrera) participan activamente en las luchas de los metalúrgicos, los trabajadores del sector químico o los del eléctrico. Los bancarios, por ejemplo, eligen en enero y febrero de 1969 dirigentes sindicales de oposición al régimen, en Lisboa y Oporto; en el siguiente año, tras una asamblea de siete mil trabajadores, acabarían por imponer el primer contrato colectivo. Ni el cierre de sus locales sindicales ni la suspensión de su dirección sindical en 1971 cortaría el ímpetu. Los bancarios continuaron manifestándose en el 72 y en el 73, recurriendo incluso, ese mismo año, a una huelga de tres días.
Entre 1969 y 1971 unos 30 sindicatos fueron tomados por listas opositoras de la confianza de los trabajadores, siendo el punto alto de este proceso la formación de la Intersindical, el 1 de octubre de 1970, cuando los sindicatos de metalúrgicos y del textil y el sector financiero convocan a otros sindicatos a una reunión conjunta. En los siguientes ocho meses las reuniones se suceden, llegando a juntarse 47 sindicatos. El movimiento sindical, huyendo de las mallas del corporativismo, apunta tres líneas maestras de orientación: libertad e independencia de las organizaciones de clase en relación al Gobierno, democracia interna y unidad del movimiento sindical.
La reacción del Gobierno no tardó. Publicó decretos-ley modificando la vida interna de los sindicatos, declaró la Intersindical ilegal, intentó impedir con un gran aparato policial que se efectuasen reuniones, asambleas o manifestaciones públicas, suspendió y cesó direcciones sindicales, estrechó la censura previa en los boletines internos, destruyó sedes y procedió a detenciones. Pero la represión no era una prueba de fuerza, sino de impotencia. El movimiento obrero no retrocedía, y, si el régimen sólo se mantenía por la coacción, los trabajadores demostraban haber perdido el miedo a la policía. Pero la dictadura no tenía alternativa a la represión.
Despuntaban ya las primeras señales de crisis. En 1972 y 1973 se congelaron los salarios, cuando las subidas salariales habían sido constantes en los sesenta (aunque seguían siendo todavía bajísimos) gracias a la emigración y a las luchas. La patronal se negó a revisar las remuneraciones en función de la tasa de inflación, y cuando ésta alcanzó, esos años, el 11,5 y el 19,2%, respectivamente, el espectro del aumento del coste de la vida apareció ante la clase obrera. El 15 de abril de 1973 se manifestaron 40.000 trabajadores en Oporto contra la carestía de la vida, pero fue sobre todo el período que va del otoño de 1973 al 25 de Abril el de mayor ímpetu huelguístico: en una situación de abierta represión, en que la huelga era ilegal, fueron 100.000 los trabajadores que recurrieron a ella. La lucha continuaba, poco a poco, minando el sistema productivo...
Todas las condiciones objetivas para una explosión revolucionaria estaban más que maduras. La guerra colonial, como telón de fondo, sólo convertía en más agudas las tensiones que afligían a la sociedad portuguesa. Guerra odiada por los más de diez años de combate, sin fin a la vista, que sacrificaban a toda una generación, por el desperdicio de importantes recursos del país, por el agravamiento que significaba para las condiciones de vida de las masas (de 1970 a 1973 los impuestos indirectos subieron un 73% y el impuesto profesional un 53%).
La guerra no contaba con el apoyo de nadie, excepto de los que con ella se lucraban. Incluso muchos de los oficiales, viendo el ejemplo de la inminente derrota de los poderosos Estados Unidos en Vietnam, se daban cuenta de que la victoria era imposible. En esta progresiva toma de conciencia de la inutilidad de la guerra por parte de la casta de oficiales, tuvo gran importancia la incorporación a filas, en el cuerpo miliciano, de los jóvenes universitarios que eran contestatarios al régimen. El Gobierno había pretendido eliminar el virus de la revolución a través de la movilización de los estudiantes, pero sólo consiguió que éstos llevaran su radicalismo dentro de un uniforme. Sería la casta de oficiales la que diría la última palabra en los estertores finales de la dictadura. Una de las características peculiares de la Revolución Portuguesa fue que los militares desempeñaron el papel dirigente del proceso en sus primeros momentos.
Poco satisfechos con su situación y estatuto, los militares entraron en colisión con el régimen a raíz de la publicación del Decreto-Ley 353/73, según el cual los oficiales milicianos podrían tener acceso al cuerpo militar permanente sólo con dos semestres lectivos en la Academia Militar, con la consecuente revisión de la posición de los otros oficiales en la escala de antigüedad. Este acceso, sustancialmente diferente al que hasta entonces existía, daría vida al movimiento de los capitanes.
Era, sin duda, una cuestión corporativa la que movía a los oficiales de carrera, que con esa medida se veían postergados en la evolución de sus carreras, ya de por sí difícil por la congestión de la cúpula jerárquica. No eran muy alentadoras las perspectivas para estos hombres, que tenían que hacer varias misiones de guerra en África. Pero, pese a ser una cuestión corporativa el motivo de su inquietud, evolucionaron (a partir de una primera reunión en septiembre del 73) hacia una oposición política a la dictadura y a la continuación de la guerra colonial, y hacia la caída del régimen por la vía de las armas. Los aumentos salariales de diciembre del 73, los traslados compulsivos de militares en marzo del 74, la dimisión de los generales Costa Gomes y Spínola, y el paso en falso dado por el Regimiento de Infantería de Caldas da Rainha, no fueron suficientes para impedir un movimiento militar que, mientras tanto, ya había saldado las iniciales rivalidades entre los oficiales de carrera y los milicianos.
Todas las condiciones objetivas para el despertar de la revolución habían madurado hacía mucho. Tan maduras estaban que, reflejando el impasse y la profunda crisis en que estaba metido el país, y apoyándose en el intenso combate que el movimiento obrero y popular mantenía contra la dictadura, los oficiales de bajo grado del MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas) dirigirían, el 25 de Abril del 74, un pronunciamiento militar victorioso.
La revolución había comenzado. La última condición para que la transformación socialista de la sociedad se llevase a cabo, esto es, la existencia del factor subjetivo (el partido revolucionario) sería ahora puesta a prueba. La revolución, en efecto, iba a probar al calor de los acontecimientos la validez de las ideas, del programa, de los métodos y de la estrategia de todas las corrientes de pensamiento en el seno del movimiento obrero.


El 25 de Abril y las primeras semanas

 

A pesar del control de la radio, de la televisión, de la prensa, de las escuelas y de la Iglesia, a pesar de la PIDE y del terror, a pesar de todo, la dictadura cayó. El día 25, cuando se produjo el golpe, la única sección del aparato del Estado en que el régimen podía confiar era la policía secreta, a él amarrada por el miedo de la ira popular a sus crímenes sangrientos.
A mediodía, cuando las tropas del MFA avanzaban para el Palacio del Carmo, donde Caetano y unos cuantos pides aterrados se refugiaban, una enorme multitud saludaba a los soldados. Nada ni nadie, excepto los pides, se mostraron dispuestos a defender el régimen. El movimiento de masas, en Lisboa, Oporto, Coimbra y dondequiera que hubiera movimientos militares, confraternizaba con la base de las fuerzas armadas (soldados y marineros), que no eran más que obreros y campesinos uniformados. En aquel momento ya estaba claro que la burguesía no poseía un instrumento seguro que pudiese utilizar contra las masas. Las ideas del PCP (Partido Comunista Portugués) y del PS (Partido Socialista) eran discutidas y comentadas en las calles. Los generales, almirantes y brigadas habían perdido completamente el control de la situación. Spínola aún fue al Carmo para, a petición de su amigo Caetano, impedir que el poder recayese en la calle, pero la Junta de Salvación Nacional (JSN) que formó no pasó de ser, por inhibición del MFA, un poder suspendido en el aire.
No había fuerza capaz de parar la ofensiva de las masas. El primer Primero de Mayo, pocos días después del colapso de la dictadura, lo demostraba perfectamente: sólo la manifestación de Lisboa juntó a más de 600.000 personas. Allí estaba el resultado de cincuenta años de “erradicación del comunismo”. Es más, los soldados y marineros desfilaron, con las armas en la mano, al lado de los obreros.
Una peculiaridad fundamental de la Revolución Portuguesa es que la insurrección comenzó en las fuerzas armadas. En ese momento, las masas fueron a las calles a ajustar cuentas con la policía secreta. En Rusia, en Febrero de 1917, fue un movimiento de masas lo que afectó al ejército. Cuando la policía tuvo que huir de Petrogrado, se llamó al ejército para restablecer el orden. La revuelta se produjo en las filas del ejército, mientras que la mayoría de los oficiales permaneció fiel al zar. Pero el movimiento de las masas y la distensión de la disciplina en las fuerzas armadas en Portugal, significaba que la situación aquí como luego demostraron los acontecimientos, era más favorable que en Rusia en Febrero de 1917.
Lenin explicó en sus Cartas desde lejos que la entrega del poder a la burguesía liberal inmediatamente después de la Revolución de Febrero era una consecuencia del atraso de la conciencia de las masas y de su organización incipiente, pero que a medida que las masas aprendiesen de su propia experiencia los bolcheviques ganarían la mayoría para su programa, con la condición de que explicaran sus puntos de vista pacientemente. Lo que era verdad para Rusia en 1917, lo era más todavía para Portugal en 1974.
Por otro lado, la situación internacional era mucho más favorable. Franco no podía intervenir, bajo pena de acelerar el proceso revolucionario en España. El imperialismo, después de haberse pillado los dedos en la tentativa de impedir la revolución colonial, se encontraba impotente. La última cosa que el Gobierno americano podía hacer era liarse en una guerra más, cuando estaba siendo expulsado de Vietnam y sufriendo una fuerte contestación interna. Las potencias europeas no estaban en mejor posición. En Gran Bretaña, los sindicatos derribaban, literalmente, al Partido Conservador del Gobierno, en Francia se vivía un giro a la izquierda que llevaría al poder a una coalición del Partido Socialista y del Partido Comunista Francés al final de la década, en Italia el Partido Comunista conseguía un 30% de los votos en las elecciones, y hasta en la pequeña Grecia, la dictadura de los coroneles acabaría en 1975. En esta década, el péndulo de la historia giraba a la izquierda. Con las manos atadas, recelosos de intervenir directamente, los capitalistas de todo el mundo sólo podían observar a distancia, y esperar mejores días...
Los capitalistas portugueses, por su parte, no podían hacer más. Una vez abiertas las compuertas, sin un instrumento seguro para reprimir a los trabajadores, la burguesía asistía impotente a la explosión del movimiento. El 24 de abril los trabajadores de Utic, Philips y Fapae ya estaban en huelga. Mague se paralizaba el 26 y Transul (transporte por carretera) le seguía los pasos el 30. Entre medias se liberó a los presos políticos, la población llevaba a cabo una caza de pides para evitar su reagrupamiento, llegaban del exilio Mário Soares y Álvaro Cunhal (dirigentes del PS y del PCP, respectivamente), entre otros, y se registraba la primera ocupación de viviendas, en el barrio de la Boavista, en Lisboa.
Después del 1º de Mayo los conflictos se suceden: Timex, ferroviarios, Rádio Renascença, CUF, Covina, supermercados AC Santos, Torralta, Carris, Bayer Portugal, Firestone, Messa, Lisnave (astillero de Lisboa), Singer, Renault, TAP (las líneas aéreas), construcción, Grao-Pará, farmacéuticos, Melka, etc., etc. A los obreros urbanos se junta la lucha del campo, formándose las Comisiones pro Sindicato en el Alentejo, y dándose en junio las primeras huelgas.
A lo largo de esas primeras semanas no hay, prácticamente, empresa que no sufra perturbaciones. Son cientos y cientos de miles los trabajadores que se lanzan a la lucha reivindicando: aumentos salariales, creación de un salario mínimo, fin de las discriminaciones salariales (“a igual trabajo, igual salario”), reducción del abanico salarial, elevación de las categorías más bajas, abolición de los premios, gratificaciones y privilegios, reducción del horario de trabajo (por ley) a 40 horas y a cinco días por semana, un mes de vacaciones con el 100% del salario, readmisión de los compañeros despedidos, y libros de cuentas y fiscalización de las actividades de la empresa. Finalmente, con un carácter marcadamente político, se exige la depuración de espías, policías y elementos fascistas de las empresas.
Todas estas luchas son dirigidas por comisiones de trabajadores creadas ad hoc, elegidas y revocables en cualquier momento, y que surgen por todos los lados organizando a los trabajadores, coordinando las luchas, negociando las plataformas reivindicativas, incluso ejerciendo, algunas veces, una misión de control y fiscalización de las actividades de la empresa.
Las huelgas, ocupaciones y manifestaciones de estas primeras semanas retoman lo fundamental de los puntos reivindicados por los trabajadores en el período anterior a la revolución, añadiendo otros más avanzados. Y es que nos encontramos en una situación diferente. Todo el país se conmueve hasta los cimientos: las empleadas domésticas (uno de los sectores más atrasados de la clase) forman un sindicato; los estudiantes de instituto entran en huelga; se forma un movimiento pro derecho al divorcio; El Acorazado Potemkin es exhibido por primera vez, y presentado como “el filme que muestra la gran lucha del pueblo contra la opresión burguesa”; espontáneamente, algunos obreros cambian el nombre del puente de Lisboa sobre el Tajo, de Salazar a Veinticinco de Abril. No se trata de un golpe de aire fresco, sino de un auténtico vendaval. Los periodistas depuran las redacciones de los periódicos, y hasta en la tropa se presentan plataformas reivindicativas, exigiendo el fin de la guerra, el aumento de la soldada, transporte gratuito y la revisión de los reglamentos de disciplina. Cala hondo el eslogan de “Ni un soldado más a las colonias”; en África soldados portugueses y guerrilleros confraternizan. Todo el país está de protesta, en lucha, en cambio.
La burguesía no sabe qué hacer, no posee fuerza ni una base en la que apoyarse. La JSN, el 2 de mayo, hace un llamamiento a que “se domine la impaciencia y se respeten las jerarquías”. Vuelta a repetirlo el día siguiente. Nadie escucha a Spínola, por eso el 6 de mayo se condenan “los atentados a la jerarquía”, la “expulsión de responsables” (depuración) y las “reuniones de funcionarios en horas de trabajo”. El 11 de mayo, la Junta comunica que se opone a las ocupaciones de viviendas, pero el 19 es forzada a legalizar esas mismas ocupaciones, tal es la fuerza del movimiento. En medio de una ola huelguística sin precedentes, la única cosa que la Junta tiene qu­e ofrecer a los trabajadores es, patéticamente, ¡la creación de una clasificación por edades de los espectáculos! (11 de mayo).
A la burguesía sólo le queda ceder y esperar. La única manera que tiene de controlar el movimiento pasa por atar a los partidos obreros a una política de frente popular, o, dicho de otra forma, por invitar a PS y PCP a integrarse, minoritariamente claro, en el gobierno. A Spínola no le queda otra alternativa. Y, la verdad sea dicha, no le fue difícil. El 5 de mayo el PCP defiende su inclusión en el Gobierno Provisional, y ya antes Soares había declarado su “disposición a colaborar con todas las fuerzas democráticas”.


El papel de la dirección del PCP y el PS

 

Constituido el 16 de mayo, el primer Gobierno Provisional, presidido por Palma Carlos, va a tener como tarea prioritaria parar las reivindicaciones obreras. No es por casualidad que el ministro de Trabajo sea militante del PCP. En las propias palabras de Spínola, “había que responsabilizarle abiertamente [al Partido Comunista] de las tareas del Gobierno. En caso contrario (...) no asumiría ninguna responsabilidad, reforzando su imagen con la crítica a los partidos representados en el Gobierno” (António de Spínola, Ao serviço de Portugal). Cínicamente, la burguesía planea utilizar a los dirigentes obreros, principalmente a los comunistas (por la autoridad que poseen en su clase), para realizar el trabajo sucio de encauzar de forma realista la lucha de los trabajadores. Más tarde, cuando ya no los necesitara, los despediría fácilmente.
Los ataques a la oleada de huelgas se intensifican, ahora con la colaboración de la izquierda. El 23 de mayo la Intersindical llama la atención sobre las “huelgas inoportunas alentadas por la reacción”. El 25 la Intersindical convoca una manifestación de apoyo al Gobierno Provisional y el PCP, en su primer mitin en Lisboa, critica “la ola generalizada de huelgas que sirve al fascismo”. Al día siguiente Álvaro Cunhal reitera que las huelgas pueden conducir al caos, y lo mismo hará Dias Lourenço, otro dirigente del Partido Comunista, ese mismo día. El 27 Lisboa está sin autobuses, sin tranvías y sin pan. El cobro de peajes en el puente sobre el Tajo es suspendido... El 28 un comunicado del Comité Central del PCP acusa a “los elementos más reaccionarios (...), los cuales, con la ayuda consciente de grupos de aventureros autodenominados de izquierdas, intentan empujar la situación hacia el caos económico y destruir las conquistas democráticas hasta ahora alcanzadas”. En el mismo comunicado llega a afirmar que la huelga de panaderos es fomentada ¡por “reconocidos agentes fascistas”!
El PS, en todo este período, adoptó una postura más discreta, y, a veces, hasta más a la izquierda que la dirección del PCP (por ejemplo, en la huelga de CTT), procurando no quemarse. Al fin y al cabo, compartiendo responsabilidades de gobierno con el PCP, no tenía la autoridad e influencia de éste en el seno del movimiento obrero. Pero también fue llamado a trabajar, y así, el 29 de mayo el PS dice “no” a las huelgas indiscriminadas. El mismo día, por la noche, en televisión, hay un auténtico bombardeo contra las huelgas: por ejemplo, se celebra una mesa redonda en la televisión pública con la participación del PPD (Partido Popular Democrático, actual Social Demócrata, burgués), del PS, del MDP (Movimiento Democrático Popular, íntimo aliado del PCP; de ahí que el PS lo llamara PCP nº 2), del Partido Comunista y de la Intersindical. El 30 de mayo Spínola se reúne con doscientos sindicalistas, a los que pide el regreso a la normalidad y la aceptación de la disciplina. El 1 de junio, mientras el PS defiende, sutilmente, el control “de las huelgas y de las clases trabajadoras” por parte de los sindicatos (las luchas estaban siendo impulsadas por comisiones de trabajadores de cada empresa), la Intersindical organiza una manifestación “contra la huelga por la huelga”. Mas éstas continuarán en el mes de junio.
Las conquistas del movimiento son históricas: el establecimiento de un salario mínimo, un mes de vacaciones pagadas al 100% y reducción del máximo de horario de trabajo semanal. Los aumentos salariales llegarían, de media, ¡al 35%! El salario mínimo de 3.300 escudos que el Gobierno es forzado a introducir alcanza a cientos de miles de trabajadores y en no pocos casos corresponde a un aumento salarial del 100%.
Huelga tras huelga, los diversos batallones de la clase obrera mostraban su fuerza y señalaban al conjunto de la clase su entrada en escena. El ambiente entre las masas era de euforia desbordada. Todo parecía posible en este primer “asalto a los cielos”. La burguesía, impotente, cedió en una empresa tras otra: las plataformas reivindicativas fueron aceptadas, de mala gana pero aceptadas, parcial o incluso totalmente. Si estas primeras semanas demuestran alguna cosa es que la transición al socialismo se pudo haber hecho pacíficamente, si el movimiento hubiera tenido una dirección política a la altura.


La respuesta de la reacción

 

La burguesía intenta recomponerse pero sin mucho éxito. Mientras Spínola va haciendo discursos lunáticos sobre el “sagrado suelo de Portugal”, la reacción muestra sus fuerzas el 10 de junio, día nacional: algunas decenas de manifestantes en Lisboa y Oporto llaman a la paralización del proceso de descolonización... Si en las calles no es posible invertir la situación, habrá que intentarlo a través de un golpe palaciego. Entre bastidores, las embajadas imperialistas, especialmente la americana, presionan a Spínola para que termine con la revolución. Éste hace planes y espera expulsar al PCP y posiblemente al PS del Gobierno incluso antes de final del año. Las maniobras de Spínola tienen como objetivo dar un giro bonapartista a la revolución, concentrando todo el poder en sus manos. Esto sería sólo el primer paso para echarla a perder, toda su preocupación desde el principio.
El 13 de junio en una reunión del MFA con la Junta de Salvación, Spínola propone un referéndum sobre el problema colonial para octubre, en que se haría también la elección de presidente de la República. Propone también elecciones para una Asamblea Constituyente el 30 de noviembre de 1976 (!). Estas propuestas son apoyadas por Sa-Carneiro (líder del PPD y uno de los liberales más histéricos), que exige la declaración del estado de sitio.
Tras el rechazo de la reunión a estas propuestas, Palma Carlos vuelve a la carga a principios de julio, pidiendo al Consejo de Estado poderes más amplios para hacer frente al “clima de indisciplina social” que era “completamente contrario a mi temperamento y a mi concepto de democracia”. En caso de ser rechazada la petición, dimitiría. Pero no existen ni bases de apoyo ni ambiente propicio para aceptar esto. Las propuestas de Palma Carlos, que van en la misma línea de reforzar los poderes del ejecutivo, plebiscitar a Spínola como presidente y retrasar las elecciones a Asamblea Constituyente hasta el 76, son desechadas por el MFA. Perdida la batalla, Palma Carlos renuncia al cargo, y con su derrota fracasan los planes de la camarilla spinolista, que intentaba cimentar la posición del general como árbitro y conductor del país, organizar un “Gobierno fuerte” y dar un margen de maniobra a los partidos burgueses para que se pudieran organizar. Spínola conserva la presidencia del Gobierno, y se prepara para una nueva oportunidad. Ya había sacrificado al primer ministro y, en lugar de tener un nuevo Gobierno Provisional sin ministros del PCP, se encuentra de bruces con un Gobierno más a la izquierda. Más importante, no consigue apartar al MFA del centro del poder. No sólo el primer ministro es ahora un militar, el coronel Vasco Gonçalves? sino que de diecisiete ministros hay ocho militares. Para más inri, Spínola levantaba, definitivamente, sospechas sobre su conducta entre los oficiales del MFA.
Finalmente, Spínola es forzado a reconocer el 27 de julio, el derecho a la independencia de las colonias, renunciando públicamente a sus tesis federalistas y neocolonialistas. Pero continuaba conspirando en la sombra. Sigue avisando de que “la patria continúa enferma; la patria continúa en peligro” (11 de julio), y de que “el clima de anarquía no puede continuar; (...) cualquier tentativa de romper la disciplina será tratada como una traición” (18 de julio). El llamamiento a la “mayoría silenciosa” y el 28 de Septiembre están de camino.


Protagonistas y perspectivas

 

Los capitanes habían tomado el poder el 25 de Abril, pero lo entregaron el mismo día, a la Junta de Generales y a Spínola. Luego, por la noche, hubo discrepancias sobre el programa del MFA. Spínola, en su primera alocución al país, haría referencia a la “defensa de Portugal uno y pluricontinental”.
Estos hombres, habituados a obedecer y respetar las jerarquías, consideraban natural que debían ser sus superiores jerárquicos quienes mandaran. Casualmente, ¿no habían puesto los capitanes al corriente de las líneas generales y planes del MFA a Spínola y Costa Gomes, sin que éstos se hubiesen arriesgado a participar en la conspiración? El programa del MFA, por su parte, era simplemente antifascista. Hablaba vagamente de libertades cívicas, un “programa de salvación nacional”, elecciones libres para una Asamblea Constituyente, etc. La ingenuidad de los capitanes era inversamente proporcional a la eficacia de su programa en dar respuesta a las tareas de la revolución. Esto no nos puede sorprender, al fin y al cabo el MFA era un movimiento de oficiales pequeñoburgueses. No era un partido político, no podía ser la vanguardia de la revolución.
Una crisis siempre divide a un ejército en líneas de clase. Por norma, la historia muestra que la base del ejército (los obreros y campesinos uniformados) se une al movimiento de masas y la cúpula, el cuerpo de oficiales, se mantiene fiel a la clase dominante. Pero la quiebra del capitalismo en Portugal era tan grande, la fuerza de la clase trabajadora tan inmensa que durante el proceso, una parte importante de los oficiales, radicalizándose, llegaría a romper con el capitalismo.
Mientras los capitanes entregaban el poder (suspendido en el aire, es cierto) a Spínola y éste conspiraba, los partidos obreros se habían convertido en un apéndice del MFA. No fue por casualidad, tal actuación era consecuencia de sus perspectivas incorrectas sobre la revolución. El papel que los militares desempeñaron durante la revolución no se debió a ninguna característica especial de las fuerzas armadas portuguesas, sino al hecho de que los partidos obreros no dotaron al movimiento de una dirección consecuente. Como dice una famosa frase de Hegel, “la naturaleza aborrece el vacío”.
Desde el principio tanto PS como PCP definen la revolución en curso como democrática, planteando que el momento es de consolidación de las libertades democráticas y que sólo después, tras un período más o menos largo, se podría luchar por el socialismo.
Escrito en 1967, el libro Acçao revolucionária, capitulaçao e aventura de Álvaro Cunhal definía en los siguientes términos la postura del PCP en la caída de la dictadura: “La tarea fundamental de [un] Gobierno Provisional es la instauración de las libertades democráticas y la realización de elecciones libres para una Asamblea Constituyente. Que esta tarea sea realizada es la única condición que el Partido Comunista pone para su participación en el Gobierno”. Y así fue. El propio 25 de Abril, la dirección del PCP reitera su disposición a colaborar “con todos los que desean luchar unidos para la creación de un Gobierno Provisional que instaure las libertades democráticas y acabe con la guerra, y que promueva a corto plazo elecciones para una Asamblea Constituyente”. El PS tampoco tenía nada más que ofrecer a la clase trabajadora más que “una democracia pluralista”. Aunque el 5 de mayo, en una entrevista al periódico belga Le peuble, Soares afirmase que “no se va a instalar en Lisboa un Gobierno de Frente Popular, sino un Gobierno de Salvación Nacional”, las alteraciones semánticas no cambian el carácter de colaboración de clases del Gobierno Provisional.
El Gobierno Provisional, a cambio de preparar y convocar elecciones y de algunas reformas, como un salario mínimo y las bases de un servicio nacional de salud, tenía en el punto de mira, antes que nada, garantizar, tanto una “vía gradualista para la solución del problema colonial”, como una “reforma gradual de la estructura agraria”, y dejaba bien claro, por la total ausencia de referencias al respecto en el programa de Gobierno, que no se tocaría ni un dedo del poder de los grupos monopolistas. Mientras los partidos obreros se esforzaban en contener los “excesos” del proletariado, que podrían asustar a sus aliados demócratas y a los más sesudos militares, la burguesía a través de su hombre, Spínola, conspiraba.
Tanto el PS como el PCP explicaban sus posturas por el hecho de que se trataba de “un período especial”, y con los argumentos de que “la correlación de fuerzas es desfavorable”, de que un programa radical empujaría a la pequeña burguesía a los brazos de la reacción, y, finalmente, de que primero era necesario derrotar a la reacción y al peligro de un golpe fascista; sólo después de que la democracia estuviera asegurada se podía luchar por el socialismo.
Es verdad que se vivía un “período especial”, pero ¿para qué sirve un programa si no puede ser aplicado en “períodos especiales”? Es cierto que PS y PCP afirmaban que su objetivo era la sociedad socialista, pero ésta era para mañana, nunca para hoy, era un fin más o menos lejano, y no una necesidad inmediata. En lo inmediato apenas tenían como meta introducir y aplicar reformas democráticas.
Los dos partidos justificaban el pacto con Spínola y los políticos liberales debido a la “correlación de fuerzas desfavorable”. ¿Pero qué significaba esto? ¿Que la clase trabajadora no era capaz de colocarse al frente de las masas populares y tomar el poder? ¿Que no tenía voluntad y determinación para luchar, y, si fuera necesario, hasta el fin? Durante la Revolución Rusa, en 1917, el proletariado no necesitó de la ayuda de los liberales de entonces para llegar al poder, y constituía apenas el 10% de la población. En Portugal los trabajadores eran la gran mayoría; que la economía funcionara dependía totalmente de ellos, e incluso tenían una mayor formación. Además, antes del 25 de Abril y, sobre todo después, los trabajadores (tanto los manuales como los de cuello blanco) demostraron una enorme capacidad de lucha.
Se sucedían lucha tras lucha, huelga tras huelga, ocupaciones, manifestaciones, peticiones; los trabajadores iban a los mítines, comenzaban a militar masivamente en sus sindicatos y partidos, leían, discutían, tomaban postura. Y la revolución sólo estaba en sus primeras fases. ¿Qué más se podía pedir a la clase obrera? ¿Que todos los trabajadores llegasen a las mismas conclusiones al mismo tiempo? ¿Que hiciera innecesario un partido que organizara el movimiento de la clase? El papel de la dirección política del movimiento es basarse en sus sectores más avanzados y arrastrar, al calor de la lucha, al conjunto de los trabajadores. No fue por casualidad que Lenin explicó tantas veces: “una revolución es una dislocación de las clases”. Las condiciones objetivas para la toma del poder por la clase obrera y las posibilidades de que la Revolución Portuguesa fuera el inicio de la revolución mundial sí existían, incluso más que en la Rusia de 1917.
Es verdad que, para tomar el poder, el proletariado necesita del auxilio, o, por lo menos, de la neutralidad de la pequeña burguesía. Es igualmente verdad que, en una situación de estabilidad, las clases medias son el principal cimiento social del capitalismo. Pero esto sólo ocurre cuando sus negocios van bien, o hay perspectiva para ello. Cuando no es así, la pequeña burguesía rápidamente se desprende de la camisa de la moderación. Si la pequeña burguesía tuviera un pavor genético al extremismo, ¿cómo explicar el hecho de que pueda sucumbir ante la demagogia fascista?
El desarrollo del capitalismo había sido, como vimos antes, el verdadero responsable de la proletarización de la pequeña burguesía, de su empobrecimiento relativo. El capitalismo no tenía nada que ofrecer a esta gente, sólo opresión e inseguridad. Estos sectores veían con simpatía la revolución, una buena parte participaba en el movimiento, y así sería, mientras considerase que la revolución y los revolucionarios respondían a sus aspiraciones.
No era por casualidad que el PPD, el principal partido burgués, fuera forzado, por la situación objetiva, a definirse “de centro-izquierda” y a hablar, incluso, de socialismo. Al establecer un pacto con los liberales, los partidos obreros estaban convencidos de que se aliaban a la pequeña burguesía. En realidad, las clases medias son muy heterogéneas, mucho más que el proletariado o la gran burguesía. Mientras que sus estratos más bajos, por sus condiciones de vida, tienden a aproximarse al proletariado, las capas más elevadas, por sus intereses, se aproximan a los capitalistas. Al establecer un pacto con los políticos liberales, que se apoyaban en los sentimientos antimonopolistas de estos sectores, no se estaban aliando a la pequeña burguesía, sino a sus explotadores políticos, apoyados y financiados por los monopolios. Y estos políticos liberales exigían un precio por esa alianza: frenar la movilización obrera, pues en caso contrario no estarían en disposición de aceptar el pacto.
Finalmente, vamos a hablar de la lucha democrática. ¿Luchar por la toma del poder por parte del proletariado, por la revolución socialista, era “saltar etapas”?
Rechazar las reivindicaciones democráticas, la lucha por reformas económicas y sociales, no sería un acto revolucionario, sino una demostración de sectarismo totalmente estéril. Pero la lucha por reivindicaciones mínimas o democráticas no excluye, más bien al contrario, la lucha por medidas más avanzadas, esto es, socialistas. El socialismo y, sobre todo, un programa de transición a la revolución socialista, no son sólo ideas bonitas. Por el contrario, son una condición necesaria para el triunfo de la revolución.
En la ola de huelgas que siguió al 25 de Abril los trabajadores exigían mucho y ya. Y tenían derecho a hacerlo. Es evidente que las huelgas conllevaban incomodidades, y algunas de ellas grandes. Pero la solución no era criticarlas o responsabilizar a los trabajadores. Los únicos responsables eran los mismos capitalistas que durante décadas negaron una vida digna a las masas populares. Es un hecho que la ola de huelgas desestabilizaba a la economía y que las reivindicaciones de los trabajadores eran inasumibles para el capitalismo portugués: ¡que la economía de Portugal dependiera de bajos salarios no era debido a una maldición de los dioses! La cuestión es que el capitalismo se había revelado totalmente incapaz de resolver los problemas de las masas y de dar respuesta a sus aspiraciones. Precisamente por eso, simultáneamente a la lucha por reformas era necesario explicar que sólo las nacionalizaciones bajo control obrero y la elaboración de un plan económico decidido democráticamente por los trabajadores podría asegurar las reformas que ellos tanto ansiaban. ¿Esto irritaría a los generales y burgueses liberales? Pues paciencia. Lo que no se podía era pedir a los trabajadores que fueran pacientes y entendiesen el “momento especial” que se vivía. Lo que no se podía, en definitiva, era sacrificar la lucha independiente del proletariado, a través de la cual éste se organizaba, formaba y fortalecía.
Incluso considerando que la prioridad era vencer a la reacción y eliminar la posibilidad de un golpe, que primero se debería asegurar la democracia y sólo después avanzar al socialismo, ¿por qué razón la democracia tenía que parar a las puertas de las empresas y de los cuarteles? ¡contra el sabotaje económico de los capitalistas sólo podía ser eficaz el control obrero de la producción! ¿Y por qué no podían los soldados gozar de derechos políticos y sindicales? ¿Por qué no podían tener el derecho de expresión y de asamblea en los cuarteles? La depuración de elementos fascistas sólo se podía efectuar con la elección y el control de los oficiales por la base.
En cuanto a la defensa de la democracia, ¿habría mejor método para combatir la amenaza de los fascistas que expropiar los bancos, las empresas y las tierras de la clase que los financiaba? ¿Habría mejor manera de vencer la crisis, la salida de capitales y el sabotaje económico, que podía enajenar el apoyo de las capas medias a la revolución, que nacionalizar los principales medios de producción bajo control democrático de los trabajadores? ¿Qué mejor forma de garantizar la libertad de información y de expresión que tener la televisión, las radios, los periódicos, bajo control obrero, en vez de estar en manos de media docena de capitalistas?
¿Qué mejor forma habría de asegurar la democracia que basar la toma de decisiones para la vida diaria de las poblaciones en las comisiones que surgían por todas partes? Los sóviets no nacieron en la cabeza de Lenin, nacieron como órganos de lucha del proletariado en una situación de combate al zarismo y por derechos democráticos, como comités de huelga centrales. Eran expresión de la voluntad de la clase obrera. En 1917, los bolcheviques, al mismo tiempo que luchaban por los más amplios derechos democráticos y por la convocatoria de una Asamblea Constituyente, agitaban con el eslogan de “todo el poder a los sóviets”. Aquí no existía ninguna contradicción: al mismo tiempo que consideraban la elección de una Asamblea un paso adelante (con respecto a un Gobierno Provisional que no fue elegido por nadie), explicaban que la única clase verdaderamente democrática hasta el fin era la clase obrera. De ella, de sus organizaciones y de sus formas de lucha dependía la libertad recién conquistada. De nadie más.
¿Habría mejor manera de defender la Revolución Portuguesa contra la agresión imperialista que apelar a la lucha y a la acción de los trabajadores de todo el mundo, y al tiempo ayudar y estimular la revolución internacional?
¿Y la defensa de todo esto significaba “saltar etapas”? La defensa de todo esto sólo significa el único programa que podía consecuentemente hacer frente a las tareas de la revolución y a los peligros que le amenazaban.
Contra todo esto se puede argumentar que, aunque suene muy bien, no sería aceptado por el conjunto de la clase trabajadora. En sus Cartas desde lejos, Lenin explicaba que la etapa democrática de la revolución termina en el momento en que los liberales toman el poder. Después, el momento que se vive corresponde a la fase de transición a la revolución socialista, esto es, a la toma de conciencia por parte del proletariado de sus propias tareas. ¿Era diferente la situación en Portugal? Los trabajadores no llegan automáticamente a todas las conclusiones, es cierto. Pero la clase obrera, en su conjunto, no aprende políticamente a través de los libros sino por su propia experiencia. Si la mayoría de la clase no estuviese, en los primeros momentos, dispuesta a apoyar ese programa la alternativa no es abdicar de él. Por el contrario, ese programa es el instrumento para ganar el apoyo de las masas. La alternativa era, como Lenin decía en las Tesis de Abril, “explicar pacientemente”. En última instancia, la marcha de la revolución confirmaría estos pronósticos.


La revolución acelera el paso

 

En principio, la formación del segundo Gobierno Provisional había mantenido los rasgos dominantes del primero. En primer lugar, a pesar de los choques entre la Comisión Coordinadora del MFA, por un lado, y la Junta de los Generales y la jerarquía, por otro, la composición del Gobierno intentaba mostrar públicamente la cohesión del ejército. Melo Antunes, Vitor Alves y Vasco Gonçalves, del MFA, eran compañeros de Gobierno de los spinolistas Firmino Miguel (ministro de Defensa) y José Eduardo Sanches Osório (ministro de Información). El respeto a Spínola, o por lo menos el rechazo a un enfrentamiento con él, era evidente.
En segundo lugar, ese Gobierno, en el que los representantes del PS y del PCP estaban rodeados por políticos liberales como Rui Vilar y Silva Lopes (ministros de Economía y Finanzas, respectivamente), o como la antigua directora del Centro de Documentación de la CUF (Lourdes Pintassilgo, ministra de Asuntos Sociales), promulgó leyes, una tras otra, limitando los derechos de huelga, manifestación y de libertad de prensa, y declarando de pasada un aumento de los precios de los bienes de consumo.
Habiendo sido avalado por los periódicos de Lisboa como el resultado de una victoria del “ala progresista” del MFA sobre los spinolistas, este Gobierno puso en evidencia las aspiraciones reales de la burguesía.
El 28 de Septiembre la clase trabajadora tasaría, por medio de su acción, el valor exacto de la correlación de fuerzas entre las clases, tras meses de un nuevo Gobierno de colaboración de clases, de decretos gubernamentales y de intervenciones del COPCON (Comité Operativo del Continente, formado entonces como un cuerpo al servicio del MFA dentro de las estructuras de las fuerzas armadas).
La composición del Gobierno era un espejo de su acción. Los puestos ministeriales claves estaban en buenas manos. Mientras la fuga de capitales y el sabotaje económico continúan, el ejecutivo procuraba “mantener las instituciones básicas de una economía de mercado; mientras los pides presos se amotinan por las “malas condiciones” en que se encontraban y miles de fascistas, antiguos legionarios y delatores, y hasta algunos pides, andaban sueltos, el Gobierno (27 de agosto) prohíbe las huelgas políticas, de solidaridad e interprofesionales, impone un preaviso de 37 días (!) y permite a los patrones el lock-out. Encima, las manifestaciones, por ley, sólo se podrían realizar después de las siete de la tarde, los días hábiles, y después de la una del mediodía, los sábados. Mientras los trabajadores luchaban por la depuración en sus empresas, el Gobierno metía en el congelador la depuración de las fuerzas armadas y las policiales (sólo habían sido depurados, en mayo, ¡42 oficiales!). Como explicaba Otelo Saraiva de Carvalho en el libro Cinco meses mudaram Portugal (Cinco meses cambiaron Portugal): “tenemos que entender que todos los elementos que integran las fuerzas militarizadas, como la Guardia Republicana y la Policía, son profesionales que, por norma, procuran desempeñar cabalmente sus funciones”. Todo dependería, entonces, “de una orientación nueva de esas funciones”, aprovechando el “buen profesionalismo” de esos elementos. Este “buen profesionalismo” se puso en evidencia cuando, el 14 de agosto, una manifestación de apoyo al MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola) prohibida por el Gobierno, fue reprimida por la policía, que mató a un manifestante.
Aun así, el Gobierno era impotente para asegurar “el orden y la disciplina” necesarias. Oponiéndose a la requisición civil, al envío de tropas para impedir huelgas y a la militarización del trabajo que ello conllevaba, y a una ola de calumnias según las cuales las huelgas eran reaccionarias, los trabajadores de la TAP reinician la lucha a finales de agosto, exigiendo la purga de los “buenos profesionales” y la participación de los trabajadores en el control de la empresa. De poco valieron los llamamientos a la paciencia y la moderación; a inicios de septiembre, 7.000 obreros  del astillero Lisnave desfilaron por Lisboa hasta el Ministerio de Trabajo, exigiendo la depuración de la empresa y protestando por la ley de huelga. Los militares enviados para impedir la manifestación acaban por abrir sus filas, dejando pasar a los manifestantes (a la luz de la ley esta manifestación era ilegal).
El Gobierno Provisional y el MFA intentaban conciliar lo irreconciliable. ¡En vano! Enfrentados a un enorme movimiento de la clase trabajadora, incapaces de moderarlo o disciplinarlo, y con la perspectiva inmediata de perder de golpe toda influencia en las colonias (a través de una descolonización que no controlaba), la burguesía y su hombre —Spínola— intentan (no tienen más remedio) un golpe de Estado. Eso ocurrió el 28 de septiembre. El punto de partida fue un discurso con ocasión de la independencia de la colonia portuguesa de Guinea-Bissau. El general, por televisión, hace un llamamiento a la “mayoría silenciosa” para “despertar y defenderse activamente de los totalitarismos extremistas”, del “abuso de libertad” y de la “reivindicación descontrolada”.
En “apoyo a las palabras del general Spínola” es convocada una manifestación de la “mayoría silenciosa” para el día 28 de septiembre, en Lisboa. Miles de comunicados, panfletos y carteles surgen por todo el país (unos firmados por una vaga “Comisión Organizadora”, otros anónimos), con el apoyo abierto de los grupúsculos neofascistas.
La contrarrevolución levanta la cabeza, financiada por los capitalistas. Además de toda la propaganda anticomunista que invade el país, sale el periódico Bandarra haciendo apología de Spínola y del colonialismo, llamando a la “manifestación de la mayoría silenciosa” y lanzando amenazas veladas a la izquierda. En Bandarra sólo hay un anuncio publicitario: del Banco Pinto & Sotto Mayor. El Banco Espírito Santo “presta dinero” para que los organizadores de la manifestación alquilen mil autocares, que transportarán a los manifestantes del norte. Mientras tanto, los grupos neofascistas adquieren arsenal abundante para la manifestación. Vale todo para la convocatoria: distribución gratuita, en Guimaraes, de entradas para un partido de fútbol que se va a celebrar ese fin de semana en Lisboa, ofertas de viajes a Fátima para los campesinos pasando por la capital, etc., etc.
La contrarrevolución está exultante. Y cuenta con el apoyo más o menos explícito de los “respetables y democráticos” partidos burgueses. El CDS (Centro Democrático Social, a la derecha del PPD) asegura que “el pueblo portugués (...) no le negará” al general Spínola “el apoyo masivo”. El PPD, miembro de la coalición de Gobierno, afirma que “las palabras del presidente de la República constituyen (...) un solemne aviso y una advertencia, tanto para Portugal como para Angola y Mozambique”. No hay un apoyo claro a la manifestación, no interesaba a la burguesía apostar todas las fichas al mismo caballo, sino hacer una útil división del trabajo, pues algunos sectores no estaban totalmente convencidos del éxito del golpe.
El objetivo de la “mayoría silenciosa” no sólo era organizar una manifestación masiva que plebiscitase a Spínola, sino también provocar disturbios en Lisboa que diesen el pretexto para implantar el estado de sitio y amordazar a la prensa, confiriendo plenos poderes al Bonaparte portugués para reponer el orden y “disciplinar” a la clase trabajadora y a sus organizaciones.
Hasta entonces, el PS y el PCP habían insistido en presentar a Spínola como un “gran demócrata”. Es más, Mário Soares, durante todo este tiempo, está en el extranjero, entre otras cosas empeñándose (como más tarde diría) en el “reconocimiento internacional” de Spínola, y preparando su intervención “triunfal” en la Asamblea General de la ONU. Los dirigentes del PS, simplemente, no comprendían la amenaza que gravitaba, también, sobre sus cabezas. La dirección del PCP, comprendiendo mejor los riesgos de la situación apelaba, aunque de forma un poco abstracta, a la vigilancia popular. Álvaro Cunhal, en un mitin en Amadora el 20, afirma: “¡Si la reacción aguza los dientes y se prepara a morder, es necesario partírselos antes de que muerda!”. Sin embargo, el mismo PCP, en una nota de su Comité Central del 24 de abril insiste en que “sea dado todo el apoyo al Gobierno Provisional y al MFA para la adopción de medidas de depuración” y, aunque las considera insuficientes, “declara su apoyo a las medidas recientemente promulgadas por el Gobierno para hacer frente a la embestida de la reacción”. ¡El mismo Gobierno donde se encontraban los conspiradores! La miopía de los dirigentes obreros era espantosa. No llamaban a la movilización, a la huelga general del proletariado, no estimulaban la creación de comisiones de soldados que dirigiesen la depuración en los cuarteles, no reclamaban el armamento de los sindicatos y de las comisiones de trabajadores para la defensa de su clase, no exigían, siquiera, la dimisión del conspirador Spínola.
A la escalada de provocaciones de la contrarrevolución los trabajadores responden tomando la iniciativa. Los ferroviarios y conductores de autobuses se niegan a transportar manifestantes. En la tarde del 27, a través de las radios, la Intersindical y los partidos de izquierda lanzan comunicados, y los trabajadores toman las calles. En las principales ciudades del país, de norte a sur, y especialmente en la roja Lisboa que se preparaba a acoger la manifestación de la “mayoría silenciosa”, se levantan las primeras barricadas. En Oporto, esa madrugada, ¡cien mil trabajadores se manifiestan contra el golpe fascista! Sin una dirección a la altura de las circunstancias, casi sin armamento y sin coordinación, los destacamentos más avanzados de la clase son capaces de unirse a los soldados y marineros, al grito de “Portugal no será el Chile de Europa”. ¡Y no lo fue, la clase trabajadora, unida, no lo permitió! Como más tarde confesó Otelo, “el asunto de las barricadas escapó completamente a las fuerzas del orden. Ni siquiera los soldados escaparon a la excitación de las masas”. La contrarrevolución no poseía una base de apoyo mínimamente consistente entre la población civil o el ejército.
Forzado a dimitir, Spínola se retiró para continuar conspirando y esperar mejores tiempos, siendo sustituido por Costa Gomes. Con él fueron cesados sus oficiales afectos del Gobierno y de la Junta de Salvación. Se hicieron algunas depuraciones, y en noviembre los generales más viejos de las tres ramas pasaron a la reserva: los almirantes a los 62 años, los brigadas a los 60 y los coroneles y capitanes de la Armada a los 57. Así, incluso Spínola había pasado, oficialmente, a la reserva.  Mientras tanto, en las altas esferas militares se procuraba que no se hostilizara demasiado al general del monóculo, ni a sus acólitos civiles (el PPD también formaba parte del tercer Gobierno Provisional). Los oficiales spinolistas no sólo estaban presentes en el MFA (Almeida Bruno, Mário Monge...), su implantación en el ejército continuaba siendo considerable. El mantenimiento de la unidad del ejército seguía siendo un tema central para el MFA.
El Movimiento de las Fuerzas Armadas se iba cimentando, creando una estructura interna. Había creado el COPCON (su brazo armado); después del 28 de septiembre, los oficiales creaban el entonces llamado Consejo de los Veinte, órgano colegiado de dirección del Movimiento que se basaba en la Asamblea de Delegados del MFA, con representantes de las tres ramas de las fuerzas armadas elegidos en cada unidad; así se reforzaba el carácter colegiado del poder político-militar. Simultáneamente, para llevar a las capas políticamente más atrasadas el programa del MFA, se inician las campañas de dinamización cultural, organizadas por la 5ª División, verdadero centro propagandístico del Movimiento.
En una situación de equilibrio entre las clases, en que la burguesía era incapaz de derrotar al movimiento de la clase obrera y la toma del poder por ésta se encontraba bloqueada por la ausencia de una dirección, el MFA jugaba el papel de árbitro de los conflictos. Lo había desempeñado en luchas laborales reponiendo el orden —por la fuerza— entre los trabajadores de la TAP, de la Timex o del Jornal do Comércio (Periódico del Comercio). Se presentaba como un árbitro entre los capitalistas y los trabajadores, imponiendo un compromiso. Sin embargo, se trataba de un árbitro que reivindicaba y se otorgaba el derecho de alterar las reglas del juego. Al fin y al cabo, como afirmaban los oficiales, “fuimos nosotros quienes hicimos la revolución”.
Todavía el proyecto de reconstrucción nacional y de democratización del MFA no se situaba por encima de las clases. Al margen del poder democrático de los trabajadores, ¿existe alguna cosa que no sea la dictadura democrática de la burguesía? Este movimiento ecléctico de jóvenes oficiales era muy parecido al tenentismo brasileño de los años veinte (movimiento democrático pequeñoburgués de tenientes), que acabó por descomponerse en dos corrientes: un ala izquierda que se aproximó al Partido Comunista del Brasil y un ala derecha que se unió a Getulio Vargas.
Más pronto o más tarde, el MFA se vería obligado a escoger un bando y por tanto sufriría una división parecida. De momento mantenía una frágil unidad, intentando desempeñar un papel semibonapartista, pero esa unidad era minada por el fermento entre los soldados, como reflejo del movimiento de los trabajadores. Haciendo concesiones a la derecha y a la izquierda, e intentando conciliar a patronos y obreros, el MFA que defendía relaciones sociales de producción, emergía de la crisis del 28 de Septiembre como “motor de la revolución”. O así lo consideraban los oficiales.


En camino hacia el 11 de Marzo

 

“La política es economía concentrada”, explicaba Lenin. Y ésta continuaba siendo la piedra de toque de la revolución. La primera gran oleada del movimiento, en mayo y junio, reflejaba el deseo de la clase obrera de obtener reformas, más salarios, mejores condiciones de vida. Se reivindicaba asimismo la depuración de las empresas, incluso ciertas formas de control obrero. El 28 de septiembre fue la respuesta de la burguesía a ese movimiento y a esas exigencias incompatibles con el capitalismo portugués y un intento de “salvar”, por lo menos, Angola. Y falló. Los trabajadores, comunistas y socialistas, habían aprendido ya la experiencia de luchar codo con codo.
Una nueva ola de luchas obreras surgiría como consecuencia de la degradación de la situación económica. En efecto, el tercer Gobierno Provisional no tenía soluciones para la crisis. Después del 28 de Septiembre, Vasco Gonçalves propone la realización de un domingo de trabajo para la nación, el 6 de octubre, siguiendo los llamamientos del PCP a dar la “batalla de la producción”, y la campaña que éste había lanzado en junio para que los trabajadores diesen un día de salario para la revolución.
La respuesta de los trabajadores fue muy significativa aquel 6 de octubre. Pero, realmente, no solucionó nada. Además de que sea la clase trabajadora la que cargue con los sacrificios de la difícil situación económica, ¿qué solución da un día por la nación a la fuga de capitales, al sabotaje económico, a la ola de despidos que las empresas llevan a cabo o a la desbocada inflación, que a estas alturas se aproxima al 30%? Aparte de las debilidades específicas del capitalismo portugués, toda la economía mundial estaba inmersa en la peor crisis desde la posguerra. ¿Podía un día por la nación hacer otra cosa que extraer un día de trabajo no pagado a miles y miles de trabajadores? No, no podía.
Ante la carestía de la vida, los atrasos salariales, los despidos masivos y el cierre de empresas, los trabajadores empezaron a ensayar nuevas soluciones para vencer la crisis. Desde el 25 de Abril exigen un papel en la dirección y el control de empresas tan diversas como Arsenal, Carris, Banco de Fomento e CGD, la radio Emissora Nacional y Século (Siglo), Metropolitano, Portugal e Colónias, Renault, Ciba-Gey e Sandoz-Wander y UCAL. En la ITT se reivindica la elección del jefe de personal, y en la TAP la de los administradores. Las comisiones de trabajadores, en decenas y decenas de empresas, controlan los libros de cuentas, las salidas y entradas, los despidos y los nuevos contratos.
Contra la crisis se va imponiendo el control obrero. Algunos ejemplos: en el invierno los trabajadores de tres cadenas de supermercados (Nutripol, con 350 empleados, Pao de Açúcar, con 2.500, y AC Santos, con 450) intentaron constituir un enorme grupo autogestionado en el sector de la distribución. En la Nutripol los problemas habían comenzado el 30 de octubre, cuando la administración suspendió el pago de salarios, bajo pretexto de dificultades en la tesorería; la comisión de trabajadores reaccionó ocupando las tiendas y reteniendo el dinero de las ventas. Un mes más tarde el patrón cedió y pagó. El 10 de diciembre, la empresa amenazó con no dar la paga extra; el 11, los trabajadores repetían la operación; el 22, éstos pedían que el Estado se apropiara del activo de la Nutripol y confiscara los bienes personales de los administradores; el 9 de enero, el patrón se declaró en quiebra. Los trabajadores se opusieron al cierre de la empresa constituyéndose como cooperativa, y se fusionan con sus camaradas de AC Santos y Pao de Açucar, eligiéndose una comisión de administración del nuevo grupo.

Rápidamente, los obreros de empresas autogestionadas se lanzaban a la tarea de racionalizar los circuitos comerciales decidiendo, por ejemplo, comprar ladrillos fabricados en el país en vez de importarlos (a precios más elevados) de Inglaterra y si bien muchos proveedores les boicoteaban por solidaridad capitalista, una vez tras otra el boicot era roto por las comisiones de trabajadores de las empresas que se negaban a hacer entregas; esto es lo que pasó con la Unilever (empresa de margarina y detergentes), Gelmar (de productos congelados) y SAAP (de pescado fresco). Y desde enero surge una reivindicación: la nacionalización.
En el campo la situación no era diferente. El 10 de diciembre del 74 los trabajadores ocupaban la primera finca, Monte Outeiro, de 775 hectáreas, sólo 200 de ellas cultivadas.
En un principio, la lucha de los jornaleros se había centrado en el aumento del salario, en la garantía de empleo para los parados y en la reducción de la jornada laboral. Se habían formado comisiones pro sindicato. El proletariado rural seguía los pasos de sus hermanos de la ciudad.
Los grandes propietarios no asumían los acuerdos alcanzados. En vez de contratar nuevos jornaleros los despedían mientras dejaban abandonados la tierra y el ganado y congelaban las inversiones. A partir de septiembre del 74 la situación social y económica se agrava en las tierras del sur.
En Monte Outeiro el propietario rechaza a dos trabajadores contratados a través del sindicato, admitiéndolos en la mañana del 8 de agosto y despidiéndolos al finalizar el día. El 17 de agosto manifiesta su intención de despedir a doce jornaleros más. Fue el rechazo obstinado del propietario a cumplir lo acordado lo que llevó a los trabajadores, con el apoyo del sindicato, a ocupar la finca eligiendo una comisión representativa y haciendo un llamamiento a la intervención del Gobierno. Seguirían las ocupaciones de las fincas Donas Marias y Corte Condeça. Una chispa incendiaba la planicie; el movimiento se generalizaba y el 9 de febrero de 1975 se realizaba la I Conferencia de los Trabajadores Agrarios del Sur, bajo el eslogan “Liquidación de los latifundios, la tierra para quien la trabaja”.
Por todas partes a través de la lucha y del curso de la revolución, los trabajadores iban tomando conciencia de sus tareas y sacando conclusiones. El 2 de enero del 75, la asamblea general del Sindicato de los Bancarios, en Lisboa, aprobaba una moción donde proponía al Gobierno la nacionalización de la banca, para “defender los intereses del pueblo portugués contra el imperialismo, los monopolios y los latifundistas”.
Partiendo de una lucha defensiva, esto es, para mantener las conquistas de la ola huelguística de mayo y junio, los trabajadores percibían que la única manera de conservar los empleos, el nivel salarial y las conquistas sociales pasaba por la expropiación de los patronos. La autogestión, el control obrero y las nacionalizaciones ya no eran aspiraciones de la vanguardia, de los activistas del movimiento, eran una necesidad sentida por cada vez más amplios sectores de la clase. ¿Qué mejor ejemplo de esto que el de los trabajadores de la Sociedade Central de Cervejas, que exigieron la nacionalización de la empresa para salvaguardar el empleo? ¿O que el de Iogurtes Bom Dia, cuyos empleados ocuparon la fábrica y mantuvieron la producción en autogestión? ¿Acaso los bancarios habían sido en alguna revolución la vanguardia del proletariado? Pero en Portugal, a inicios del 75, este sector privilegiado de la clase había comprendido algo fundamental: que la nacionalización de la banca era esencial para “defender los intereses del pueblo portugués contra el imperialismo, los monopolios y los latifundistas”.
En esta coyuntura es elaborado y discutido el famoso plan Melo Antunes. Los choques provocados en su elaboración habían sido difícilmente escondidos. En el Boletim do MFA (controlado por la izquierda militar) del 12 de noviembre del 74 se criticaba la “ausencia de una política económica general coherente” y la “lentitud con que son tomadas las decisiones”. Esta impaciencia de algunos sectores del MFA era el resultado de la crisis, de la acción de los capitalistas y del vigor del movimiento obrero. Melo Antunes dio la respuesta en una conferencia de prensa, a principios de diciembre: “el Gobierno”, donde él era un ministro sin cartera, “no seguirá el camino aventurero que pondría en cuestión las relaciones de producción en los países europeos occidentales”.
El plan saldrá adelante finalmente, el 21 de febrero, cuando sea aprobado en Consejo de Ministros. ¡Qué parodia tan miserable! En plena revolución, el Plan Económico de Tres Años era menos radical que las medidas de posguerra tomadas en Francia e Italia, y mucho más comedido que el programa del Gobierno laborista británico en 1945-51. El Plan consistía en el control parcial de ciertas industrias (como hizo el Conselho Nacional de Indústria Británica en Gran Bretaña), en la expropiación de algunas tierras (aquellas cuyo abandono era escandaloso) y en el aumento de la inversión extranjera. El Estado controlaría el 51% de las minas más importantes y de los sectores del petróleo y petroquímica, gas natural, acero, tabaco, armamento. En Gran Bretaña en esa época, ¡esas empresas estaban totalmente nacionalizadas! Aparte de esto, se preveía la nacionalización de los bancos emisores.
Melo Antunes, al mismo tiempo que calificaba el plan de “revolucionario”, se apresuró a tranquilizar a los capitalistas afirmando que no habría cambios “violentos y abruptos”. Es evidente que incluso estas medidas, en las cabezas de los militares del MFA y de los ministros de PCP y PS, llevarían su tiempo, y que eventualmente no sólo se indemnizaría a los pequeños accionistas.
Durante sus primeros Congresos legales en octubre y diciembre, el PCP y el PS habían reafirmado su disposición a luchar por “una sociedad socialista”. Si bien el Partido Comunista indicaba como tareas de la “revolución democrática y nacional” la reforma agraria y “liquidar los monopolios y promover el desarrollo económico general”, no lo desmenuzaba en medidas concretas. En ese mismo VII Congreso, el PCP propuso una plataforma reivindicativa para el “momento actual”; en ella no aparecían referencias a nacionalizaciones, tan sólo el “control por el Estado de la actividad de la banca privada”, el “apoyo y ayuda en créditos y otros estímulos a las empresas, pequeñas y grandes”, la “fiscalización y control por el Estado de las empresas que se muestren incapaces de cumplir su función”, el “refuerzo de las empresas públicas”, la “requisa por el Estado de las tierras no cultivadas” y la “fuerte tributación a los grandes propietarios y rentistas absentistas” (de cultivar la tierra). Ni nacionalizaciones bajo control obrero ni reforma agraria.
En cuanto a la dirección del PS, si en su Congreso de diciembre criticaba a la “socialdemocracia, que es una experiencia histórica característica de los países industrializados y superdesarrollados de Europa, pero que no tiene aplicabilidad en Portugal”, con respecto a sus “objetivos a corto plazo”, eran los mismos que los indicados en el programa del MFA, que “suscribimos íntegramente”. ¿Era casualidad que el mismo Melo Antunes del Plan “revolucionario” escribiese artículos en Portugal Socialista, órgano central del PS? ¿Acaso en septiembre del 74 Soares no se había reunido con Henry Kissinger para que éste enviase una delegación que comprobara la confianza que Estados Unidos podía depositar en la dirección del Partido Socialista?
Sin embargo, las organizaciones de masas no son, fueron ni serán herméticas como cemento. La radicalización del proletariado afectaba necesariamente a sus principales partidos, a su base social de apoyo, a sus militantes. Los trabajadores que en ese momento se ponían en lucha, ocupando empresas y tierras, aplicando la autogestión o exigiendo la nacionalización de sus empresas no eran trabajadores en abstracto, o marcianos. Eran trabajadores con convicciones y simpatías políticas, que militaban y presionaban. Eran en su gran mayoría, como los resultados para la Constituyente del 25 de abril del 75 demostró, trabajadores socialistas y comunistas. Es importante tener en cuenta que entre el 25 de Abril del 74 y el 25 de noviembre del 75 el número de militantes de PCP y PS pasaría, respectivamente, de algunos millares y algunas centenas a cerca de 100.000 y 60.000 (datos reales), excluyendo de estos cálculos la militancia de las Juventudes Comunistas y Socialistas. Si el crecimiento hubiera sido estable, sin altibajos (no lo fue), esto daría una media de 2.000 altas por semana a estos dos partidos, todas las semanas. Cuando a lo largo de la revolución se habla de las masas y de la clase trabajadora, se habla de esa enorme masa de trabajadores comunistas y socialistas. Y a esto podríamos sumar la militancia sindical que elegía dirigentes comunistas y también socialistas.
No es posible comprender la trayectoria de los partidos obreros sin entender que los deseos de sus dirigentes son sólo uno de los factores de la ecuación. Más allá de su voluntad subjetiva existen las presiones objetivas, tanto de la burguesía como del proletariado. Y éste veía en sus organizaciones instrumentos de lucha, recurrían a ellas, no a pequeños grupos con cuyas ideas podían simpatizar, pero en las que no veían fuerza. Los trabajadores no se limitaban a militar, acríticamente, sino que presionaban e intentaban transformar sus organizaciones. De otro modo ¿cómo sería posible, por ejemplo, que en el primer Congreso legal del PS, en diciembre del 74, las corrientes de izquierda obtuviesen cerca del 40% de los votos de los delegados? Y, en determinadas condiciones, esos mismos dirigentes podían ser forzados, por el curso de los acontecimientos, a ir más lejos de lo que querían.
Cuando los dirigentes de PS y PCP apoyaron el Plan de Tres Años demostraron a qué distancia veían el socialismo. No fue casualidad que la CIP (Confederación de la Industria Portuguesa) apoyara el plan. En él no había nada de socialista. En la medida que el Estado expandía su intervención en la economía, aliviaba a algunos sectores de la burguesía media de la presión monopolista. Es más, al fin y al cabo algunas de las “nacionalizaciones” permitían no tener que soportar, en un período de crisis, algunos sectores deficitarios pero esenciales para el funcionamiento de la economía. Lo que confiere a la economía un carácter de clase no es tanto la situación jurídica de la propiedad, sino las relaciones sociales de producción. Con tan tímidas intervenciones estatales y sin un plan económico democráticamente elaborado por los trabajadores, las propuestas de Melo Antunes no eran un paso en dirección al socialismo sino una manera de salvar el capitalismo en Portugal.
Pero este plan apenas dependía de los militares ni de la voluntad de los dirigentes reformistas. Aquí, la palabra la tenía principalmente el movimiento obrero, y, cuando el 7 de febrero miles de trabajadores marchan sobre Lisboa contra el desempleo y las maniobras militares de la OTAN a lo largo de la costa portuguesa, y a ellos se juntan los soldados enviados a reprimir la manifestación, la burguesía comprende que no será ningún “plan de tres años” lo que decidirá el impasse.  
Simultáneamente, la política de colaboración de clases que los partidos obreros llevaban a cabo no permitía a este nuevo ciclo de luchas obreras encontrar una solución global. Fue necesario el 11 de Marzo para crear un nuevo cambio en la situación. Y el Plan de Tres Años, que había sido cocinado durante meses en los pasillos y despachos ministeriales, fue barrido de un plumazo. ¡El MFA proponía, los partidos de izquierda aceptaban y la lucha de clases disponía!


‘La vía socialista de la revolución’

 

Con la revolución al rojo vivo, la autoridad de los patronos minada y la indefinida situación política y social, la burguesía no podía esperar a las elecciones a la Asamblea Constituyente. Sabían que las masas populares rechazarían el capitalismo, que los partidos burgueses quedarían en minoría. Sentían la ardiente presión de la revolución y buscaban un general que les salvase con una nueva dictadura policiaco-militar para restablecer la ley y el orden.
Unas semanas antes del intento de golpe, en las elecciones a Consejos de Armas, Spínola midió sus fuerzas en el seno de la casta militar. Para la Asamblea del MFA fueron elegidos masivamente oficiales de los llamados centristas, partidarios de Spínola, antiguos compañeros y ayudantes suyos, frente a los militares de izquierdas partidarios de Melo Antunes, Vasco Gonçalves u Otelo. El mismo Otelo y tres de los cinco miembros del Comité de Coordinación del MFA fueron derrotados en las elecciones de oficiales. Otelo asistió a la Asamblea del MFA, el 17 de febrero, en calidad de comandante del COPCON, pero sin derecho a voto.
Era evidente un giro a la derecha en el seno de los oficiales, lo que significaba un tremendo peligro para la revolución. Contando con el apoyo de las altas finanzas (Espírito Santo, Champalimaud, etc.) y del embajador estadounidense Frank Carlucci, auténtico jefe de la CIA en Portugal, Spínola movilizó lo que no llegó a ser más que un ejército fantasma. Haciendo correr el bulo de que estaba preparándose una matanza de Pascua para convencer a los vacilantes, Spínola se preparó para el golpe. Cuando éste se produjo se demostró, una vez más, la verdadera correlación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía.
Concretado sobre todo en los combates en torno al RAL (Regimiento de Artillería Ligera) 1, el golpe se esfumó en cuestión de minutos. Fue tal vez, la más ridícula tentativa contrarrevolucionaria de la historia. Fue un fracaso, precisamente, por la atmósfera revolucionaria que se respiraba y que estaba al rojo vivo, afectando no sólo a los trabajadores y campesinos, sino también a la base del ejército. No había un sólo regimiento en todo Portugal que desease ser utilizado contra la clase obrera. Los paracaidistas enviados a ocupar el RAL 1 aseguraban a la población de Sacavém, que se apresuró a defender el cuartel y que les interpelaba, que “nosotros no somos fascistas”.
Pero no fue sólo en el RAL 1. Esta vez no se levantaron barricadas, pero de forma espontánea o respondiendo a llamamientos de las organizaciones obreras la población acudió rápidamente a los cuarteles a formar piquetes, y los sindicatos realizaron movilizaciones en las empresas. En Santarém, por ejemplo, el Regimiento de Caballería, cuyas simpatías spinolistas eran bien conocidas, fue bloqueado por un piquete popular.
Paralelamente, se iba organizando una respuesta global. En Oporto, la Intersindical llamó, pasado el mediodía, a la huelga general. Al producirse manifestaciones masivas de trabajadores, las fuerzas implicadas en el golpe se hundieron y Spínola y su Estado Mayor tuvieron que huir al Estado español en helicóptero.
Los capitalistas portugueses habían perdido el apoyo que tenían en la población después de 48 años de dictadura, miseria y guerra colonial. Más allá de la canalla fascista y de unos cuantos oficiales, nadie apoyaba el levantamiento de Spínola.
El intento de golpe reaccionario para inclinar la situación a favor de los intereses del capital había fracasado. Al contrario, la balanza se inclinaba más a la izquierda. Lenin dijo una vez que “a veces, la revolución necesita del látigo de la contrarrevolución”. Una de las características de la Revolución Portuguesa fue que, precisamente por la ausencia de una dirección revolucionaria, todos los avances de la revolución fueron consecuencia de la respuesta obrera y popular a las tentativas de golpe de la burguesía y sus militares.
El mismo 11 de Marzo, los trabajadores de los bancos entraron en huelga, ocuparon las oficinas, formaron piquetes y exigieron su nacionalización. A la entrada de los bancos pancartas hechas deprisa y corriendo anunciaban “banco del pueblo” o “el banco pertenece al pueblo”. En decenas de empresas, los trabajadores reunidos en asamblea exigían la nacionalización de las mismas, como en la CUF, las CRGE (Companhias Reunidas do Gás e Electricidade) o los CTT. En los transportes, los trabajadores incluso fueron más lejos; no sólo explicaron que este sector era el pilar de la economía, y que hacía tiempo que los patronos se dedicaban al sabotaje —como pasó en Chile en 1973—, sino que amenazaron con apoderarse de los vehículos y ponerlos a funcionar por su cuenta, en caso de que los empresarios no fueran expropiados por el Gobierno. El movimiento en decenas, centenas, incontables empresas era simplemente imparable.
El ya olvidado plan Melo Antunes había sido sobrepasado por la marcha de la revolución. El conjunto de la clase trabajadora comprendía y exigía la necesidad de expropiar a la burguesía como única forma de asegurar la libertad y las conquistas de esos doce meses. Presionados por las movilizaciones obreras, enfrentados al hecho de que las siete familias habían financiado el golpe y de que ellos habrían perdido la vida caso de haber triunfado, los “oficiales progresistas” siguieron la dirección que les indicaban los trabajadores. Aceptando los hechos, anunciaron la nacionalización de los bancos, con indemnizaciones sólo para los pequeños accionistas.
En la célebre asamblea salvaje del MFA los oficiales radicales tomaron medidas. Los oficiales de derecha fueron cesados. Se alteró la estructura del Estado Mayor, se formó un Consejo de la Revolución, con poderes totales para “dirigir y llevar a cabo el proceso revolucionario en Portugal”, y se reorganizó la Asamblea General del MFA. Se detuvo a 131 militares golpistas, y también a muchos hombres de negocios, como a siete miembros de la familia Espírito Santo y a Jorge y José Manuel de Mello, directores de la CUF. Aunque después fueron liberados…
Después de la nacionalización de los bancos, como los trabajadores de seguros ocuparon sus empresas exigiendo la expropiación, el MFA decidió igualmente nacionalizar las compañías aseguradoras. Como los bancos y las aseguradoras controlaban una parte importante de la industria, se abría, de esta forma, una nueva etapa en la revolución portuguesa. Fue entonces cuando el MFA declaró que el objetivo de la revolución era ¡el socialismo! La casta de oficiales, protegida e impulsada por la acción de las masas, había consagrado un cambio fundamental. Había sido la acción y presión de los trabajadores lo que en todos los momentos decisivos de la revolución la había hecho avanzar. La fuerza motriz de la revolución eran los trabajadores y los soldados, encima de los cuales los oficiales intentaban mantener el equilibrio.
El MFA había declarado la vía socialista de la revolución. Generales y almirantes hablaban de socialismo y de “poder popular”. Pero ¿podía la revolución socialista ser dirigida por los militares? “Las condiciones materiales determinan la conciencia social”, explicaron Marx y Engels muchas veces. Y sólo el genio creador de la Historia podía proporcionar ese espectáculo extraordinario de la casta de oficiales a bordo del tren de la revolución. Pero no era por casualidad que los propios Marx y Engels explicaban que “la emancipación del proletariado será obra del proletariado mismo o no será nunca”. El papel que estos militares desempeñaban venía del hecho de que, por un lado, el capitalismo había llegado a un impasse total, y por otro la clase obrera se encontraba sin una dirección marxista que llevase el proceso hasta el final. En una situación así, la casta militar jugaba el papel de árbitro.
Como explicaban los oficiales del MFA, “después de todo, fueron las Fuerzas Armadas y no los partidos políticos clandestinos ni los intelectuales los que hicimos la Revolución de Abril del 74. Somos la vanguardia de la revolución, y por eso tenemos derecho a asumir la dirección de la nación”. En efecto, los partidos obreros no mostraban nada que se pareciese a una dirección. El 11 de Marzo los dirigentes del PS, criticando el golpe, apelaban sólo a que los trabajadores se mantuvieran “tranquilos y vigilantes”, y a que cooperasen con el MFA y el Gobierno Provisional para que triunfase la democracia. ¡Sobre la expropiación de los mayores adversarios de la democracia en Portugal ni una sola palabra! Y cuando los siguientes días los trabajadores pretendieron ajustar cuentas con los patrones que habían intentado ahogar la clase en un baño de sangre, la dirección del Partido Socialista se quejaba de que “en los últimos meses hemos visto varios ejemplos de un confuso ‘anarco-populismo”. ¡En las elecciones los dirigentes socialistas defendían la autogestión, pero cuando los trabajadores la ponían en práctica era un “desvarío”! Y, mientras tanto, las nacionalizaciones decididas por el MFA eran aceptadas con la misma naturalidad con que antes eran consideradas imposibles. El hecho de que el PPD continuara formando parte del Gobierno Provisional era, para Mário Soares, bastante natural, y no merecía reparos.
Ya Álvaro Cunhal, en un mitin el 16 de marzo, se quejaba de que “la agudización artificial de los conflictos sociales, los intentos de precipitarse sin razones válidas en una nueva oleada de huelgas, constituye, en su conjunto, una gran ofensiva contrarrevolucionaria que deteriora la situación política, creando un clima de caos e inseguridad” (!). ¡Como si la lucha de clases fuese un grifo que se abre y cierra cuando se quiere!, ¿acaso la situación del capitalismo portugués, agravado por el sabotaje activo de los patronos, dejaba más alternativa a los trabajadores que el “anarco-populismo”, por utilizar la expresión de Soares? Quizás todo se hubiera podido resolver con el Plan de Tres Años, si no hubiera sido por la aventura de Spínola… En el mismo mitin, cuando entre los asistentes se gritó “MDP en lugar de PPD”, el secretario general del PCP respondía que “será tal vez preferible esperar un poco para tomar las decisiones que la situación aconseja”. En ningún lado se defiende un Gobierno obrero, en ningún lado se defiende la creación, ampliación y unificación de las Comisiones de trabajadores y soldados. En ningún lado se defiende un programa de independencia de clase. “La naturaleza aborrece el vacío”, escribió Hegel. El papel que los militares desempeñaron no fue consecuencia de ninguna característica especial del MFA.
Y la casta de militares tenía su propia concepción de socialismo, como demostró el Pacto MFA-Partidos. El 11 de abril, en vez de convocar elecciones, seis partidos (CDS, PPD, PS, PCP, MDP y FSP —Frente Socialista Popular, escisión de izquierdas del PS—) firman la Plataforma de Acuerdo Constitucional, que concede al MFA el derecho de intervenir en todos los órganos de poder y de contribuir en la elaboración de un documento constitucional. El pacto daba al Movimiento un poder de intervención que iba desde el orden público hasta el funcionamiento de la Constituyente, pasando por la sanción de las leyes a elaborar; también influía en la elección del presidente de la República, y sólo el Consejo de la Revolución podía reformar la Constitución. Además, ésta tendría que “consagrar los principios fundamentales del Movimiento de las Fuerzas Armadas”. El MFA debía conservar, así, el poder decisivo entre tres y cinco años después de las elecciones. En realidad, si de ellos dependiera, permanentemente. En ese caso habría que preguntarse de qué servirían las elecciones.
No fue extraño que con esta concepción de democracia y socialismo, ya en la fase final de la campaña electoral para la Constituyente, la Comisión Dinamizadora Central del MFA abogase por el voto en blanco, por considerar que buena parte del electorado no estaba suficientemente preparado para votar conscientemente. Así, el voto en blanco sería el voto al Movimiento, el “motor y brazo armado de la revolución”.
De esta forma se constataban los prejuicios que la casta de oficiales poseía por la posición y función social que desempeñaban. Incluso empujados por el movimiento de la clase obrera y basándose en él, el MFA jamás construiría el socialismo. En todo caso llevaría hasta el fin el proceso de nacionalizaciones, levantando un Estado obrero burocráticamente deformado, en el que el poder no estaría en manos de los trabajadores sino de los militares. En realidad, no se habría diferenciado mucho de los regímenes bonapartistas de la Unión Soviética, China o Cuba.


La polarización de clases

 

Desde el inicio de la Revolución las relaciones entre PS y PCP habían sido tensas. En los primeros meses los dos partidos se habían enfrentado y en varias ocasiones el PS se encontró a la izquierda del PCP, como en la lucha de los CTTs en junio de 1974 o en la cuestión de la ley de huelga, cuando el PCP —con una parte de razón— se quejó de que después de acordar su aprobación, los socialistas la criticaran abiertamente. El PS intentaba así, disputar al PCP la hegemonía de la clase obrera. Pero el primer conflicto realmente serio se dio en enero de 1975, con respecto a la cuestión de la unidad sindical. Entonces vio la luz un proyecto de ley que consagraba la existencia de una única central sindical.
Rápidamente, el PS protestó por dicha ley argumentando, a través de su dirigente Salgado Zenha, que “si por vía de decreto se impone un sindicato único [por rama] y una confederación sindical única, por la misma lógica mañana se podrá imponer un partido único, una prensa única, una lista única de candidatos a la Asamblea Legislativa, etc., etc.”. Por su parte, el PCP y los diversos grupos de extrema izquierda defendieron el principio de la unidad.
Es evidente que la unidad de la clase trabajadora es esencial, pero esa unidad tiene que ser construida con la lucha de los trabajadores, a través de su participación democrática en las estructuras sindicales. Impuesta por ley, apenas tiene el valor del papel en que está escrita. Defendiendo el derecho a la organización sindical, al derecho de los trabajadores a organizarse como democráticamente lo deseen, adoptando el lema “ni dirigismo ni pluralismo, sindicalismo de base”, el Partido Socialista comienza a afirmarse como “el partido del socialismo en libertad”.
El PS no fue capaz entonces de bloquear la ley de la unidad. La Comisión Coordinadora del MFA toma el partido de la unidad y, en la víspera de la votación en Consejo de Ministros, una gigantesca manifestación (de cien mil) en Lisboa inclina definitivamente el peso de la balanza.
Pero si la cuestión de la unidad había llevado al PS a amenazar con su salida del Gobierno, la escalada de confrontación entre Partido Socialista y PCP llegaría al extremo tras las elecciones a la Constituyente del 25 de abril del 75. En esas elecciones, el PS sería el partido más votado, con el 38,87% de los votos frente al 26,38 del PPD, el 12,53 del PCP, el 7,65 del CDS y el 4,12 del MDP. La extrema izquierda, en su conjunto, no llegaba al 4%, y en cuanto a los votos blancos y nulos —que serían, en buena medida, votos al MFA—, eran el 6,94%.
La mayoría electoral de la izquierda era clara. Los partidos burgueses apenas tenían un tercio de los votos. Pero si el proletariado estaba dividido entre el PS, de un lado, y PCP y MDP de otro, los resultados demostraban que el Partido Socialista era, objetivamente, el partido que más votos recogía en el seno de la clase trabajadora. Era el partido más votado en Lisboa, con el 46% de los votos frente al 19% del PCP; también lo era en Setúbal y Évora (aunque por pocas décimas), y por mucha ventaja, en Portalegre, Faro, Ribatejo u Oporto. El PCP sólo conseguía ser el partido más votado en el distrito de Beja (39% frente al 35% del PS).
Desde luego se imponía una pregunta: teniendo en cuenta estos resultados, ¿por qué aguantó la burguesía seis meses más de “anarquía revolucionaria”, hasta el 25 de noviembre? En realidad, el voto al Partido Socialista no representaba un voto al capitalismo, sino un voto al “socialismo en libertad” que la dirección pregonaba. Después de 48 años de dictadura, la última cosa que los trabajadores deseaban hacer era perder los derechos democráticos conseguidos entonces. El PCP aparecía, para la mayoría de los trabajadores y por su propia responsabilidad, totalmente identificado con los Estados burocráticamente deformados del Este de Europa. Los sesgados elogios al “sol de la tierra” que se hacían en las páginas del Avante (órgano central del PCP) asustaban mucho a muchos trabajadores. Los obreros que votaban al Partido Socialista veían en él una alternativa posible al bonapartismo proletario; el rechazo del capitalismo por parte de la base obrera del PS es la única explicación de ese equilibrio de fuerzas y de esa situación de dualidad de poder que durará hasta finales de noviembre. La base de apoyo de PCP, MDP y la extrema izquierda, por sí sola, no permitía eso. Si existen dudas sobre los anhelos de la base obrera socialista, ahí estaban los carteles del PS para el Primero de Mayo de después de las elecciones: “control obrero” y “autogestión” eran las consignas.
Sea como fuere, la dirección del Partido Socialista no dejaría de aprovechar estos resultados a su favor, para combatir la influencia del PCP en las estructuras sindicales, en los medios de comunicación, en los ayuntamientos, en el Gobierno Provisional y en el seno del MFA. La burguesía, por su parte, después de haberse quemado los dedos en dos tentativas frustradas de golpe, comprendía mejor los servicios que los dirigentes socialdemócratas del PS le podían prestar. En realidad, no tenían alternativa, y desde entonces, la derecha se pega nítidamente al PS sin que eso incomodara a los dirigentes socialistas en lo más mínimo.
Y los conflictos reventaron en la conmemoración del Primero de Mayo. Es cierto que Soares pretendió crear un enfrentamiento, pero los dirigentes comunistas le dieron el pretexto servido en bandeja. El PS había exigido que sólo dieran discursos los dirigentes de PCP, Partido Socialista y MDP, dando de lado así a MES [Movimento de Esquerda Socialista] y FSP (Frente Socialista Popular, escisión del PS en enero) por no considerarlos representativos. Como intento de consenso se decidió que ningún partido tomaría la palabra. El PS, en respuesta, convocó una manifestación separada que terminaría junto a la de la Intersindical. El cortejo del PS llegó cuando el mitin ya había empezado. Y, mientras hablaba Vasco Gonçalves, Mário Soares hacía un discurso paralelo, escuchándose pitos y palmas. Ya hablaba Costa Gomes cuando Soares intentó llegar a la tribuna, lo que fue impedido por un militante de la Intersindical, que le acusaba de divisionismo. Volvió para atrás en medio de enfrentamientos físicos entre socialistas y comunistas. Y la televisión mostrando todo esto al país. Al día siguiente el PS convocaba en Lisboa una manifestación, donde participarían miles de personas, con el lema “hay que respetar la voluntad popular”. Los conflictos que se sucedieron posteriormente sólo fortalecieron la posición del Partido Socialista.
Más grave aún sería el enfrentamiento por el periódico República. El 19 de mayo los trabajadores de República cesan a la dirección del periódico (afecta al PS), sacando la publicación con un nuevo director y una nueva redacción. Ese mismo día, los ministros socialistas deciden, en señal de protesta, no aparecer en las reuniones de Gobierno. En nombre de la libertad de expresión, el PS precipitaría la crisis política del verano.

El caso República reventó cuando sus trabajadores, sobre todo los tipógrafos, se oponen a su línea editorial ya que consideraban que había transformado el periódico en un órgano oficioso del Partido Socialista. Y como el PS estaba traicionando el proceso revolucionario… El PS moviliza a sus militantes, que se manifiestan frente a la sede del periódico hasta la madrugada. La consigna más gritada es significativa: “República es del pueblo, no de Moscú”. Los dirigentes del PS no quieren el periódico, quieren la crisis. Aunque el PCP se apresura a decir que no tiene nada que ver con el caso, no condena las depuraciones en el periódico.
Es cierto que la lucha de los trabajadores de República debía ser apoyada y que éstos tenían el derecho de mandar en el periódico donde trabajaban y que las decisiones no pasaran sólo por los accionistas y redactores. Mas, simultáneamente, era necesario explicar que el PS, como el mayor partido obrero que era, no podía ser pura y simplemente excluido. El acceso de las organizaciones obreras a los órganos de prensa tenía que ser proporcional a la importancia de las mismas. Pero el PCP no podía criticar los métodos que estos trabajadores afectos a la extrema izquierda aplicaban en República. Hacerlo sería poner en cuestión su predominio en Diário de Notícias, Século, Diário de Lisboa, los servicios informativos de la Emissora Nacional o la televisión. Y es que ese predominio había sido alcanzado con esos mismos métodos por sus militantes…
Como en la Revolución Alemana, cuando en enero de 1919 los elementos más radicales ocuparon en Berlín la sede del órgano central del Partido Socialdemócrata, con el mismo pretexto lo hacían los trabajadores de República también en Lisboa en 1975. Este hecho fue utilizado por los líderes socialdemócratas para lanzar una campaña anticomunista encubierta en la defensa de la libertad.
Es verdad que al ser el órgano oficioso del PS, República prestaba un flaco servicio a la Revolución, como afirmaban sus trabajadores. Los dirigentes socialistas no querían, de hecho, implantar el socialismo en Portugal. Pero esto es una conclusión a la que su base social de apoyo todavía no había llegado. No deja de ser significativo de las aspiraciones de los simpatizantes y de la base militante y obrera del PS que, en las páginas de Portugal Socialista (periódico del PS), la posición del partido fuera defendida ¡recurriendo a un artículo de Carlos Marx sobre censura y libertad de prensa en Prusia! Al atacar al PS de esa manera, los trabajadores socialistas no vieron una depuración de los enemigos de la Revolución, sino una depuración de compañeros de su partido. Lejos de silenciar “las mentiras del PS”, el caso República iba a darles una proyección como nunca habían tenido. Y la Fonte Luminosa [manifestación masiva organizada por el PS que serviría de punto de apoyo para liquidar las conquistas de la revolución (Nota del Traductor)] ya venía de camino…
Los consensos que el Consejo de la Revolución (CR) intentaba alcanzar no resultaron y, cuando el 10 de julio, el periódico reaparece bajo control de los trabajadores con el coronel Pereira de Carvalho como director nombrado por el CR, el PS abandona el Gobierno, un acto que fue seguido días más tarde por el PPD. Terminaba así, la experiencia del IV Gobierno Provisional que había tomado posesión después del 11 de Marzo.
Estos conflictos entre PS y PCP no eran debido a un enfrentamiento personal, o simplemente a la lucha por el poder entre dos partidos. Aunque de forma distorsionada, estos conflictos reflejaban la lucha entre las dos clases fundamentales de la sociedad portuguesa: la burguesía y el proletariado.
En una primera fase, los sectores decisivos de la burguesía habían apostado por Spínola para reponer el orden. Lo intentaron, primero, con el golpe constitucional de Palma Carlos. Fallaron. Lo siguiente fue la aventura, ya no palaciega, del 28 de septiembre. Como en el 11 de Marzo, la respuesta unitaria de la clase obrera a la que se unieron soldados y marineros y hasta oficiales radicales, impidió el paso a la contrarrevolución. Cada vez que la burguesía había intentado acabar con la revolución la había empujado más a la izquierda. De cualquier forma la burguesía, dividida, nunca había puesto todos los huevos en la misma cesta. Al mismo tiempo que conspiraba mantenía su partido “liberal y democrático” (el PPD) para colaborar en el Gobierno Provisional con los partidos obreros e implantar la democracia. Después del 11 de Marzo y de las elecciones para la Constituyente era evidente para los sectores más inteligentes de la burguesía —y también de las potencias imperialistas—, que la mejor arma que poseían para impedir el paso de la revolución era la dirección del Partido Socialista.  Lo que no significa que otro sector no continuara rumiando su deseo de un golpe de fuerza. Las estructuras terroristas del MDLP o del ELP ahí estaban para demostrarlo. No existía ninguna divergencia seria entre los liberales y los reaccionarios. Sólo discrepaban en la manera de mantener su dominio de clase. Y esta división del trabajo no dejaba de ser, desde un punto de vista burgués, bastante útil.
La fuerza de la clase obrera, su alto grado de conciencia de clase, a pesar de la división entre socialistas y comunistas, imponían un serio equilibrio de fuerzas. La burguesía, al inicio del verano, empezaba a poder movilizar una base social de apoyo real, sobre todo entre los campesinos políticamente atrasados del Norte. Si las elecciones para la Constituyente habían demostrado una inequívoca voluntad obrera y popular de abrazar la “vía socialista”, también habían reflejado que en varias regiones del país —el Norte fundamentalmente— el vendaval de la revolución sólo había soplado levemente.
Hasta aquí, la clase obrera hubiera podido fácilmente tomar el poder (y de manera pacífica), y si no lo hizo fue sólo por la ausencia de una dirección política que diese una solución global. Pero a partir del inicio del verano la lucha política deja implícita la posibilidad de un enfrentamiento violento.
La campaña anticomunista del PS había abierto la primera brecha. Los casos República y Rádio Renascença fueron el punto de partida para que la jerarquía católica y la reacción iniciaran una campaña sistemática contra la “amenaza comunista”. El conflicto en Rádio Renascença comenzó tras el 25 de Abril, al intentar mantener el episcopado, la censura interna en la emisora. El conflicto que surgía de forma intermitente entre los trabajadores de la empresa y la jerarquía católica desembocó en estas fechas, en la ocupación y autogestión de la radio de Lisboa por parte de sus periodistas y administrativos, colocando la emisora “al servicio de la clase obrera, de los campesinos y de todos los trabajadores”. ¡Rádio Renascença ya no era la “emisora católica”!
Pero la movilización de sectores del campesinado y de la pequeña burguesía urbana fue posible, aparte de por su atraso político, por el deterioro de su nivel de vida: el alza de precios, la especulación, la degradación de los circuitos comerciales, la ausencia de una política de crédito y de distribución consecuentes… La inexistencia de una tabla de precios eficaz, de un plan económico y de monopolio del comercio exterior en manos del Estado, contribuía a una pauperización de estos sectores de la población. Y en definitiva, ¿no eran “los comunistas” los que mandaban en el Gobierno Provisional, en el COPCON, en el MFA, en el Consejo de la Revolución, y los que controlaban Lisboa, la capital y el centro del poder? Igual que Franco, cuando cuarenta años atrás preguntaba demagógicamente a los campesinos “¿os ha dado de comer la República?”, en el verano del 75 la canalla reaccionaria responsabilizaba al movimiento obrero de todos los males y fracasos que la bancarrota capitalista representaba para esos sectores.
Permitiendo el lavado de cara de la derecha y hasta de la extrema derecha, acusando a los “excesos” de la revolución y al “anarco-populismo” del colapso económico, y dirigiendo sus ataques hacia el poder emergente de las Comisiones de trabajadores, el PS no sólo defendía el orden democrático sustentado en la autoridad del Estado (instrumento último de dominación burguesa), sino que objetivamente pavimentaba el camino de la reacción.
Explicando su salida del Gobierno, el PS en su documento Vencer la crisis, salvar la Revolución del 28 de julio, argumentaba que “en la actual situación el Gobierno de salvación nacional deberá tener como objetivo inmediato la creación en el país de un clima de confianza, trabajo y disciplina”. El mismo documento añadía que dicho Gobierno de salvación debía “reafirmar el principio de que las Comisiones de vecinos y trabajadores son las formas de poder popular, [pero] es preciso que no pretendan convertirse en un poder paralelo al aparato estatal”.
“Confianza, trabajo y disciplina”, porque las exigencias de los trabajadores serían, para Mário Soares, “inaceptables, excesivas y anarco-populistas”. Buena parte de la economía estaba ya nacionalizada, pero sobre la necesidad de extender la socialización a las grandes empresas que quedaban en manos privadas y a las que pertenecían a grupos internacionales —el capital extranjero nunca llegaría a ser tocado—, ni una palabra. Como tampoco había referencias a llevar hasta el final la expropiación del latifundio, o  la necesidad de sustituir las leyes del mercado, todavía predominantes, por la planificación consciente y democrática de los productores.
“Las Comisiones de vecinos y trabajadores son las formas de poder popular”; como la dirección socialdemócrata del PS no tenía fuerza para atacar de frente el poder emergente de los consejos obreros (en los cuales participaban muchos de sus militantes), intentaba que éstos no interfirieran en el aparato estatal y se convirtieran en un “poder paralelo”. Hay que convertir las Comisiones en apéndices del Estado (burgués). El Partido Socialista estaba por tanto, dispuesto a combinar el refuerzo de las instituciones burguesas con la existencia de esos “órganos de poder popular”, cuya función sería ilusoria y, evidentemente, efímera.
Si el PS defendía los puntos de vista de la burguesía y pequeña burguesía en el seno del movimiento obrero, ¿cuál era el papel del PCP, el principal blanco de los ataques del PS?
Desde el inicio de la Revolución, pero sobre todo en estos meses, el PCP insistía en la “Alianza Pueblo-MFA”. Como se podía leer en la nota del Comité Central del 16 de junio, “esa alianza y esa unidad continúan siendo vitales para asegurar la victoria definitiva y total de la revolución”. Pero la unidad del propio MFA era imposible. Necesariamente tendría que dividirse en líneas de clase. Es cierto que el MFA había decidido llevar a cabo nacionalizaciones y la “vía socialista” de la revolución. Pero ¿qué significaba esto? Que ante el 11 de Marzo y la ofensiva de la clase obrera el Movimiento, cuerpo de oficiales pequeñoburgueses, había seguido el rumbo que los trabajadores apuntaban; si se hubieran opuesto habrían sido barridos de la escena por la acción de los trabajadores y de los propios soldados.  Independientemente de las voluntades y deseos de sus miembros tomados individualmente, las fuerzas armadas y el MFA, como grupo social, pretendían jugar un papel bonapartista. Dicho de forma más cruda: la casta de oficiales quería mandar. ¿Hay otra explicación del pacto MFA-Partidos? En la medida en que el enfrentamiento entre las clases llegase a la cima, los militares tomarían partido por diferentes barricadas. ¿No fue esto lo que pasó después?
Incluso si la mayoría de los oficiales se mantuviese fiel a la “vía socialista”, ¿daría lugar eso al socialismo de los consejos obreros, de los sóviets, o a un socialismo tutelado por la casta militar? El 8 de julio sería aprobado el Documento-guía Alianza Pueblo-MFA, que hablaba de poder popular y de sustitución gradual del Estado burgués por las asambleas populares. Pero el Documento-guía dejaba bien claro que, tal y como defendían todas las facciones dentro del MFA, el “monopolio del ejercicio de la violencia pertenecería al MFA”. Según explicó Lenin hace ya mucho tiempo, “el Estado en última instancia es un cuerpo de hombres armados en defensa de la propiedad”; está claro, más allá de la exaltación del “poder popular”, quién controlaría realmente el Estado.
Finalmente, ¿había alguna razón sólida para asegurar que este cuerpo de oficiales rompería con sus lazos de clase? Aunque parte de los oficiales diera el paso hacia una lucha abierta contra el capitalismo —como de hecho pasó—, la mayoría de la casta obligada a elegir entre el refuerzo de la “disciplina y autoridad del poder del Estado” y el “anarco-populismo” (es decir, la acción del proletariado y la consolidación de las Comisiones de trabajadores, y también de soldados dentro de los propios cuarteles), acabaría por optar por la solución que mejor le garantizase sus privilegios e intereses. Y así fue.
Así, en lugar de explicar la inevitabilidad de la ruptura del MFA y sus razones, en vez de estimular el desarrollo de las Comisiones de soldados y de subordinar el papel y la acción de los oficiales radicales a la lucha de los soldados, marineros y trabajadores, el PCP estaba haciendo lo contrario. Sometía la lucha del proletariado al sistema de alianzas con el MFA y alimentaba ilusiones en el papel de motor de la revolución que éste podía jugar.
Es más. En esa misma nota el PCP defendía que “la Asamblea Constituyente tiene como misión elaborar la nueva Constitución y no tiene que intervenir nada en la política cotidiana ni en la actividad del Gobierno”. Pero, entonces ¿quién decidía la composición y la política del Gobierno? Seguramente, no los resultados del sufragio universal del día 25. Era evidente que quien lo debería hacer serían el movimiento obrero “presionado” y, sobre todo, el propio MFA.
La posición del PCP sobre la Asamblea Constituyente no era una cuestión baladí. En unos momentos en que era acusado de querer instaurar una dictadura, o, utilizando el lenguaje de la época, de querer “asaltar las estructuras de poder”, el PCP demostraba, en la práctica, no saber oponer la democracia obrera a la democracia burguesa. Las ilusiones democráticas eran enormes entre los trabajadores. ¿Podía ser de otra forma? Durante 48 años el pueblo portugués había soportado una dictadura sin poder expresar su opinión mediante el voto.  Por supuesto que las elecciones para la Constituyente se habían realizado en buena parte del país en un clima que era cualquier cosa menos democrático; por supuesto que los resultados reflejaban inexperiencia política en algunos sectores sociales. No menos verdad es que el destino de la revolución no podía ser sacrificado al oscurantismo de décadas, incluso siglos, que buena parte de la población reflejó en su voto. Por último, es evidente que los resultados reflejaban el sentimiento de las masas ayer, es decir, el mismo día 25 de abril del 75. La revolución es demasiado rápida para que se pueda esperar a todos, para que se pueda convencer a todos. Como ya ha demostrado la experiencia portuguesa, la opción no era un normal y civilizado camino democrático hasta llegar al socialismo. La burguesía había intentado, a través de la fuerza, invertir la situación dos veces. En cuanto pudiera, lo intentaría de nuevo. Ninguna clase dominante nunca, dejó de luchar por sus privilegios hasta el fin.
Pero la alternativa a la democracia burguesa, en esos momentos, no podía ser como exigían los grupos izquierdistas, la disolución inmediata de la Constituyente. Tampoco podía ser igualmente, excluir a esta asamblea de “intervenir en la política cotidiana [y] en la actividad del Gobierno”, como proponía el PCP.
Las elecciones habían demostrado la influencia de los diversos partidos en las diferentes regiones y en las diferentes clases. Todo el país lo entendía así. La Asamblea Constituyente, sí, tenía que “intervenir en la política cotidiana [y] en la actividad del Gobierno”. Pero tenía que hacerlo mientras no hubiese una alternativa real ante los ojos de las masas, que la pudiese sustituir como órgano de poder. Esa alternativa sólo podía ser el desarrollo y expansión del poder de las Comisiones de trabajadores, vecinos y soldados. Esa dualidad de poder que Soares tanto temía era la única alternativa. Y esto sólo ocurriría en la práctica, cuando las masas, por su propia experiencia, comprendiesen que sus comisiones, sus sóviets, eran mil veces más democráticos que la más democrática República burguesa.
Cuando en la Revolución Portuguesa se puso sobre la mesa la cuestión del poder, “cuestión central de cualquier revolución”, como muy bien escribió Álvaro Cunhal, se definieron fácilmente las concepciones de los diferentes partidos. Los dirigentes del PS, defendiendo las estructuras del Estado burgués, eran ahora más que nunca, aliados de la burguesía y estaban apoyados por ésta y por las potencias imperialistas; si hablaban de defensa de la Revolución, de socialismo e incluso de “poder popular” era porque su base social de apoyo no les permitía lo contrario. En cuanto al PCP, insistía, como solución política a la crisis revolucionaria, en la defensa de la unidad del MFA y de la Alianza Pueblo-MFA. Es cierto que defendía el refuerzo de las organizaciones de base de la clase trabajadora, como se puede leer en sus comunicados de esos meses. Pero el eje fundamental era la Alianza Pueblo-MFA. No era por casualidad. Relegados en el plano electoral, la estrategia de poder de sus dirigentes pasaba por la correlación de fuerzas dentro del MFA y por la subordinación del movimiento obrero a esa alianza. Esa estrategia de poder, si hubiera resultado, hubiera desembocado no en el poder de los sóviets, de las Comisiones de trabajadores y soldados, sino en un Estado Obrero bonapartista en el que los medios de producción habrían estado socializados, pero el poder habría estado concentrado en sus manos y en las de sus aliados militares. Si los dirigentes del PS estaban orgánicamente ligados a la burguesía y al imperialismo, los del PCP no lo estaban menos a la burocracia soviética.


Crisis revolucionaria

 

El 11 de Marzo había inaugurado un nuevo ciclo en la revolución. Primero se nacionalizan los bancos, luego las aseguradoras. Y así, por la vía financiera, el Estado poseía por lo menos una parte considerable de las empresas: la siderurgia, el cemento, la petroquímica, los transportes, las telecomunicaciones, etc. Buena parte de la industria estaba en manos del Estado, y decenas y decenas de empresas funcionaban en autogestión, es decir, el control obrero convertía la propiedad privada en poco más que una ficción. Por otro lado, en los campos del Sur, rápidamente cientos de miles de hectáreas fueron ocupados, y en lugar de los latifundios brotaban del suelo como setas, Unidades Colectivas de Producción (UCPs). El poder económico de los siete grandes grupos se había desvanecido. No fue por azar ni por precipitación que The Times  escribió en sus páginas que “el capitalismo ha muerto en Portugal”.  Por el contrario, esto traducía gráficamente el estado de ánimo y las perspectivas de los capitalistas de todo el mundo.
Pero en Portugal la perspectiva no era la abolición inmediata de lo que quedaba de un capitalismo que, sin estar muerto, sí se encontraba seriamente tocado. La solución para vencer la crisis pasaba por la “batalla de la producción”, que durante meses fue un caballo de batalla de MFA, PCP, Intersindical e incluso PS. Era necesario producir más y limitar las reivindicaciones insoportables para la economía y las empresas aludidas. En mayo del 75 los metalúrgicos se contentaron con 4.000 escudos de salario mínimo, en vez de los 6.000 exigidos, y aceptaron también las 45 horas semanales de jornada, ¡cuando un año antes habían luchado por las 40!. Al mismo tiempo, el sindicato de los propios metalúrgicos exigía para las estructuras sindicales, amparándose en la misma “batalla de la producción”, “las grandes tareas de control de la producción y de reestructuración de la economía”.
De igual modo, los trabajadores de la SOCEL crearon consejos de producción y de control para mejorar la productividad, pero al mismo tiempo daban a esos consejos la tarea de controlar la correspondencia y la contabilidad de las empresas y de “abolir de ese modo el secreto comercial”.
La ambigüedad es evidente, al mismo tiempo que se aceptaba por parte de los trabajadores, un aumento de sacrificios, en una economía que continuaba regida por las leyes del capitalismo se amenazaba, en razón del esfuerzo pedido, al conjunto del poder patronal.
De la misma forma, la lucha por la depuración en las empresas, la lucha contra el sabotaje, implicaba una fiscalización y un control obreros. También la lucha contra el desempleo imponía a los trabajadores de la empresa el control de las contrataciones y permisos, de los ritmos y procesos de producción, de los libros de cuentas, de los stocks  y los pedidos.
Hasta tal punto ocurría esto, que independientemente de las perspectivas e intenciones originales de los trabajadores de una determinada empresa, la supervivencia de la misma y el mantenimiento de los puestos de trabajo y de las conquistas imponían necesariamente la superación de los límites de la propiedad y las relaciones sociales burguesas.
Y ahora unas palabras sobre los campos del Sur. En pleno proceso de disolución de los latifundios, garantizando puestos de trabajo para todos, los jornaleros experimentaron la inmensa alegría de la “primera cosecha en libertad”, como ellos mismos decían.
Por estos procesos, aun atomizados, se podía medir el avance de la revolución y de la conciencia de los trabajadores. A pesar de la división de la clase, de la ausencia de perspectivas claras por parte de la dirección de la clase, serán estos saltos y avances en la conciencia de los trabajadores lo que hará tan difícil, compleja e irregular la recuperación capitalista en Portugal.
El IV Gobierno Provisional formado tras el 11 de Marzo se descompuso el 10 de julio, cuando el PS da el portazo como resultado del caso República y, sobre todo, del Documento-Guía aprobado en la Asamblea del MFA del día 8. El 13, con el asalto al Centro de Trabajo del PCP en Rio Maior, se desencadena la caza al comunista. El terror blanco levanta cabeza. En julio habrá 86 actos de terrorismo, con asaltos, pillaje e incendios en sedes del PCP, de la Intersindical y de partidos de extrema izquierda. En agosto, el terrorismo llega a su momento cumbre, con 153 acciones. Movilizada por la Iglesia, los partidos burgueses y las redes terroristas de la extrema derecha, la reacción muestra su verdadera cara. El COPCON, el MFA, el Gobierno, son impotentes para impedir esta venganza en el Norte.
Cuando el PS reúne a 70.000 personas el 18 de julio en el estadio de las Antas, en Oporto, y 100.000 en Lisboa, en la Fonte Luminosa al día siguiente, arrastra tras de sí a todos aquellos que hasta entonces, con miedo, habían permanecido callados. En esos mítines no sólo se aplaude a los líderes socialistas, no sólo se pide la dimisión de Vasco Gonçalves; los asistentes van más lejos, gritando “Cunhal al Tarrafal” o “Cunhal a Siberia”, sin que Mário Soares y los otros dirigentes socialistas sientan la necesidad de mandar parar esas demostraciones de anticomunismo que apuntaban, con tiempo, al conjunto del movimiento obrero. Esto ocurría en el momento en que las primeras sedes de organizaciones obreras ya estaban en llamas. En el momento en que el clero grita contra el peligro de “dictadura”, cuando lo que está ardiendo no son las iglesias, sino las sedes del PCP, incendiadas por los “creyentes”. En el momento en que ser militante comunista comporta, en las regiones del Norte, un riesgo personal. Cuando la reacción persigue, apalea y asesina a activistas del movimiento obrero, Soares finge ignorarlo; estos días sólo hay un enemigo: el PCP.
Es en este contexto que se discute, al inicio de agosto, la formación del V Gobierno. Vasco Gonçalves será llamado a formarlo, pero desde el principio, tal proyecto está condenado por no tener apoyo suficiente.  Sólo el PCP respaldará un Gobierno que después de su toma de posesión es anunciado como “de transición”. Es un Gobierno que tiene contra sí a toda la derecha, el PS, la mayoría de la Asamblea Constituyente y una fracción significativa del MFA. Inevitablemente, el V Gobierno no haría más que precipitar la lucha abierta dentro del MFA.
El 7 de agosto surge el documento de los nueve (encabezados por Melo Antunes). Documento que unifica a los “moderados” y a la derecha dentro de las fuerzas armadas. Siguiendo la línea del documento del 28 de julio del PS critica la “progresiva descomposición de las estructuras del Estado”, y denuncia “vigorosamente el anarquismo y el populismo”. Además de eso, en el plano económico, los nueve proponían “el mantenimiento de nuestros lazos con Europa”. De igual forma que el PS, afirmaba que lo que estaba en cuestión no eran las nacionalizaciones sino la forma de llevarlas a cabo y la oportunidad de su promulgación (esto es, que fueran consecuencia del 11 de Marzo), postulando que “las nacionalizaciones están sucediendo a un ritmo imposible de absorber”.
El texto de Melo Antunes, elocuente por sí mismo, haría surgir otros documentos, principalmente un manifiesto alternativo escrito por oficiales radicales del COPCON, titulado Autocrítica revolucionaria del COPCON. Subrayan que “las propuestas presentadas [por los nueve] permitirán una recuperación de la derecha” y que “pretender construir el socialismo sin poner en cuestión la democracia burguesa” era engañoso. Finalmente, criticaba al MFA por  insistir en “resolver las contradicciones a través de compromisos con partidos burgueses”, situando el poder de los trabajadores en la formación y refuerzo “de esos órganos [las Comisiones], que deben servir como instrumentos para las soluciones económicas, que deben ser los auténticos órganos de poder político”.
Las insuficiencias del documento eran enormes. No ponía de relieve la necesidad de la autodefensa de la clase y, sobre todo, no abordaba el problema crucial de la unidad de la clase trabajadora. Aun así, este documento surgía como una alternativa al de los nueve  y dio lugar a auténticos debates entre los soldados, a través de asambleas, y llevando la fermentación política en los cuarteles a un punto sin precedentes. La crisis del MFA, del sistema jerárquico, se volvió más profunda, lo que se constataba con las reivindicaciones de depuración de oficiales reaccionarios y por la desobediencia de órdenes superiores por parte de los soldados. La disgregación del ejército y del Estado continuaba, las Comisiones se desarrollaban en las empresas, los barrios y los cuarteles. Pero no era suficiente, no mientras la clase trabajadora permaneciese dividida.
Si los dirigentes del PS lideraban ahora el combate por la “disciplina”, el hecho es que el PCP en estos momentos decisivos, demostró no ser capaz de ganar a la base social de apoyo socialista, de unificar a su vez a la clase trabajadora, de ganar la simpatía, o al menos la neutralidad, de la pequeña burguesía urbana. Por el contrario, el gran perdedor de la crisis de julio y agosto sería el PCP. Los dirigentes comunistas habían permanecido en equilibrio sobre un proyecto político con una base muy reducida: la conquista electoral de la mayoría en el seno del MFA. ¡Como si la unidad del MFA pudiese resistir la ascensión impetuosa de la lucha de clases! De ahí que, cuando la unidad del MFA comenzó a romperse, el PCP pasó el tiempo intentando equilibrarse sobre el vacío. Durante esos dos meses cruciales, si el PCP tuvo una línea política, ésta fue bastante sinuosa.
Entre el 18 y el 19 de julio, el PCP describió los mítines organizados por el PS como una reedición del intento spinolista del 28 de septiembre. Mismos males, mismos remedios: el PCP y la Intersindical llamaron a levantar barricadas. Éstas no sólo fueron barridas, sino que permitieron a Soares tildar a los dirigentes comunistas de “paranoicos” y de echar más leña al fuego anticomunista. El PCP y el PS se acusaron mutuamente de socialfascistas. El 27 de julio, virando el rumbo, la Comisión Política del PCP publica un comunicado afirmando que “es urgente reforzar la unidad de todos los comunistas y socialistas, de católicos y no católicos”. Pero ante la campaña apoyada en el documento de los nueve, a principios de agosto, se produjo un nuevo endurecimiento que desembocó el 20 de agosto en la participación del Partido, a última hora, en una manifestación convocada por las Comisiones de trabajadores controladas por la extrema izquierda. Esa misma noche, tuvo lugar una conferencia de prensa inesperada, en la que el secretario general del PCP dio a entender que su partido estaría dispuesto a dejar caer el V Gobierno y hacer regresar un Gobierno de gran coalición. Al día siguiente, Álvaro Cunhal declaraba a los micrófonos de la emisora Europe que “damos unilateralmente a nuestros militantes la orientación de buscar por todas partes contactos con los socialistas”. Pero, dos días más tarde, el PCP invocó de nuevo los rumores de un golpe de Estado para poner a sus militantes en alerta contra los mismos dirigentes políticos y militares con los cuales las vísperas estaba dispuesto a formar un VI Gobierno. Este nuevo rumor terminó con la firma de un pacto (FUR, Frente de Unidade Revolucionária) con todas las organizaciones de extrema izquierda no maoístas, y posteriormente con la manifestación del 27 de agosto convocada por el FUR. Por discrepancias con las consignas, el PRP saldría de la manifestación antes del final, y el acuerdo político global con los grupos izquierdistas terminaba en ese mismo momento. Después de esto, el PCP reiteró sus propuestas de apertura a los “golpistas” de las vísperas.
Giro y vuelta a girar, pero en ningún momento el PCP propuso al PS la constitución de un frente único para salvar la revolución. En ningún momento el PCP propuso un Gobierno PS-PCP basado en la movilización de la clase trabajadora, basado en un programa que pudiese resolver la crisis. En ningún momento el Partido Comunista llevó tal programa a discusión de abajo arriba del PS, implicando desde los simpatizantes y militantes de base del Partido Socialista hasta sus dirigentes.
En ningún momento el PCP propone un programa que llevase hasta el final la nacionalización de las grandes empresas, la expropiación de los latifundios, la concentración en manos del Estado del comercio exterior y la sustitución de las leyes de la libre concurrencia por la planificación democrática y consciente de los recursos económicos del país bajo control de los trabajadores y de sus órganos de poder, las Comisiones. La alternativa económica que propone pasa por la “batalla de la producción”. Pero ¿esto resolvería la escasez de créditos para los pequeños propietarios agrícolas, o sus dificultades para poner a buen precio sus productos en el mercado? Más que las encíclicas pastorales, era la inexistencia de un sector de distribución estatal eficaz lo que estaba en la base del descontento del campesinado del Norte. ¿Y cómo se podría acabar con el desempleo o con la carestía si las empresas portuguesas continuaban patinando sobre los mecanismos de la economía capitalista, sin implantar una escala móvil precios-salarios y una jornada que dividiese entre todos los trabajadores —también los parados— las horas necesarias para la producción? Ni la nacionalización, por sí sola, ponía fin a las leyes del mercado, ni podría, de forma milagrosa, impulsar la productividad. ¿Cómo se podría defender a la clase trabajadora de los ataques de la derecha mientras permaneciesen en el ejército oficiales reaccionarios cómplices con los atentados? ¿No tendrían que ser los soldados, a través de asambleas democráticas, quienes controlaran y eligieran a sus propios oficiales?
Pero ¿aceptarían todo esto los dirigentes socialistas? Es evidente que no, pero lo más importante era llevar esa discusión a la base obrera del PS, de demostrarle el rechazo de sus dirigentes a poner en práctica el único programa que podía salvar la revolución. De demostrarle, también, el rechazo de sus dirigentes a aceptar alianzas de izquierdas con un programa de izquierdas, para en cambio lavar la cara de la derecha.
Como explicaba Lenin en La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo, dirigiéndose a los comunistas ingleses: “Si los Henderson y los Snowden [los Mário Soares y Salgado Zenha de la época] rechazan el bloque con nosotros en estas condiciones, habremos ganado todavía más, pues habremos mostrado en el acto a las masas (tened en cuenta que incluso en el seno del Partido Laborista Independiente, puramente menchevique, completamente oportunista, las masas son partidarias de los sóviets) que los Henderson prefieren su intimidad con los capitalistas a la unión de todos los obreros. Habremos ganado en el acto ante las masas”*. Palabras clarificadoras…
¿Qué hicieron los bolcheviques en Rusia? Al mismo tiempo que denunciaban la política de los mencheviques y socialistas revolucionarios, les exigían que rompiesen con los kadetes (partido liberal de la burguesía rusa) y que tomasen ellos solos el poder, ya que representaban a la mayoría, y pusieran en práctica una política socialista. ¿Qué hicieron los Soares del 17? Lo rechazaron, lo rechazaron siempre. Fue gracias a esta política de denunciar la inconsistencia de los reformistas y su cobardía para llevar a cabo su programa, y la postura de los bolcheviques de defender la revolución con las armas en la mano de los intentos contrarrevolucionarios, como ocurrió durante el golpe de Kornílov (el Spínola de 1917), gracias a que hicieron todo esto, fueron capaces de unificar el proletariado ruso bajo su bandera, cuando antes estaba dividido y en su mayoría del lado de los reformistas. Al fin y al cabo, en los primeros meses, su consigna de “todo el poder a los sóviets”, ¿no significaba una exhortación a los reformistas, que disponían de la mayoría en ellos, para que hicieran coincidir sus actos con sus palabras? De igual forma, era necesario forzar a Soares a materializar en actos concretos sus bonitas palabras sobre libertad, socialismo y progreso.
El VI Gobierno estaba de camino. Y con él, el proyecto de estabilización del Estado burgués y del MFA y de recuperación capitalista.
Si la reacción conseguía ahora movilizar a sectores de la pequeña burguesía y la clase obrera estaba dividida, ¿por qué no acabar de una vez por todas con la revolución? La respuesta es que tal enfrentamiento directo, en esos momentos, no contaría sólo con la oposición de los trabajadores comunistas, de la flor y nata del proletariado, sino también con el repudio de la base obrera socialista.


¿El epílogo de una revolución?

 

En el seno de la casta de oficiales la correlación de fuerzas había cambiado. Después del 11 de Marzo la izquierda militar y los oficiales radicales quedaron en mayoría  en la Asamblea del MFA y en el Consejo de la Revolución. Pero en la medida que los moderados y la derecha recuperaban el ánimo como consecuencia de la división de la clase obrera y de los movimientos reaccionarios, la masa de oficiales, asustada con el “anarco-populismo” que iba invadiendo los cuarteles a través de las Comisiones y las asambleas, giró a la derecha suscribiendo el llamamiento de los nueve  a restaurar la “disciplina” y el “orden”.
El célebre pronunciamiento de Tancos, a principios de septiembre (cuando Vasco Gonçalves ya había sido obligado a dimitir), fue sólo una recomposición de la representación de los diferentes ramos de las fuerzas armadas en la Asamblea del MFA. Los moderados y la derecha tenían ahora una mayoría de apoyo entre los oficiales, por tanto era lógico que no estuvieran dispuestos a aceptar una correlación de fuerzas, en los órganos colegiados del MFA, desfasada  respecto a la correlación de fuerzas real en el seno de la casta militar. Fue tan simple como eso.
Aun así, las cosas no se presentaban fáciles. El VI Gobierno no tomó posesión hasta el 19 de septiembre, con Pinheiro de Azevedo como primer ministro, y en medio de movilizaciones masivas (huelgas, manifestaciones y mítines), que anticipan la resistencia a un Gobierno con una composición más a la derecha (el PCP se quedará con un solo ministro). Es más, reflejando el ambiente en los cuarteles de la Región Militar de Lisboa y en el seno de la clase obrera, Otelo avisa de que si el VI Gobierno comienza a hacer una política de derechas el COPCON pasará a la oposición. Por tanto, el 26 de septiembre, el Gobierno crea la AMI, cuerpo militar que funcionaría autónomamente del COPCON. Este brazo militar de derechas sólo tenía una base sólida en los comandos de Amadora mandados por Jaime Neves. La Marina y las unidades del ejército de tierra de la Región Militar de Lisboa estaban al rojo vivo, más rojos que nunca.
El Gobierno intentará en seguida una demostración de fuerza, ocupando las estaciones de radio y televisión el 29 de septiembre. La única consecuencia será el cierre de la Rádio Renascença autogestionada, que la fuerza del movimiento obrero y popular reabrirá el 21 de octubre.
La dualidad del poder es evidente. Si la burguesía gana un control firme en la cúpula jerárquica de las fuerzas armadas, en la base los soldados dan inicio al movimiento revolucionario y semiclandestino de los SUV (Soldados Unidos Vencerao —Soldados Unidos Vencerán—); surgido en Oporto, realiza manifestaciones armadas en esa ciudad y en Coimbra, y la espectacular manifestación de Lisboa que, comenzando en Santos, se dirigirá hasta la prisión de Caxias arrastrando tras de sí a miles de personas y culminando con la liberación de dos camaradas presos.
Si por un lado crean la AMI, por otro los destacamentos rojos marchan en las manifestaciones obreras, se organiza en el RAL 1 un juramento a la bandera revolucionaria y el comandante del Fuerte de Almada amenaza con armar a la población. Si bien el Gobierno planeará dinamitar el transmisor de Rádio Renascença, pues no tiene otra forma de callar la radio “al servicio de la clase obrera”, tendrá serios problemas para disponer de los explosivos: la guarnición del fortín de Lisboa exigirá saber cómo, por quién y para qué serán utilizados, rechazando cumplir la orden hasta que le sean dadas explicaciones convincentes.
En las empresas y en las calles la situación no es para la burguesía y para el VI Gobierno, mucho mejor. Coimbra, por ejemplo, conoce el 9 de octubre la mayor manifestación de su historia: 50.000 trabajadores marchando por las calles de la ciudad. Pero lo más importante: los meses de septiembre, octubre y noviembre corresponden a la tercera gran ola huelguística de la revolución. Oleada de huelgas contra la carestía y la amenaza de despidos, oleada de huelgas por los convenios colectivos, oleada de huelgas contra el VI Gobierno. Huelga tras huelga, empresa tras empresa, sector tras sector. Los trabajadores no están dispuestos a hacer más sacrificios, quieren lo que es justo. Además, sienten que este Gobierno intenta hacer girar la Revolución a la derecha.
El Gobierno, intentando demostrar fuerza, no dejaba de ser víctima de la fuerza obrera y del movimiento popular. Nada más formarse, los mutilados de la guerra colonial habían impedido a los ministros salir del Palácio de Sao Bento hasta que sus reivindicaciones fuesen satisfechas.
Pero la derecha y la reacción andaban sueltas; en Rio Mayor, Galvao de Melo agita una porra afirmando que aquella era “la voz de la tierra” y que “es necesario echar a los comunistas al mar”. El anticomunismo se extiende y la escoria que se abriga en las redes terroristas continúan su “lucha por la libertad”. Nunca como en estos meses se habló, se temió (y se planeó) tanto por la guerra civil. No había más margen de maniobra, ni base para alcanzar un consenso entre las clases: el 6 de noviembre, enfrentamientos entre propietarios agrícolas medianos y grandes, y jornaleros, se saldan con dos muertos y veintidós heridos.
Ante el descrédito del VI Gobierno y su incapacidad para gobernar, el Partido Socialista convoca una manifestación en su apoyo, a la que se suman el PPD, el CDS y la extrema derecha. El primer ministro lanza la consigna de “¡disciplina!”, critica al PCP, la Intersindical y los grupos de extrema izquierda, y acusa a los trabajadores de hacer huelgas de más y trabajo de menos, a los periodistas de sólo contar mentiras (lo que en muchos casos era cierto…) y a la izquierda de preparar un golpe para imponer una dictadura. Y aseguraba: “¡El VI Gobierno se ha creado para gobernar!.
Veamos… Tres días después, cien mil obreros de la construcción entran en huelga por el convenio colectivo y secuestran la Asamblea Constituyente, poniéndole cerco y obligando al Gobierno a firmar la normativa que especificaba el salario mínimo del sector. La suprema humillación para el Gobierno fue ver cómo las tropas enviadas para romper el cerco a la Constituyente confraternizaron y se unieron a los obreros, compartiendo con ellos sardinas y vino tinto, mientras los pobres diputados se tenían que contentar con unos cuantos bocadillos.
Las movilizaciones de masas no le permiten al Gobierno una base mínimamente estable para poder gobernar. Si el V Gobierno había colapsado por no disponer de suficiente base social de apoyo, el VI experimentaba la incapacidad de imponer su agenda política en aquella coyuntura. El proletariado no lo permitía…
El impasse es absoluto. Una semana después de la manifestación de apoyo al Gobierno, se reúne una nueva manifestación, pero esta vez contra el Gobierno: 300.000 manifestantes, gente que llena totalmente el Terreiro de Paço y que se extiende por las calles adyacentes. Gana terreno la consigna “avanzar, avanzar, poder popular”. En ese momento, cualquier solución pasa por la fuerza. La guerra es la continuación de la política por otros medios. La burguesía lo comprendía muy bien.
Los nueve necesitaban un pretexto. Con el clima político incandescente lanzan una provocación: la sustitución de Otelo por Vasco Lourenço (uno de los nueve) al frente de la Región Militar de Lisboa. Las unidades rojas lisboetas caen en la celada. En los días inmediatamente anteriores el Gobierno se había declarado en huelga (!), pues así conseguía trasladarse, junto a la Constituyente, a Oporto. El golpe estaba montado. Sólo era necesario que los oficiales radicales se dispersasen por todas partes. Y así fue.
Igual que en la Revolución Alemana en enero de 1919, cuando la burguesía junto a los socialdemócratas tenía sus divisiones preparadas para entrar en Berlín y poner fin a los Consejos Obreros, entonces también fue necesaria una provocación. El Gobierno cesó al jefe de policía de Berlín, que era un socialdemócrata de izquierdas y que, en la práctica, había transformado la policía berlinesa en una milicia obrera. Respondiendo a esta provocación, entendiendo que estaban perdiendo terreno y que las conquistas de la revolución se les escapaba por entre los dedos, los elementos más destacados del proletariado alemán declaran la huelga general y toman la ciudad, manteniendo el poder en manos de un Consejo General de los Consejos Obreros de la ciudad. Pero aislados, sin conseguir movilizar a las reservas fundamentales del proletariado alemán, la insurrección prematura de Berlín supuso la decapitación de la vanguardia obrera a través del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Peor aún, se puso fin a la situación de doble poder.
Y, más de cincuenta años después, ¿no fue precisamente esto lo que pasó en Lisboa el 25 de noviembre de 1975? “La historia se repite sin repetirse”. Hubo una insurrección prematura de los cuarteles rojos de Lisboa, motivada por la sustitución de Otelo, sin contar con el apoyo popular necesario, sin hacer un llamamiento a la movilización obrera. Sin una coordinación eficaz, las unidades de izquierda de Lisboa serían tomadas de una en una, ocupadas por Jaime Neves y unos cuantos cientos de miembros de comandos. Así terminaba la revolución.
¿Pero bastaban unos cuantos cientos de miembros de comandos? ¿Cómo podían algunos cientos de hombres decidir, así, el resultado de la gigantesca confrontación entre las clases que agitó el país durante más de un año y medio? ¿Pero acaso las masas habían sido preparadas para la tarea de la conquista del poder? Después de la Revolución de Octubre, Lenin argumentó que nueve décimas partes de la insurrección ya estaban hechas antes del 25 de Octubre. En Portugal nada ni nadie había preparado a las masas para la última y definitiva tarea: conquistar el poder, destruyendo en ese camino la máquina del Estado burgués.
Hacía meses que existía una clara situación de doble poder en Portugal. Al lado del viejo aparato estatal se levantaba el poder emergente de las Comisiones. Pero éstas eran todavía demasiado diferentes. Para que se convirtiesen en sóviets portugueses era necesario que, más allá de la lucha que realizaban en el terreno industrial dentro de las empresas, fuesen también, cada vez más, un órgano político de acción, discusión y ejecución política. No todas se encontraban a este nivel. A veces, incluso, las Comisiones jugaban un papel de sindicato paralelo, cuando una fuerza política era predominante en una empresa pero no en el sector. Había que extender el movimiento de las Comisiones pero, sobre todo, unificarlas a nivel local, regional y nacional. Y esto nunca se hizo. Dispersas y atomizadas, las Comisiones tendrían necesariamente, corta vida. Una situación de doble poder no puede durar siempre. O la vieja máquina estatal se recompone y disuelve los Consejos obreros (como fue el caso) o si no, el poder obrero embrionario derriba al Estado burgués (como pasó en Rusia). No existen terceras vías o soluciones negociadas.
Y por fin, las masas. Si en los primeros meses de la revolución se pudo haber tomado pacíficamente el poder, a partir del verano del 75, a medida que la burguesía va disponiendo de una base social de apoyo, la tarea de la toma del poder se complica.  Y no nos podemos olvidar de los cerca de 300.000 retornados que, teniendo que salir de África en virtud de la descolonización, culpaban a la revolución de todos los males que habían pasado.
Con todo el factor determinante fue la falta de una respuesta unitaria de la clase trabajadora. Al contrario que las del 28 de Septiembre y del 11 de Marzo, la ofensiva que comienza en el verano de 1975 no es impedida, precisamente, porque los trabajadores socialistas y comunistas no están en el mismo lado de la barricada. Los dirigentes del Partido Socialista desempeñaron en todo el proceso el papel histórico de la socialdemocracia desde 1914: el de ser agentes de la burguesía en el seno de la clase trabajadora. Pero los dirigentes del PCP, por otro lado, no representaban los intereses independientes del proletariado. Es evidente que, en un determinado momento, llegaron a acariciar la idea de eliminar el capitalismo. Pero su política de alianzas basadas en Pueblo-MFA jamás podría dar lugar a la victoria de una revolución socialista, en las líneas de Octubre. Como mucho daría lugar a un Estado obrero burocráticamente deformado a semejanza de la Unión Soviética o de Bulgaria.
Es relevante que durante el VI Gobierno Provisional el PCP no hubiera abandonado el Gobierno y a la vez se colocara resueltamente al frente de las luchas. Debe ser caso único en la historia que un partido forme parte de un Gobierno y, simultáneamente, participe en todas las manifestaciones contra ese mismo Gobierno. Pues eso pasó en Portugal, en el otoño de 1975. La estrategia del PCP, en unos momentos en que ya no había consensos posibles, continuaba pasando por la unidad del MFA y por un Gobierno de coalición “más a la izquierda”.  Pero eso no podía ocurrir. Si anteriormente el Gobierno podía dar con una mano y quitar con otra, si en el pasado se podían alcanzar compromisos, por la fuerza de la lucha de clases ya no había “más campo abierto para los socialistas de palabra”, como una vez afirmó Vasco Gonçalves. Ahora, el Gobierno estaba obligado a quitar con las dos manos. ¿No era esto lo que significaba el silenciamiento, a fuerza de bombas, del emisor de Rádio Renascença, a principios de noviembre? Por eso, en vez de conseguir a través de la presión popular la tan deseada recomposición de fuerzas en la estructura del MFA y del Gobierno, los dirigentes comunistas sólo consiguieron desarmar políticamente a la clase obrera.
¿La clase obrera podía, por su propia experiencia, comprender lo que era un Gobierno socialdemócrata? ¿Y acaso el VI Gobierno no era otra cosa que eso? Cuando en octubre, los metalúrgicos fuerzan al Gobierno a aceptar sus reivindicaciones, ¿no estaban también, los metalúrgicos socialistas comprobando el “socialismo” de su partido? Sólo en el conjunto de los astilleros Lisnave y Setenave existían cerca de 700 militantes socialistas. ¿Acaso no habían participado también ellos en la lucha por el convenio colectivo? ¿Acaso no estaban midiendo sus fuerzas, también ellos, con lo que debería ser su propio Gobierno? En Rusia, los obreros mencheviques, al medir sus fuerzas con el Gobierno entre Febrero y Octubre, llegaron a la conclusión de que éste no era su Gobierno, sino de la burguesía liberal.
¿Cómo podían los dirigentes comunistas ganar la base social de apoyo del PS si, en vez de reclamar a este partido la ruptura con el de la burguesía “liberal” (PPD) y la constitución de un Gobierno de las organizaciones obreras basado en un programa claro y en la movilización de la clase, se agarraba a los pocos puestos del aparato del Estado que aún conservaba? ¿No confirmaba esto las acusaciones del “asalto a las estructuras del poder”? ¿No sería todo eso, como mínimo, bastante confuso y sospechoso a los ojos de los obreros socialistas?
Si la base social de apoyo del PS le permaneció fiel fue porque veía en ese partido la mejor solución para conservar la libertad y los derechos democráticos que durante décadas le habían sido negados. De la misma manera, los trabajadores comunistas siguieron a su partido por todo lo que éste representaba: la dura lucha contra el fascismo y el hecho de ser el partido de masas que ante sus ojos más se enfrentaba a los empresarios. No comprender esto es no comprender nada.
La revolución se perdió por la ausencia de una organización marxista de masas. Por ningún otro motivo. La fuerza de la clase obrera era tan grande que, incluso después del 25 de Noviembre, la burguesía tuvo que esperar años hasta conseguir acabar con la reforma agraria o las empresas nacionalizadas. Como en Alemania en 1919, en Portugal después de que la burguesía hubiera acabado con la dualidad de poder, tuvo que resignarse a llevar a cabo una contrarrevolución democrática, a esperar años para demoler las conquistas de la revolución, a tener que soportar la existencia de una clase obrera fuertemente organizada. Si hubiese dependido sólo de la voluntad de los patronos, la clase obrera portuguesa habría sufrido el mismo destino que los trabajadores chilenos. Pero los capitalistas ya lo habían intentado antes y sólo habían radicalizado a la clase obrera. Fue el miedo a perder todo lo que les inhibió de intentar un nuevo golpe.
La entrada de Portugal en la Comunidad Económica Europea abrió un nuevo ciclo en la vida de nuestro país. Pero la crisis mundial que se desarrolla en estos momentos arrodillará al capitalismo portugués por su debilidad. Portugal y el resto de Europa y del mundo conocerán en el próximo periodo una nueva polarización de clases.  Nuevas y grandiosas batallas obreras se desarrollarán en el futuro. El proceso no será lineal ni automático, pero será tan inevitable como la injusticia inherente al sistema capitalista. En el futuro la opción será “socialismo o barbarie”, como escribió Engels. La tarea más inmediata de nuestra generación es formar cuadros marxistas que en las fábricas, empresas y escuelas, en los sindicatos y en nuestros partidos de clase, forjen, desde ya, el combate de mañana. No podemos permitirnos el lujo de perder un nuevo Abril.

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